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“Poeta de la rebelión y de la libertad” —en palabras de Albert Camus—, el francés René Char (1907-1988) construyó una obra poética rica en imágenes, aunque concisa, en torno a la belleza, la poesía y la dignidad humana. En sus versos manifiesta la confianza en las posibilidades nobles de la existencia humana.

DIVERGENCIA

El caballo de estrecha cabeza
Ha condenado a su enemigo,
El poeta de ociosos talones,
A céfiros más severos
Que los que corren por su voz.
La tierra arruinada se recupera
Por más que un hierro la siga hiriendo.

Volved a las granjas, pueblo paciente;
En los almendros por primavera
Chorrean vejez y juventud.
La muerte sonríe al borde del tiempo
Que le da alguna nobleza.

En las alturas del verano
Es donde se rebela el poeta
Y de las ascuas de la cosecha
Extrae la antorcha y la locura.

«La siesta blanca», Los Matinales, 1947-1948. Traducción de Jorge Riechmann.

DIVERGENCE

Le cheval à la tête étroite
A condamné son ennemi,
Le poète aux talons oisifs,
À de plus sévères zéphyrs
Que ceux qui courent dans sa voix.
La terre ruinée se reprend
Bien qu’un fer continu la blesse.

Rentrez aux fermes, gens patients;
Sur les amandiers au printemps
Ruissellent vieillesse et jeunesse.
La mort sourit au bord du temps
Qui lui donne quelque noblesse.

C’est sur les hauteurs de l’été
Que le poète se révolte,
Et du brasier de la récolte
Tire sa torche et sa folie.

«La sieste blanche», Les Matinaux, 1947-1948.

Cecilia Casanova (Santiago de Chile, 1926-2014) es autora de poemas brevísimos, trasparentes, intensos, “sin efectos especiales”. Su poesía muestra una sensibilidad frágil y lúcida a la vez; invita al lector a detenerse, a descubrir lo inmenso en lo cotidiano.

TALLER

A un poema
lo mata la palabrería
como a un cisne
la contaminación.

Poemas del vago y del simpático, 2010.

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Abdellatif Laâbi (1942), poeta marroquí de expresión francesa, sufrió una larga condena de cárcel por razones políticas. A pesar de ello, mantuvo su fe en el carácter subversivo de la poesía: en su opinión, la mayoría de los discursos esconden la verdad, no la revelan; pero la poesía trata de renovar la lengua cada día y crear un discurso libre y liberador.

EL LECTOR APRESURADO

¿Qué vienes a hacer aquí
lector?
Has abierto sin miramientos
este libro
y remueves febrilmente la arena de las páginas
en busca
de no sé qué tesoro enterrado
¿Estás ahí para llorar
o para reír?
¿No tienes nadie más
con quién hablar?
¿Tu vida
está vacía hasta ese punto?
Entonces cierra rápido este libro
Pósalo lejos del despertador
y del tarro de medicinas
Déjalo madurar
al sol del deseo
sobre la rama de este hermoso silencio

Poemas perecederos, 2000. Traducción de Laura Casielles.

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Se suele adscribir al romanticismo la obra de Adolfo Berro (1819-1941), poeta uruguayo fallecido en plena juventud. Sin seguir ningún sistema literario, persiguió la “moralidad en el fondo y fin”, así como  la “sencillez y elegancia en las formas”.

A MI LIRA

Cándida lira, que con tierno anhelo
del alma templas el cruel dolor:
calla, pues vuela tu fugaz consuelo
cual hoja leve que huracán alzó.

¿Qué importa, dime, que en el pecho mío
bálsamo vierta tu apacible son,
si eternos viven en el mundo impío
los fieros males que lloró mi voz?

¿No ves al negro en cautiverio aciago
inerme presa de señor brutal?
¿No ves cual abre a seductor halago
su incauto seno la infeliz beldad?

¿No ves lanzada del materno lecho,
cual tierna rosa a la corriente audaz,
párvula al mundo, que en ajeno techo
amor, en vano, buscará y solaz?

En lid nefanda la sangrienta diestra
el pecho rasga del hermano ¡oh Dios!
Y casta esposa los joyeles muestra
que a las vencidas arrancó su amor.

Tal vez en medio a la hermanal pelea
vate profano pulsará el laúd,
y tinto en sangre, que caliente humea,
dirá al terrible triunfador: «¡Salud!»

»Vencidos huyen por el llano y sierra
esos que osaron tu poder burlar:
amo te aclame la postrada tierra,
ardan inciensos en el patrio altar.»

Tú sola sabes, solitaria lira,
herir las auras con doliente son,
mas no apagar del vencedor la ira
huellas dejando de piedad y amor.

¿Qué importa, dime, que del pecho mío
templen tus ecos el cruel dolor,
si eternos viven en el mundo impío
los fieros males que lloró mi voz?

Junio de 1840. Poesías, 1842.

María Victoria Atencia (Málaga, 1931), poeta vinculada a la generación del 50 y al grupo malagueño de la revista Caracola, alterna en su poesía las referencias autobiográficas con el interés culturalista por la pintura y la música. Lectora entusiasta de San Juan y Rainer Maria Rilke, sus versos destacan por su belleza y su simbolismo.

SAZÓN

Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento.

«Cuatro sonetos», 1955. En Arte y parte, 1961.

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