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La poesía de Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-1978) exalta el amor, la fe y los misterios de la naturaleza en versos clásicos y desnudos. Su obra se caracteriza por la claridad del estilo y el rigor silogístico de la construcción.

RETORNO

Pobreza aleccionadora
de la montaña, que enseña
a vestirme de estameña
mis pensamientos de ahora…

(Estameña lugareña,
perfumada de aldeanía
como el sayal de estameña
de san Francisco de Umbría.)

Por fin, en la sed ajena
sea mi música franca
la taza de leche blanca
y la taza de agua buena.

Cada metáfora sea
una metáfora noble,
como este Cristo de roble
de la capilla de aldea,

cuyo iluminado leño
categorizado ha visto,
en metáfora de Cristo,
su cuerpo de árbol pequeño.

Las hojas de mi sencillo
libro, así, dignas serán
de cortar con el cuchillo
con que cortamos el pan.

Alcándara, 1925.

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Dibujando el paisaje, de José Bautista

Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958) busca en la poesía “un camino de acceso seguro al conocimiento emocionado de la vida que así se intensifica”. Sus versos son antirrománticos, depurados, precisos.

EL ALREDEDOR

Canta el alrededor, no hables de ti,
que no eres sino ovillo, una escondida
trama de rostro y voz, azar y sangre,
de donde emerges hueco a por oxígeno.

Canta el alrededor, llena tus bronquios
con ese gas de ser que flota al lado.

Los frutales de junio ya rebosan.
En las ciruelas amarillas hay
destilación y fin. Si te antepones,
tu día escribe, al reposar sobre ellas,
un ilusorio siempre en el ribazo.

Mira después la bruma al disiparse:
¿podrías albergar tanta advertencia,
tanta premonición sin vanagloria?

En las cosas el tiempo es otro tiempo,
separado del tiempo de tu edad.
No tiene años, tiene luz, no es ansia.
Canta el alrededor, no te dibujes.

Piedras al agua, 2010.

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Entre los cultivadores de la fábula esópica en la Ilustración española, destaca el poeta alavés Félix María de Samaniego. Sus recreaciones formaron a generaciones enteras de escolares. Su poesía está presidida por la intención moral y la sencillez y claridad del estilo.

EL PARTO DE LOS MONTES

Con varios ademanes horrorosos
los Montes de parir dieron señales.
Consintieron los hombres temerosos
ver nacer los abortos más fatales.
Después que con bramidos espantosos
infundieron pavor a los mortales,
estos Montes, que al mundo estremecieron,
un Ratoncillo fue lo que parieron.
Hay autores, que en voces misteriosas,
estilo fanfarrón y campanudo,
nos anuncian ideas portentosas;
pero suele a menudo
ser el gran parto de su pensamiento,
después de tanto ruido, sólo viento.

Fábulas en verso castellano, Libro II, 1781.

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El escritor valenciano Guillén de Castro (1569-1631) contribuyó, junto a autores como Lope de Vega y Tirso de Molina, a la creación y el éxito de una novedosa fórmula dramática: la comedia nueva. En algunas de sus obras, se pueden espigar declaraciones metapoéticas.

ESTE PAPEL TENGO ESCRITO…

Este papel tengo escrito,
desta noche imaginado,
donde pinto mi cuidado
y mis glorias solicito.

En versos doy a entender
las penas que estoy pasando;
que un enamorado
¿cuándo poeta dejó de ser?

Porque es de melancolía,
y de amor, proprios efetos,
y es oficio de discretos
el amor y la poesía.

Bien que entiendo, apruebo y toco
que locos les llama el mundo,
pero ¿qué ingenio profundo
no tiene punta de loco?

¿Con quién podría enviallos?
Que los versos tienen esto:
que si no se logran presto,
da poco gusto el lograllos.

Los malcasados de Valencia, 1608. Monólogo de Valerián.

Pintura de Rafa Fernández

Laureano Albán (Costa Rica, 1942) es uno de los impulsores del movimiento poético trascendentalista, que concibe la poesía “como un acto trascendental, como una experiencia especial que contiene y trasciende la experiencia cotidiana del hombre”.

SIGNO

El poeta es el hombre
que elige el fracaso.
JEAN-PAUL SARTRE
A Antonio Hernández

Si no fuera poeta ¡qué silencio!

Quizá hubiera ganado una medalla
y no tendría
esta torpeza azul entre las manos,
y no caería al amor, transfigurado,
lámpara a lámpara,
cielo que decrece.

Pero me duele el mar y su belleza
talada lentamente por el polvo.
Me pesa el corazón como una llama.

Tropiezo con claridades,
raudos muros de luz, constelaciones
que ha encendido el otoño entre la yerba.

Si no fuera poeta ¡qué silencios!

Madrid, diciembre, 1978.

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