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Poéticas – Literatura hispanoamericana – Literatura colombiana

Óscar Echeverri Mejía

Paisaje fantástico, de Carlos Correa

La poesía de Óscar Echeverri Mejía (Colombia, 1918-2005) muestra un perfecto dominio de las formas clásicas. El tono leve, la elegancia, el equilibrio entre lo clásico y lo moderno y el ajuste entre sentimiento e imagen son algunos de sus valores.

PEQUEÑO POEMA

Pesas menos al aire que una flor a su tallo.
Ocupa en el espacio menos sitio tu cuerpo
que en el mar una ola. Y es más leve tu paso
que el paso de una nube o la curva de un vuelo.

Mi corazón es sólo una isla lejana
que rodea tu vida con sus olas de sueño.
Surges de este poema como el día del alba,
y por tu nombre mira la poesía al cielo.

Estás en la memoria de un perfume olvidado,
en la dulce comarca sin noche de mi voz.
Eres el horizonte del país de mi canto.
Descansa entre tus manos, como un ave, el amor.

Haces crecer el tallo diminuto del trino.
Tu edad canta en tus ojos su clara melodía.
En tus cabellos juega la brisa como un niño.
¡Eres un río humano que corre hacia mi vida!

Canciones sin palabras, 1947.

Ismael Enrique Arciniegas

La niña de la columna, de Ricardo Acevedo Bernal

Idealismo romántico y brillantez parnasiana se mezclan en la poesía del colombiano Ismael Enrique Arciniegas (1865-1938). Hábil versificador, es autor de brillantes traducciones poéticas de Horacio y de poetas franceses del XIX.

MI MUSA

¡Oh, mi musa! ¡Oh mi novia!
¡Oh mi pálida amada!
Cuando el pesar mi corazón agobia,
como aurora me alumbra tu mirada.

Del alma tú naciste,
creada en un delirio;
te di griego perfil, mirada triste,
cabellos rubios y color de lirio.

Cuando tu pie se mueve
y a mí llegas en calma,
parece que vinieras de la nieve
y demandaras el calor de un alma.

Indefinible encanto
hay en tu rostro impreso.
Calla en mi alma del amor el canto,
muere en mis labios el ardiente beso.

Siempre a mi voz respondes,
y a mí estás tan unida,
que ni misterios en tu pecho escondes
ni hay para ti secretos en mi vida.

Cuando a mi lado veo
tu faz radiante y bella,
no me enciende la llama del deseo;
mi amor es rayo de lejana estrella.

Llegas a mí sin ruido
en noches estrelladas,
y tu mano en mis manos, al oído
me refieres leyendas y baladas.

Y el paseo emprenderemos
al rayo de la luna;
y cantando al compás de nuestros remos,
bogamos en la diáfana laguna.

En selvas rumorosas
te oigo historias secretas;
lo que sueñan las vírgenes hermosas,
lo que sueñan los pálidos poetas.

A los silbos dormidos
tú, trémula, apostrofas,
y sufren de los cármenes floridos,
cual mariposas blancas, las estrofas.

Y en castillos feudales
de góticas arcadas,
me narras los tronos medievales
y los cuentos de princesas encantadas.

Mi musa es musa casta,
musa con aureola;
como su amor a mi ternura vasta,
reina en mi pecho, inmaculada y sola.

¡Oh novia sin engaños!
¡Oh musa soñadora!
¡Di siempre la canción de los veinte años
en el fondo del alma que te adora!

Poesías, 1897.

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Aurelio Arturo

Montañas, de Débora Arango

La poesía de Aurelio Arturo (Colombia, 1906-1974) reacciona contra los excesos retóricos de la generación anterior. Sus versos evocan la geografía rural del sur de Colombia con mirada íntima y rigor estético.

CLIMA

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en lodo, son el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por el ámbito.

El viento fiel que mece mi poema.
el viento fiel que la canción impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y hojas verdes.

Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes múltiples.

Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de horizontes.

La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos.
este poema es el país del viento.

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura.
árboles verdes, verde algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y los días.

Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas mis canciones.

Morada al sur, 1963.

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Víctor Gaviria

David, de Miguel Ángel Rojas

El cineasta colombiano Víctor Gaviria (1955) es también un inspirado poeta. En sus versos, coloquiales y fraternos, asoma “el desorden de las cosas que acumulan los años”.

DEBERÍA ESCRIBIR MIS POEMAS PARA LOS QUE VIENEN…

Debería escribir mis poemas para los que vienen
después, para que ellos vean mis huellas
inscritas en el humo de la neblina, si así
puede decirse del pensamiento que toca
la cabeza de una persona.
Pero mis poemas me dan sustos en el día, me
sobresaltan como dudas olvidadas que prometí pagar.
Me abordan en cualquier cruce como una manada
de fantasmas chiquillos,
con las caras sin hacer todavía.
Son una masa confusa de niños muertos,
sus ojos, sus matas de pelo,
sus bellas manos delicadas que tienden hacia mí
para llevarme y mostrarme algún lugar.
Sólo que ellos han crecido solos
y el aire ha descompuesto sus cuerpos.
Soy un padre indeciso,
un padre con hijos tenues como el humo,
como fantasmas de una sola mano pequeña
que quiere saludarme.
Levanto mi sombrero para responderles,
y mi cabeza se deslíe como una frase de tinta…

El rey de los espantos , 1992.

Gonzalo Márquez Cristo

Bodegón, de Gerardo Caro

Al colombiano Gonzalo Márquez Cristo (1963) le interesa la poesía como indagación filosófica, la palabra poética como símbolo agudo que profundiza en las preguntas esenciales del hombre.

LAS PALABRAS PERDIDAS

Alguien descifra la escritura de la lluvia y sin embargo no puede escapar.

Un alud de imágenes nos extravía la palabra; acudimos al grito y al llanto, a veces a la indiferencia, pero sabemos que necesitamos de la guerra para ser inocentes.

Todo lo ha ofrendado la ceniza.

Desde que desterramos a la noche desaparecieron las más profundas alianzas y nuestros perseguidores pueden encontrarnos.

Una herida siempre recuerda la vida, todo nacimiento procede de su túnel. Un árbol arde en nuestros ojos de agua.

La verdad –es decir lo prohibido– impone su reino de terror… y hemos decidido habitarlo con las manos entrelazadas.

Creímos que la poesía nos enseñaría a morir…

Persistimos… Con frecuencia hacemos la extraña sonrisa del miedo. Si huimos, la soledad convertirá a alguien en víctima. Por eso la palabra se pasa de mano en mano para construir una morada invisible.

A veces para sobrevivir renunciamos al conocimiento.

Y cuando todos duermen, escribimos… Pero un poema es el fósil de un sueño, el cadáver de un dios…

¿Aún podremos salvarnos?

La palabra liberada, 2001.