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El pecado, de Julio Romero de Torres

El sevillano Manuel Machado (1874-1947) es el más acabado ejemplo en España de esa angustiosa y rebelde estética del vacío que es el decadentismo finisecular. En su obra se alternan los más variados registros: la poesía de inspiración andaluza; la écfrasis de gusto parnasiano; el feísmo modernista…

CANTARES

Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía…
Cantares…
Quien dice cantares, dice Andalucía.

A la sombra fresca de la vieja parra
un mozo moreno rasguea la guitarra…
Cantares…
Algo que acaricia y algo que desgarra.

La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.

No importa la vida, que ya está perdida;
y después de todo, ¿qué es eso, la vida?…
Cantares…
Cantando la pena, la pena se olvida.

Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte…
Cantares…
En ellos el alma del alma se vierte.

Cantares. Cantares de la patria mía…
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares…
No tiene más notas la guitarra mía.

Alma, 1902.

YO, POETA DECADENTE…

Yo, poeta decadente,
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente…,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid…,
de tanta caballería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo
lo que han dicho que bebía.

Porque ya
una cosa es la Poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía…

Grabado, lugar común.
Alma, palabra gastada.
Mía… no sabemos nada.
Todo es conforme y según.

El mal poema, 1909.

PRÓLOGO-EPÍLOGO

El médico me manda no escribir más. Renuncio,
pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’Annunzio,
–¡no, que no!– por la paz de un reposo perfecto,
contento de haber sido el vate predilecto
de algunas damas y de no pocos galanes,
que hallaron en mis versos –Ineses y Donjuanes–
la novedad de ciertas amables languideces,
y la ágil propulsión de la vida, otras veces,
hacia el amor de la Belleza, sobre todo,
alegre, y ni moral ni inmoral, a mi modo.
Tal me dicen que fui para ellos. Y tal
debí de ser. Nosotros nos conocemos mal
los artistas… Sabemos tan poco de nosotros,
que lo mejor tal vez nos los dicen los otros…

Ello es que se acabó… ¿Por siempre?… ¿Por ahora?…
En nuestra buena tierra la pobre Musa llora
por los rincones como una antigua querida
abandonada, y ojerosa y mal ceñida,
rodeada de cosas feas y de tristeza
que hacen huir la rima y el ritmo y la belleza.
En un pobre país viejo y semisalvaje,
mal de alma y de cuerpo y de facha y de traje,
lleno de un egoísmo antiartístico y pobre
–los más ricos apilan Himalayas de cobre,
y entre tanto cacique tremendo, ¡qué demonio!,
no se ha visto un Mecenas, un Lúculo, un Petronio–,
no vive el Arte… O, mejor dicho, el Arte,
mendigo, emigra con la música a otra parte.

Luego, la juventud que se va; que se ha ido,
harta de ver venir lo que al fin no ha venido:
La gloria, que tocada es nada, disipada…
Y el Amor, que después de serlo todo es nada.
¡Oh la célebre lucha con la dulce enemiga!
La mujer –ideal y animal–, la que obliga
–gata y ángel– a ser feroz y tierno, a ser
eso tremendo y frívolo que quiere la mujer…
Pecadora, traidora, y santa y heroína,
que ama las nubes, y el dolor y la cocina.
Buena, peor, sencilla y loca e inquietante,
tan significativa, tan insignificante…
En mí hasta no adorarla la indignación no llega,
y al hablar del juguete que con nosotros juega,
lo hago sin gran rencor, que al cabo es la mujer
el único enemigo que no quiere vencer.

A mí no me fue mal. Amé y me amaron. Digo…
ellas fueron piadosas y espléndidas conmigo,
que les pedí hermosura, nada más, y ternura,
y en sus senos divinos me embriagué de hermosura…
Sabiendo por los Padres del Concilio de Trento
lo que hay en ellas de alma, me ha dado por contento.
La mecha de mi frente va siendo gris. Y aunque esto
me da cierta elegancia suave, por supuesto,
no soy, como fui antes, caballero esforzado
y en el campo de plumas de Amor el gran soldado.

Resumen: que razono mi adiós, se me figura
por quitarle a la sola palabra su amargura,
porque España no puede mantener sus artistas,
porque ya no soy joven, aunque aún paso revistas,
y porque –ya lo dice el doctor– porque, en suma,
es mi sangre la que destila por mi pluma.

El mal poema, 1909.

PROSA

Existe una poesía
sin ritmo ni armonía,
monótona, cansada,
como una letanía…,
de que está desterrada
la pena y la alegría.

Silvestre flor de cardo,
poema gris o pardo
de lo pobre y lo feo,
sin nada de gallardo,
sin gracia y sin deseo,
agonioso y tardo.

De las enfermedades
y de las ansiedades
prosaicas y penosas…;
de negras soledades,
de hazañas lastimosas
y estúpidas verdades.

¡Oh, pasa y no lo veas,
sus páginas no leas!…
Poema de los cobres,
cantar, ¡maldito seas!,
el de los hombres pobres
y las mujeres feas.

¡Oh pena desoída,
miseria escarnecida!…
Poema, sin embargo,
de rima consabida;
poema largo, largo,
¡como una mala vida!…

El mal poema, 1909.

CUALQUIERA CANTA UN CANTAR…

Hasta que el pueblo las canta,
las coplas coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.

Que al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.

Sevilla y otros poemas, 1919.

EL SONETO DE LA VIDA

A la manera y en memoria de Manuel del Palacio, maestro del soneto

Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido.
Y apenas iniciado ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes, y, ansiosos, a mañana.
Y así el primer terceto desgastamos.

Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver, con experiencia vana,
que se acaba el soneto… Y que nos vamos.

Pero cuando alcanzamos,
cual tú, del Arte el mágico secreto,
si la vida se fue, ¡queda el soneto!

Homenaje a Manuel del Palacio, 1932.