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Figuras, de Juan Manuel Gutiérrez Montiel

Para José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926) escribir es buscar en el laberinto de la memoria y del lenguaje la palabra precisa para dar cuenta de lo vivido, de lo salvado de la ruina del tiempo.

SOBRE EL IMPOSIBLE OFICIO DE ESCRIBIR

Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora. ¿Vale algo
comprobarlo después de consumidos
tantos esfuerzos
para no mentir?

Toco
tu vientre y se desplaza el tiempo
como la sangre
en un embudo mientras
a ciegas nos buscamos. Sólo el riesgo
común ocupa el mundo, arrasa
el derredor, lo exprime
como una esponja, desordena
el engranaje de los hechos.

¿Cómo
poder saldar entonces
la ambigüedad de la memoria?

El imposible oficio de escribir
aproximadamente
la historia terminal del anteayer
de la vida, y más cuando
un incierto futuro se intercala
entre lo timorato y lo arrogante
me suele contagiar
de esa amorfa molicie
que entumece los goznes del deseo.

Pero no cejo nunca. Paraísos
vagamente resueltos
entre la oxidación del ocio, surgen
como reclamos, brillan
en ocasiones
con juvenil sabor a culpa.

¡Escapar de la mella de los días
iguales! En tanta libertad
¿se anudarán imágenes
que a su obstinado uso
me condenen, reduzcan el amor
a sus simulaciones? Lo que aquí
no está escrito es ya la única
prueba de que dispongo
para reconocerme, interrumpir
mi turno de erosión entre recuerdos
apremiantes.

Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora.

Descrédito del héroe, 1977-93.

PRINCIPIO DE DEDUCCIÓN

Si es cierto que los sueños
son respuestas a todas las preguntas
que estuvimos haciéndonos
antes de nacer,
la poesía
vendría a ser como la réplica
a ese interrogante
que se ha quedado aún sin contestar.

Manual de infractores, 2005.

PRODIGIOSO ABISMO

Si te vales de los utensilios de la poesía para hacer tus propios diagnósticos sobre la realidad, ¿lograrás alguna vez lo más complejo: la concordancia entre lo insuficiente y lo absoluto? Usas palabras de impredecible filiación alumbradora, usas palabras con boquetes de fecundante lucidez, palabras que te tientan ya juntas desde un espejo opaco y te interrogan sobre el borde alucinatorio que circunda el centro oscuro de la vida. Nada de eso te sirve sino mal para extraerle algún matiz iluminante al yacimiento de las predicciones, nada de eso te habrá de conducir sino por aproximación al escrutinio de lo no sabido. Buscas la luz, pero la luz se obstina en guarecerse en su negro hermetismo imaginario. Las señales te asedian y rehúyen a la vez, te van suministrando ardides, vacilaciones, pistas falsas. ¿Llegas, no llegas, te asomas, no te asomas al brocal de la adivinación, al prodigioso abismo? Hay quien en una repentina derivación pensante osa romper el sello, rebasar la frontera, vulnerar lo prohibido, pero eso apenas constituye un atisbo cuyo fulgor sugiere el del relámpago. Alrededor se expande el silencioso rastro de esa respuesta que no es más que otra pregunta, ese imposible vínculo entre lo perdidizo y lo nunca encontrado, entre lo insuficiente y lo absoluto. Entre la contingencia y la locura.

Desaprendizajes, 2015.