Carlos Germán Belli

Despertar, de Enrique Galdós Rivas

El peruano Carlos Germán Belli (1927) combina el lenguaje clásico con expresiones coloquiales y temas contemporáneos. De su poesía, dice Vargas Llosa que es “difícil, melodramática, de un narcisismo negro, impregnada de extraño humor, cáustica, cultísima”.

OH HADA CIBERNÉTICA

Oh Hada Cibernética
cuándo harás que los huesos de mis manos
se muevan alegremente
para escribir al fin lo que yo desee
a la hora que me venga en gana
y los encajes de mis órganos secretos
tengan facciones sosegadas
en las últimas horas del día
mientras la sangre circule como un bálsamo a lo largo de mi cuerpo.

Dentro y fuera, 1960.

BODA DE LA PLUMA Y LA LETRA

En el gabinete del gran más allá,
apenas llegado trazar de inmediato
la elegante áurea letra codiciada,
aunque como acá nuevamente en vano,
o bien al contrario,
que por ser allá nunca más esquiva.

En cielo o infierno sea escrita aquella
que desdeñar suele a la pluma negra,
quien en vida acá por más que se empeñe
ni una vez siquiera escribirla puede,
como blanca pluma,
por entre las aguas, los aires y el fuego.

Esa pluma y letra, antípodas ambas
en el horizonte del mundo terreno,
que sumo calígrafo a la áurea guarda
para el venturoso no de búho vástago,
mas de cisne sí,
que con ella ayunte del alba a la noche.

Aunque en más allá y con otra mano,
trazar en los cuatro puntos cardinales
letrica montés, aérea y acuática,
conquistando el mundo de un plumazo solo,
y así poderoso
más que hijo de cisne de la prenda dueño.

Aquella que nunca escribir se pudo,
por los crudos duelos de terrena vida,
feliz estamparla en el más allá
con un trazo dulce, suave y aromático,
por siglos y siglos,
y en medio del ocio acá inalcanzable.

Allá en el arcano trazar una letra,
y tal olmo y hiedra con ella enlazarse,
dos esposos nuevos muy frenéticamente,
en la nupcial cámara ya no frigorífica,
y la áurea letra
escribirla al fin con la pluma negra.

En alabanza del bolo alimenticio, 1979.

LA CANCIÓN COJA

Esta que amontonadamente parte
coja canción al limbo del olvido,
en alas de una y otra bastardilla,
no del hermoso trazo e inclinado,
mas las del plagio a diario vergonzante,
que por tal grave causa no la alberga
ni misericordiosamente nunca
en los altos estantes niquelados
ninguna biblioteca a la redonda;
y mientras tanto yace
entre la amarillez y la carcoma
de las vírgenes páginas del libro
zarrapastrosamente dentro y fuera,
en donde no está como anillo al dedo,
y a rastras de acá para acullá va,
a pesar de la ingrávida ortopedia,
y aunque más ose remontarse al cielo
con la gracia del numen serenísimo
que en cada punto cardinal proclama
los triunfos del amor en cuerpo y alma.

Mas no sólo son penas mal salidas
bajo la oscura bóveda del orbe
y en la corteza esférica y desierta,
a través del embudo de la pluma,
sino también las hórridas erratas
contra la letra débil e indefensa,
que a sobresaltos discurriendo acá,
por culpa de quien feamente escribe,
o del hado invisible la vil saña;
que si afanoso a fondo
hora a hora hasta el último suspiro,
bajo el firme cuidado del fiel arte,
aunque resulta qué imposible asunto,
como remontar una alta montaña,
hacer bien día a día cada cosa,
y tal lo prueban los cojuelos versos
de pies descalzos por ser tan deformes,
sin poder seguir la cadencia suave
del alma de la amante dama bella;
y cuánto en vano todo finalmente.

En el temible reino de los yerros,
vagando ciegamente entre tinieblas,
bajo el constante acoso dondequiera
de los feos defectos que perduran
más allá de los siglos y los siglos,
cuando ya ni el menor despojo yazga
de quien los perpetró y avergonzado
partió del mundo con la mayor carga,
como por ejemplo de aquello que jamás
se deba cometer;
que es harto peligroso dejar huellas
sobre la faz del orbe despiadado,
de pisadas nerviosas que conducen
al limbo del olvido en el futuro,
y a la feroz vergüenza en la muerte,
en donde nadie disimular puede
las erratas de ayer, hoy y mañana,
por el agreste seso cometidas,
que por la pluma así se perpetúan
en las perecederas bastardillas.

Qué de crujidos broncos de verdad
y tenaces al paso de las épocas,
no cesan de salir a las afueras
desde las entretelas del espíritu,
o de las mismas vísceras secretas,
como crepitaciones del Vesubio,
que petrifican antes que la lava,
y quedan en el aire deshaciéndose,
como el llanto del ser fetal que nunca
miró la luz del día;
y al no llegar a ser tañido grato
de la bética lira y armoniosa,
que oído de la ninfa con miel sella,
la bóveda del valle los rechaza,
como las clarinadas de la peste,
sumiéndolos en el mayor silencio;
y sonidos tan ásperos de la vida
de nadie codiciados ni una vez,
que ni fingidamente en lontananza
intenta escuchar la esquiva dama.

Y las prótesis vuelan por los aires
cuando mastican deleitosamente
bastardilla tras bastardilla letra,
que emergiendo van entre tropezones
como si pronto se quisiera asir
el sabor de las múltiples ideas,
cuyo zumo se esconde muy adentro
y raudo sale como un rayo afuera
hasta llegar al corto promontorio
de la sinhueso oculto;
mas cada bastardilla retenida
con regodeos en el bucal reino,
no tan sólo la dulce y la rolliza,
sino la flaca y agria por igual,
sin que el menor hartazgo se vislumbre,
que codiciadas cual mujeril pulpa,
para el supremo goce e infinito
del solitario comensal nocturno,
cuyo hambre milenario no se aplaca
ni destripando cada letra humana.

Que el rigor destos versos no sería,
si de amarillas rosas tan preciadas
entretejidos fueran íntegramente,
o una y otra vez dellas sólo hablando,
con fijeza tal de anheloso amante,
aunque no realmente floreciendo,
e idea no más de fragancia hubiera,
impregnando del suelo al firmamento;
mas lamentablemente no un jardín
de tales flores lindas,
y en vez un huerto donde refunfuñan
no los hados ariscos, sino el alma
bajo la forma de pequeños ajos,
no sembrado por cierto el bulbo acá,
que basta se le aluda a la ligera
a pensar en la intempestiva muerte,
y acarrean los aires de repente
en uno y otro punto cardinal,
el mal olor acumulado en siglos,
desde el irrespirable primer antro.

Si del pétalo de la rosa viva,
que luce como un astro en el jardín,
el imperio de la sin par tersura,
más que la arena fina de las playas,
alguna vez pudiera reencarnarse
en el cuerpo arrugado de la letra,
cubriéndola de arriba abajo toda,
para disimular en cierto modo
el natural defecto que la agobia;
mas tal mudanza no,
pues el verso es deforme por completo
y perfecta la rosa entre las flores,
suave al tiento del viento de los tiempos;
y es mucho pedir que la canción vaya
de puntillas por el planeta vasto,
rozando apenas la corteza dura,
que si es imperceptible como el aura,
no lo será por delicada en sí,
sino por la aspereza de su música,
que nadie acaso oír querrá mañana.

Basta sólo mirar el leve trazo
reducido allí cuán borrosamente
a mancha vergonzante el final día,
que es suficiente tal vestigio mínimo
por ser del alma espejo inigualable
y de lo escudriñado en las afueras,
en honor de los bienes del destino
o en lamento de cada crudo mal,
por la lid misteriosa sublunar;
y así la bastardilla
bajo el olvido férreo de los siglos,
separada de las demás por siempre,
punto insignificante, mas testigo
ocular de las bruscas alternancias,
que indeleble se torna íntegramente
como clara señal de los defectos
del propio verso cojo sin remedio,
y no por torpe física letrica,
que resignada lleva las muletas,
sino por quien soñó hacer bien las cosas.

Disculpad, Canción, a vuestro padre,
que no estéis adornada como ayer,
ni clara, ni dorada, ni celeste,
y apenas habláis bajo mil pudores,
en tanto impenetrable por densísima,
y hasta cojuela, manca, tuerta y sorda;
mas no lo aborrezcáis, pues con amor
os engendró en el seno de la musa
y sois por ello el sol que lo ilumina.

Canciones y otros poemas, 1982.