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Ángel músico, de Juan de Orea

El poeta sevillano Baltasar del Alcázar (1530-1606) escribió sonetos petrarquistas y religiosos, pero destacó en el cultivo de la poesía satírico-burlesca, en epigramas y canciones octosilábicas.

YO ACUERDO REVELAROS UN SECRETO…

Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en este siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.

Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga
que van fuera ocho versos del soneto.

Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decillo ya estudiado,

conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.

QUISIERA LA PENA MÍA…

Quisiera la pena mía,
contártela, Juana, en un verso;
pero temo el fin diverso
de cómo yo lo querría.

Porque si en versos refiero
mis cosas más importantes,
me fuerzan los consonantes
a decir lo que no quiero.

Ejemplo: Inés me provoca
a decir mil bienes della;
si en verso la llamo bella
dice el consonante, loca.

Y así vengo a descubrir
con término descompuesto
que es una loca, y no es esto
lo que yo quiero decir.

Y si la alabo de aguda,
presta y viva como fuego,
al aguda dice luego
su consonante, picuda.

Y así, la llamo en sustancia
picuda, quizá sin serlo,
a lo menos sin quererlo,
por sola la consonancia.

Y es detrimento que impide,
pues podrás hacerme cargo
que en la relación me alargo
más de lo que el cuento pide,

y no siéndote notoria
la causa que hay, harás bien,
siendo el consonante quien
hace prolija la historia.

Y es no acertar a escrebirte,
pues el mentir se condena,
y es decirte de mi pena
más que tengo que decirte.

Aunque puede haber discuento,
si el mentir no es excesivo;
pues si miento en lo que escribo,
por los consonantes miento.

Demás desto, tengo duda
que mi verso te contente
mirado menudamente,
porque despuntas de aguda.

Y no siendo cual deseas,
tú aborreces versos malos,
y será darte de palos
obligarte a que los leas.

Pues, Juana, si hago fucia
de relatártela en prosa,
tú eres limpia y melindrosa
y es mi prosa un poco sucia.

Porque, por ser tan añejo
ya en los años, suelo usar
en escribir y en hablar
vocablos del tiempo viejo,

como, digamos, engorra,
escopetina, zancajo,
topatorondos, gargajo,
lomienhiesto y cachiporra;

carambola, cachetudo,
bel, herse, cholla, modorro,
caniculario, machorro,
tracamundana, ventrudo;

carantamaula, sotaque,
chafarrinada, bardanca,
carcavuezos, cojitranca,
matatús y badulaque;

guadramaña, maxmordón,
zafarraya y alfamate,
galambao, calamorrate,
trincapiñones, choclón.

Y si te obligo a leella,
toda junta o cualquier parte,
será lo propio que darte
de talegazos con ella.

Y la experiencia me avisa
que no será maravilla
que la esperada mancilla
la conviertas toda en risa.

Y así, si yo no me engaño,
parecerá menos feo
desamparar mi deseo
que seguillo con mi daño.

Pues destas dificultades
descubrirás, si lo miras,
que en el verso irán mentiras
y en la prosa necedades.

Pues, Juana, porque me precio
de puntual y entendido,
no querría ser tenido
por mentiroso ni necio.

Y así, estoy determinado
dejar el cuento suspenso:
ni en verso ni en prosa pienso
ponerme en ese cuidado.