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Payaso, de Lita Cabellut

La poesía de Jon Juaristi (Bilbao, 1951) se caracteriza por su carácter urbano, la proyección de experiencias íntimas, ficticias o ajenas, la intertextualidad y la ironía. También por su densidad conceptual: no en vano, Juaristi pretende que sus poemas sean como ilustraciones o glosas de las ideas expuestas en sus libros de pensamiento.

MATERIAL DE DERRIBO

(Para una poética)

Un pozo negro en la memoria.
Las calles del querido y puerco Vinagrado.
Tristeza de la carne y haber leído todos los libros necesarios.
Y en las contadas horas en que con otros cuerpos
desisto de mí mismo,
un poco de erotismo.

Diario de un poeta recién cansado, 1985.

POÉTICA BAJO MÍNIMOS

A Bernardo Atxaga

Todo poema nace de un arrebato, dices.
Pero un poema que sólo de un arrebato nazca
será siempre un mal poema. Como éste.

Un buen poema debe contener
al menos una idea indemne.
No sombras, ni proyectos ni carcasas de ideas.
Alumbrar una idea no es tarea
encomendable al mero sentimiento.

El resto es poca cosa: la exultación
o la melancolía;
la pericia, el azar,
e incluso las discretas añagazas
que nos atraen la benevolencia del Censor.

Suma de varia intención, 1987.

CORRECTA LIMITACIÓN

Poeta menor
de una literatura menor
(«Aquella que una minoría produce
en una lengua mayor»,
según definición del pelotari
Félix Guattari),
no he podido evitar que muchas veces
se empozara en mis versos
la resaca de todo lo bebido
en las mil y una noches toledanas
que generosamente me ha infligido
este cartagenero pueblo vasco.

Acaso en ello estribe la «correcta
limitación» que me atribuye
un crítico no muy benevolente.

Suma de varia intención, 1987.

POÉTICA FREUDIANA

Escribe sobre aquello que conoces
pero miente si fuera necesario,
y aunque escribir es viento solitario
desparrama tu voz en muchas voces.

Igual da que te muestres o te emboces,
metido en este oficio de falsario.
Aprende como todo recetario
a distinguir el Goce de los goces.

El Goce [el sufrimiento (la escritura)]
en otra parte está: senda escondida
desde el amor prohibido a la locura.

No hay cicatriz que pueda con tu herida:
cela siempre un tesoro de amargura
la dorada morralla de la vida.

Los paisajes domésticos, 1992.

INTENTO FORMULAR MI EXPERIENCIA DE LA POESÍA CIVIL

“¡Oh, Capitán, mi Capitán, Dios mío!
¡A por ellos, que son de regadío!”
WALT WHITMAN Y RAMÓN CABRERA

Según algún amigo sevillano,
cerró hace un siglo aquella librería
de Sierpes, donde un día
compré su Colección particular.

Mediaba un largo y tórrido verano,
pero yo celebré la Epifanía.
Dieciocho años tenía
y empezaba a sufrir el malestar

de la vida incurable, a la que en vano
descubrir un sentido perseguía.
Ya sabéis: la acedía
de quien se cree fuera de lugar,

o demasiado tarde, o muy temprano,
o solo, o con la inmensa mayoría.
Hoy lo definiría
como cierta tendencia a exagerar.

Pero os hablo de un tiempo muy lejano:
es difícil decir lo que sentía.
Desde esa lejanía
lejos andaba yo de imaginar

los trucos del demonio meridiano,
las mil formas que adopta la ordalía
de la melancolía
cuando se tiene mucho que olvidar.

Sospecho que, al fingir fungir de anciano,
propiciar de algún modo pretendía
la esquiva poesía
que tanto se me hacía de rogar.

El síndrome de Prufrock –un malsano
sentimiento de ocaso y agonía–
el mundo me teñía
de un fastuoso color crepuscular.

Quería ser llorando un hortelano
y devolver verdor y lozanía
a la tierra baldía
de este áspero muñón peninsular.

Un campo amortajado, un monte cano,
un calvero de polvo y cobardía:
así me parecía
nuestro amable parnaso familiar.

Árido surco, el verso castellano
arañaba tenaz. Florecería
o no florecería,
pero qué se perdía con probar.

Vuelvo al punto en que salgo, libro en mano,
de la tienda de Sierpes. Descendía
el sol. Atardecía,
y me empujó la tarde a cierto bar.

Reclinado ante un fino jerezano,
abrí al azar la adusta antología.
Leía y releía
y nunca me cansaba de admirar

tanto verso vestido de paisano
con elegancia atroz, y la osadía
de la cacofonía.
Sin duda, era el momento de pensar

que el hecho de estar vivo y ser humano
exige al burguesito en rebeldía
un grano de ironía.
No es cierto que por mucho madrugar

amanezca la huerta en el secano.
La experiencia es cosecha muy tardía
y, amén, la artesanía
de hacer versos, un juego malabar.

De aquel deslumbramiento soberano,
gracias al cual barrí la porquería
que entonces escribía,
os quiero la memoria dedicar:

Abelardo, Felipe, Abel (mi hermano),
Antonio, Carlos, Pere, Luis García
Montero y compañía,
Luis Alberto, Juanito Lamillar,

Fernando Ortiz, Francisco Bejarano,
Álex Susana y Álvaro García,
Jesús, José María,
Paco Castaño y paro de contar.

Aquí acaba el corrido de Emiliano
Zapata y de su fiel infantería.
Me voy, canalla mía,
en un buque de guerra (si por mar).

Los paisajes domésticos, 1992.