Eugenio de Nora

Anochecer, de Agustín Redondela

El leonés Eugenio de Nora (1923), uno de los cofundadores, en 1944, de la revista Espadaña, cultivó una poesía dramática, desgarrada, expresión de inquietudes existenciales y sociales. Sus versos giran en torno al amor, la muerte, la historia, la política y el deseo de trascender la dura condición humana.

OTRA VOZ

Durante tiempo y tiempo,
mirando a las estrellas, entre dulces muchachas,
flores azules, pájaros de colores,
y otras circunstancias así de tiernas y conmovedoras,
el poeta fue como un erguido girasol celeste,
deslumbrado en el vivo resplandor
de la lejana e impasible belleza.

Durante días y noches
tendió siempre a lo alto, clamó hacia lo imposible,
y se arrancó jirones de aquel manto divino,
cuidó bien esconderlos, como en un cofre repujado y hermético,
inviolables a fuerzas de espadas,
en artísticas rimas, en símbolos e imágenes
inaccesibles a la profanación bestial de las sedientas multitudes.

Mientras crujía espeso el huracán,
o caía, caía con suavidad la hermosa nieve,
tras los tibios cristales el poeta buscó algo que adecuar a su alma;
o en los atardeceres calurosos, de invencible pereza,
entonces, cuando los segadores encallecen las manos frente al trigo,
soñó quizás en los ojos oscuros
de mujeres que existen en islas del Océano.

Sí. Ciego, cruel, extático, su infantil mano puede
que alguna piedra avara y mágica, arrancara
de la profunda mina, algún tesoro inviolado.
¡Ciego! Sin oír, sin ver la Tierra,
poblada, sudorosa de hombres que ríen o sufren,
de tremendas criaturas amorosas o hambrientas,
injustas, criminales, o fracasadas, solas.

…Durante mucho tiempo. Hasta que un día,
la desnuda presencia de la muerte, de pronto,
abrió sus ojos.
¡Oh muerte bienhechora,
certidumbre única, luz bella y verdadera entre sueños que huyen!
¿Qué sería la vida si tu vino precioso
no infundiera valor, no le diera
rigidez de ya eterno
a cada fugitivo instante? ¡No, ya nunca,
nunca más, aterido por el claro lunar,
por el gentil atardecer o el majestuoso firmamento,
olvidará el poeta, rechazará a sus vivos y a sus muertos!

Abrió los ojos y vio al mundo terrible
de los hombres de carne, sólo eso:
dolor frente a la muerta.

Puesto que vano, vano, fútil y sin destino
es todo lo que fuera del hombre sucede, aunque la sombra
arrincone en lo anónimo tantas vidas oscuras:
¡Oh poeta, esclarece el Destino!
Húndete, arraiga hondo,
con los ojos abiertos, con el alma fundida
en la sangre, el anhelo, y la voz de los hombres.
Con la voz de los muertos,
y de todos aquellos que en silencio agonizan,
y de cuantos por siglos morirán sin hablar.

Cantos al destino, 1945.

TESTIMONIO

El silencio pesado,
la música, y el tiempo que hace ahí fuera,
la gente de las calles con uniforme o luto,
las cicatrices que miro en tantas almas,
el sol rojizo iluminando cárceles,
ruinas, y ciertos muros, ah, ciertos terraplenes
en los que se incrustaron balas tibias con sangre,
con sorpresas de sangre visitada de pronto;
las condecoraciones, las banderas,
los hombres más providenciales, y los menos,
las noticias que no traen los periódicos,
y las otras interminables, infantiles,
anonadantes cosas de diferente especie,
me sitúan en mí, sin libertad posible,
como una oruga entre batallas:
no hay ojos, pies o manos,
palabras, violines,
con los que ver, tocar, pisar en firme,
escuchar un latido
al combatido corazón de la vida,
sostenerse en el lomo de ballena furiosa
que revuelve estas cosas que pasan.

Yo bien quisiera
hablar con voz más pura de la luna y las flores,
o descifrar en versos mágicos
el color de los ojos de la mujer que amo:
pero ahí está lo otro
un oleaje, una salva de aplausos y disparos,
el mar ronco por las calles.

Yo fui aquél que silenciosamente
besa las rosas y contempla el cielo:
Pero ahí están los años enemigos,
tupidos de odio, abiertos como heridas,
desfallecidos de belleza amarga.
¡Aquí está el alma llena de cadenas,
el ciego sol sobre la mar sin nadie,
tanda espada de música en mi pecho!

Mirad la gente consumiendo vida:
el que trabaja, el que digiere en calma,
el que afila las armas, el que escupe;
todo lo dicho y más interminable.

Y entre tantos oficios yo soy aquel que mira,
aquel de quien se pide que atestigüe y declare.

Pueblo cautivo, 1946.

CARMEN DE LA VOZ MÁS PURA

¡Maravillosos pájaros del alba!
Los musicales ramos
del aire, quietos. ¿Para quién
cantamos?

…Decís el cielo, lejana rosa
y violeta; en lo alto,
es azul, tiempo. ¿Para quién
cantamos?

La primavera secará sus flores.
cuando el amor vuele en el viento, el tallo
estará roto. ¿Para quién
cantamos?

¡Música dulce, oh voz de madrugada!
No he conocido lo que amo;
pero yo canto con vosotros,
¡maravillosos pájaros!

Siempre, 1953.

«POESÍA CONTEMPORÁNEA»

Medito a veces
en la triste materia de mi canto.

Bien sé que hay muchos, soñadores,
(como yo rodeados de desgracia y caminos)
por entre nubes blancas, con sus ángeles
abanicando tímidas
alas prerrafaelistas, lejos;
que quizá en el estío
cultivan la nostalgia de la lira imposible,
decoran las palabras, sumisas como rombos
de plaza pobre en farolillos
de verbena y papel colorín colorado…

Oh Dios, cómo desamo,
cómo escupo y desprecio
a esos cobardes, envenenadores,
vendedores de sueños, mientras ponen
sedas sobre la lepra, ilusión sobre engaños, iris
donde no hay más que secas piedras.
Esclavos, menos
aún, bufones esclavos.

Malditos una y siete veces,
en nombre de la vida, aunque juren que aumentan
la belleza del mundo; en verdad,
la belleza del mundo no precisa
ser aumentada ni disminuida
con sus telas. Lo que necesitamos
es una luz, es un desnudo brazo
que señale las cosas. La poesía es eso:
gesto, mirada, abrazo
de amor a la verdad profunda.
Ay, ay, lo que yo canto
miradlo en torno y despertad: alerta.

Ahí están, reunidos
en sociedad devoratoria y número.
(Llamar bestia asesina
al que, como el pesado
elefante del sátrapa
hunde la pata hasta estrujar el rostro
que niega; ladrón vil
al emplumado grajo de cadáveres;
canalla al miserable…
acaso sepa a música
derrotada, a lamento
débil. A lo que no queremos.)
Pero nombrar no es sueño.

No sigáis las palabras. Contra ellos
yo canto hombres que tienen las titánicas caras
talladas como a látigo: sonríen
al dolor, pero miran
al sol, y aprietan
los firmes dientes.
Y ya acabo.
(Esto no es un poema; son palabras
apretadas también, con saña.) Adiós. Es tiempo
de no plantar rosales. ¡Acordaos!

1947. España, pasión de vida, 1954.