Fernando Ortiz

Platón, de Eduardo Arroyo

La ironía, en forma de distancia crítica de la realidad y del propio sujeto poético, trasunto desengañado del autor, es clave en la poesía del sevillano Fernando Ortiz (1947-2014). También, la añoranza de la infancia y la juventud perdidas.

VERBUM

La palabra es altiva señora de los hombres
que en sí nada contienen y que por eso invocan
a su forma sagrada con mísera esperanza.
Pues sin ella, ¿qué harían? Se dejarían caer
al vacío sin fondo. Porque llega un momento
en que se vuelven grises los colores más vivos
que la infancia dibuja. Es cuando la pasión
se va desvaneciendo en el pecho cansado.
Y se secan los ojos. Y se doblan las piernas.
Pero la mente aún lúcida confía en la palabra
pues es ella la cifra de todo lo que amamos:
la caricia del agua y el olor de la yerba,
nuestras lejanas lágrimas en la infancia perdida
y hasta el dorado sueño de que quizá retorne
el violento perfume de la dicha.

Mas los sueños se pagan. Para aquellos que osaron
abrir de par en par sus alcobas más íntimas
les llegará, envuelta en el frío de noviembre,
la importuna visita, la vieja prostituta
de repulsivo afeite. Aspirarán entonces
los fétidos olores de las flores podridas.
Y habrán de revestirse de coraza de bronce
cuando sepan que todo lo que aprender lograron
con el único empleo laborioso del verbo
era sólo el presagio del último silencio.

Personae, 1981.

LA POESÍA

¿Qué era para ti la poesía?
Tintineo de palabras, alabeadas sílabas,
el ritmo mágico del verso,
un oficio sutil, un sí no es docto.
Paraísos no hay más que los perdidos
–lo dice Marcel Proust–
y el poema el espejo donde se reflejaban.

¿Qué es para ti hoy la poesía?
Recuerdo un verso de Cernuda:
«Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.»
El poder del deseo hace el poema,
devuelve sangre a las sombras del Hades,
sean entes de ficción,
seas, tú, lector, o quien ahora, sin fe ni certidumbre, escribe.

Marzo, 1986.

SOBRE EL OFICIO

A Carlos Otero

Nos exige, en principio, libertad interior;
–y esto es sentirse ajeno y excluido,
primero ante uno mismo, también ante los otros–.
En él no existe el triunfo, ni la gloria, ni tan siquiera la literatura,
y lo que los demás toman por éxito suele ser el fracaso.

El precio de este oficio es malvivir;
ya que, quien lo ejercita,
coloca su interés en valores de muy rara demanda.
Así, después de un largo aprendizaje
de dudas, soledad, despojamiento,
su dicha y su destino es trazar unos signos.
Y estos signos son vanos, y él lo sabe.

Marzo, 1986.

ARTE DEL BATIHOJA

A Maribel, a José María

Acaricié palabras como si fuesen seda
y como el batihoja hice panes de oro
pensando recubrir con ellos el tesoro
de la infancia, los años, la herida más aceda.

Si era cierto el encanto de la honda arboleda
donde nos saludaba el ruiseñor canoro,
¿no será que ese canto se ha convertido en lloro
y el bosque de los sueños en desnuda alameda?

Bajo aquellas palabras que escribiera hace años
escondí con cuidado pasiones no cumplidas,
fallidas ilusiones, la expulsión del edén…

Hoy de nuevo se muestran, y me enseñan el daño
que con su ocultamiento le hice yo a mi vida;
panes de metal frío con que apresé a mi ser.

Recado de escribir, 1990.

ESTA MISMA MAÑANA

Ante el balcón, en mi butaca,
aunque el cielo es azul, y al fondo suena Bach,
estoy un poco harto.
Pasé hace mucho el medio del camino.
Puse mi anhelo en la poesía.
¿Acaso mide el tiempo lo que vale
si el camino interior es lo que importa?

A la vida y al arte las rige el mismo canon,
un cangilón de noria
–saca del viejo pozo el agua nueva
y hace posible el mundo, la música de Bach, la azul mañana clara–.

Posdata, 1999.