Francisco Martínez de la Rosa

Mercurio, de Ramón Barba

Al granadino Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), autor de uno de los más célebres dramas del Romanticismo español, La conjuración de Venecia (1834), le debemos, sin embargo, una Poética en verso, continuadora, por sus postulados clasicistas, de la de Boileau.

CANTO I

DE LAS REGLAS GENERALES DE COMPOSICIÓN

(FRAGMENTO)

Si el noble anhelo de la eterna fama
que nuestros patrios vates merecieron
vuestros fogosos ánimos inflama,
no os arrojéis, oh jóvenes hispanos,
con temerario afán a la ardua empresa;
ni con incierto paso
holléis a ciegas la escabrosa vía
que a la cumbre conduce del Parnaso.
Temed antes, temblad: una es la senda,
los precipicios mil; quien en sí propio,
del arte los preceptos desdeñando,
vanamente confía,
del Ícaro tal vez remonta el vuelo;
mas deshechas las alas mal seguras,
despéñase con mengua al hondo suelo.

Si igual hado teméis, consultad antes
cien veces y otras cien las propias fuerzas,
y ved si grato el cielo
os otorgó la ardiente fantasía,
el genio creador, digno tan solo
del sacro lauro del divino Apolo.
Con tan sublime don favorecidos,
no dudéis aspirar en vuestros cantos
al digno galardón: natura bella
os mostrará las gracias, los encantos
a los ciegos profanos escondidos;
y alzando el sacro velo,
ofrecerá benigna a vuestros ojos
el propio, el solo, el único modelo.

Su fiel imitación continuo sea
vuestro estudio y solaz, sin que del arte
el duro anhelo ni el afán se vea.
desdeñando sacar una vil copia
con baja esclavitud, libre campea
el genio creador, compara, elige,
forma de mil objetos una idea;
y ornando a su placer su propia hechura,
émulo de natura,
la iguala, la corrige, la hermosea.

Así diestro pintor no copia a Silvia,
la hija más bella de su patrio suelo,
al retratar la hermosa Citerea;
de una y otra beldad forma en su mente
de la alma Diosa el ideal modelo,
al lienzo lo traslada, le da vida;
y a su genio divino,
no a Jove ni a las Gracias, debe Venus
su airoso talle y rostro peregrino.

Mas si el ímpetu osado
no modera la ardiente fantasía;
si del buen gusto altiva menosprecia
el cauto aviso y la prudente guía:
no os admiréis si su arrogancia necia
de la segura senda os extravía.
Así el bridón lozano,
indócil, impaciente,
si el yugo rompe de la diestra mano,
corre el monte y el llano,
salva el torrente, el muro, el hondo río;
mas en oculta sima despeñado,
sepúltanlo su orgullo y ciego brío.

No menos orgullosa, menos ciega,
se estrella la arrogante fantasía,
si al libre impulso de su ardor se entrega:
sus partos prodigiosos
su fecunda invención muestran en vano;
informes, monstruosos,
a la razón insultan, cual nacidos
en la embriaguez o en el delirio insano.

Siempre el buen gusto vuestro genio enfrene;
cual hábil arquitecto, elija, ordene
el sitio, el plan, los propios materiales;
y sus obras continuo vigilando,
sin imponerle un yugo embarazoso,
deje al genio propicio
levantar el magnífico edificio.

Mas no con breve afán livianamente
buen gusto adquiriréis; que ni lo prestan
los áridos preceptos,
ni el sutil raciocinio de la mente:
con modelos bellísimos nutrido
fórmase lentamente,
cual con música acorde el fino oído;
menos juzga que siente;
natural nos parece, no adquirido,
y a la grata beldad acostumbrado,
por instinto condena cuanto advierte
que disgusto le causa, en vez de agrado.

No lo viciéis; y cual segura guía
seguid su voto, oh jóvenes hispanos:
de griegos y romanos
estudiad los modelos noche y día;
y no apartéis jamás de la memoria
que así lograron tan sublime gloria
nuestros ilustres vates castellanos.

Poética, 1831.