José Isaac de Diego Padró

Sin título (Tres bailarines), de José Antonio Torres Martino

Co-fundador con Luis Palés Matos de uno de los ismos puertorriqueños de vanguardia, el diepalismo, José Isaac de Diego Padró (1896-1974) es, además, uno de los precursores de la antipoesía. Defendió una poesía que fuera “humanidad y naturaleza, no un cementerio de retórica”.

EPÍSTOLA ADMONITORIA AL POETA CALANDRINO

Calandrino, poeta, en nombre de tu arte,
Escucha lo que quiero aconsejarte,
Que es fruto ya maduro de ciencia y experiencia.
Conviene que reacciones de tu parte
Contra esa sistemática complacencia,
Esa tu práctica socorrida
De estarte día y noche con la caña tendida
A caza de retóricos pelitriques,
En estos tiempos de realismo aplastante,
Se impone seriamente romper con semejante
Estética de alfeñiques,
Que ni de gratis nadie la querría
Aunque dieras encima dos peniques.
Es menester, por tanto, Calandrio, maestro
Y juez radiante de poesía,
Que a tono con los gustos actuales, te dediques
A renovar el mundo de tu estro.
Elabora, si puedes, con tu seso y tus manos,
Y provisto de auténticos materiales humanos,
Otras más consistentes y objetivas criaturas:
Seres articulados, vivos, de órganos sanos,
Sin afeites ni adobos, ni fiorituras.

Déjate, pues, poeta, de amontonar redadas
De imágenes trilladas, resobadas, gastadas
(Tropos y perendengues preciosistas).

Para después, al modo de los taxidermistas,
Prenderlas pulcramente, como disecadas
Mariposas de tipos y colores diversos,
En el escaparate de tus versos.

Y no me salgas ahora con excusas
De que cada poeta es rancho aparte
Y que la técnica de tu arte
Es inspiración de las musas.
¡Qué musas ni qué narices!
Las musas se hallan en lo hondo
De tu intelecto, en el fondo
De lo que piensas y dices.

Las imágenes que tú ordenas en filas,
Honestamente te lo digo,
Mi luminoso amigo,
No son sino retahílas
De vaciedades finamente ataviadas.
Formas evanescentes resbaladas
De tu cerebro, como anguilas.
Maravillosas, hechizadas perlas
De confección cuasi divina,
Y que por mucho que intentemos cogerlas
Se nos deshacen como gelatina.

Todo tu acervo lírico, la faramalla
Efectista y banal de que alardeas,
No es más que el caballito de batalla,
El bastión, la atalaya,
Del que rehúye batirse con ideas.
Y no es que en mi censura me propase.
La imagen es bonita, es conveniente
Si se la sabe usar prudentemente.

Mas no tomándola como base
De toda poética frase.
Que entonces, francamente, desagrada
Como la mucha mermelada.

Pon tu lira al servicio, Calandrino,
De lo intrínseco humano.
Y relega lo ulterior y divino
Para los que comulgan con ruedas de molino.
No hagas el bobo soberano.
No bordes florecillas de fantasía.
No elucubres sandeces. La poesía
Debe ser fuente pletórica
De verdad, de pasión y de belleza.
Humanidad y naturaleza,
No un cementerio de retórica.

Desecha ese jueguito sin sentido ni objeto
Del arte por el arte, jueguito ya obsoleto.
Sé amplio, natural, espontáneo, sencillo.
Forja tu verso a golpes de martillo.
Y cada martillazo que sea
El resplandor de una idea.
Brote en la justa medida tu obra,
sin nada de menos ni de sobra.
Brote con humildad digna y callada.
No con la pretensión de creerse
Única, insuperable, acabada.
Es sólo de pequeños el clamor petulante.
Más ruido mete un fósforo al encenderse
Que el sol cuando se aúpa por levante.

En cuanto al estilo, mucho cuidado.
No lo recargues demasiado
De superfluos adornos y matices.
(Recuerda que el inepto
A fuerza de adjetivos mata el concepto).
No lo retuerzas. No gongorices.
Concédele que fluya libremente
Con sus naturales tropiezos y deslices.
Y que luzca como un agua corriente
Cuyo fondo se pueda percibir claramente.

Dentro del taxativo campo estético,
No cabe descartar enteramente
Eso que algunos llaman elemento poético.
Utilízalo en calidad de ingrediente.
Pero actúa con tiento,
Con esmerado tino.
Y huye de cuanto implique alambicamiento.
Ítem más, Calandrino:
Pon, sobre la emoción o el sentimiento,
Un gran sentido lógico y un agudo talento.
La belleza esencial, la belleza armoniosa
Y última que persigues, no es cuestión de óleo y crisma.
No está en lo que se pone para exornar la cosa,
Sino en la cosa misma.
Rescata de tu espíritu las nociones inertes
Que solamente esperan de ti que las despiertes.
Toma la vida por tu cuenta
Y exprímela con hercúlea energía.
En cada ubre, de las miles que ostenta,
Encontrarás un rico manantial de poesía.
No pulses tu laúd en el vacío.
Sal de tu desmedrado señorío.
Sal de tu torre de marfil, hermano,
Y vuela, vuela, vuela,
Lejos de la bagatela.

Que palpite en tu verso cuanto hay en ti de humano,
Cuanto hay en ti que siente, que idealiza, que anhela.
Desegocéntrate, colectivízate,
Expándete, modernízate.
Desdóblate, animálculo, microcosmos,
De dentro para afuera, hacia el macrocosmos.
Despójate de tu intelectual egoísmo
En vez de introvertido, de intensista,
Sé disperso, plural, extensionista.
Deja de ser tú siempre, tu unidad, tu guarismo,
Tu tiempo, tu extensión, tu movimiento,
Como si fueses un musical instrumento
Que sonara tan solo para oírse a sí mismo.
Deshollina tu arte,
Si no del todo, en parte
De arrequives, bambollas y otras pamplinas.
Cámbiale su expresión feble y extática
Aplicándole su absoluta seriedad antipática
E infúndele calor, dale vida, alegría.
Dale un poco de humor, de gracia, de ironía,
De ingenio, de sal ática.

Hoy como nunca, Calandrino,
El mundo necesita de la voz del poeta,
Del visionario, del profeta,
Para echar los cimientos de su destino.
Mas presumo que no es con el bagaje
De tu numen, centrípeto, primosoro, ridículo,
Con lo que habrá tu verso de tornarse en vehículo
De un nuevo apostolado, de un credo, de un mensaje.

Te invito, finalmente,
Mi Calandrino confidente
De aventuras e ideas,
A que saques, si así lo deseas,
De este atropelladísimo manual estético
Las normas generales de tu arte poético.

Ocho epístolas mostrencas, 1952.