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Mural del baptisterio de Mollet del Vallés, de Joan Abelló i Prat

El poeta y traductor extremeño José María Valverde (1926-1996) destaca por su profundo humanismo de raíz cristiana y el rigor de su lenguaje poético.

ORACIÓN POR NOSOTROS LOS POETAS

Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
si miramos, es sólo para verterlo en voz.

No podemos coger ni la flor de un vallado
para que sea nuestra y nada más que nuestra,
ni tendernos tranquilos en medio de las cosas,
sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.
Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
jamás conoceremos lo que es una mujer
en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.
Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
Y después que la tierra tiene voz por nosotros
nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande…

Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
igual que por las piedras lo es el cristal del río.
Tú no has hecho tu obra para hundirla en silencio,
en el silencio huyente de la gente afanosa;
para vivirla sólo, sin pararse a mirarla…
Por eso nos has puesto a un lado del camino
con el único oficio de gritar asombrados.
En nosotros descansa la prisa de los hombres.
Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
inútiles y bellas como Dios ha creado,
tantos ocasos rojos, y tanto árbol sin fruta,
y tanta flor, y tanto pájaro vagabundo?
Solamente nosotros sentimos tu regalo
y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.
Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
con nuestro aplastamiento de asombro y maravilla.

Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
en brazos de una llama tan cruel y magnífica.

… Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
dales paz, esa paz que en vida les negaste,
bórrales el doliente pensamiento sin tregua.
Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
para nosotros solos, y no para cantarte.

Hombre de Dios, 1945.

SOBRE MI IMPOSIBILIDAD DE ESCRIBIR UNA ELEGÍA MADRILEÑA

J’ai changé. Comme vous.
Mais d’une autre manière.
Verlaine

¿Y cómo no escribir una «Elegía
Madrileña», si llego a mi ciudad
de niño y de muchacho, desde lejos,
tras años de cambiar gentes y lenguas,
unos días, fugaz, desconocido,
forastero en mi tierra, en vacaciones?
Si sólo fuera el tiempo, cantaría:
los churros en el mármol del café,
ciertas calles y tiendas remansadas
en la edad en que odié la camiseta,
las escasas reliquias que no nubla
el vaho de los coches recién hechos;
o, igual que ayer, la luz de la mañana
por un balcón, doblada en un reflejo
dorado en la pared, en lenta fuga,
fueran pasto bastante a mi elegía.
Y podría ponerle como fondo
del despertar primero al estar vivo
el ruido de tranvías herrumbrosos
al pie del viejo piso, y los pregones;
y hasta quizá, mirando desde ahora,
despierto a lo social, algo diría
recordando el dolor de las criadas,
con las que convivíamos los niños,
con odio y con apego, como náufragos,
en su jungla de cháchara y refranes,
y el soplo de su afán de hombre llenando
nuestra infancia de vagas suciedades
–ellas, con los soldados, en el parque,
miraban de reojo nuestros juegos,
su dura ligazón de servidumbre–.
¿Y el golpe de los versos, levantados,
arrebatándome desde los libros
al país de los sueños, en la sombra,
al fondo del pasillo y sus rumores?
¿Y luego, los tanteos del amor,
paseando en el alma por las calles,
que entonces consentían ir soñando
o leyendo al andar por las aceras?
(De repente, otro barrio se me hacía
íntimo y delicado; aun su más triste
carbonería se volvía nítida,
con la luz de los ojos esperados).
Madrid destartalado de mi infancia,
ciudad del farolero y los barquillos,
y, después, del amor, ¡cómo no darte
mi verso, hoy entre niebla de motores,
si te veo y no estoy, como un fantasma!
Si «se canta» –es verdad– «lo que se pierde»,
¡cómo no he de cantarte en lo remoto
del ayer, imposible aunque te toque!

Pero no puedo: al verte en tu bullicio,
desarrollista y pobretón a un tiempo,
reconozco, más próspero y más duro,
rigiendo tu vivir, algo de entonces,
que nunca aparecía en mi lenguaje,
pero hoy, al encontrarte, sé que estaba
en mí y que con el paso de los años
se me ha vuelto una piedra en la conciencia,
una vergüenza; aquel poder antiguo
gobernando la vida ante mis pasos
–el destino y el sueldo de mi padre,
las notas del colegio, los deberes,
y aun la misma oración a Dios, manchada
de miedo al pobre, sorda a su murmullo–;
cuanto reverencié, en mi clase media,
girando sobre el soplo imperativo
del oráculo oculto entre los bosques
del poder y el dinero, entre espesuras
de palabras sublimes y ancestrales;
esto que, renovado y viejo a un tiempo,
hoy veo cómo rueda y manda y gasta
en relumbrón de bares, y se impone
en los televisores, y somete
a su interés la misma rebeldía,
la lírica más tierna de los jóvenes,
el cansancio irritado del que corre,
siempre a medio dormir, tras sus empleos;
aquel sentido, entonces sin un nombre,
pero fuerte y celoso, y que hoy me duele
más porque era lo mío, mis raíces,
por mucho que quisiera renegarlo
al ver que me lo das, Madrid, triunfante.
Tarde es para acusar a aquel mi niño,
ansioso y débil, o a mi adolescente,
vehemente y cobarde al mismo tiempo:
han ganado los míos, los que quise
que me salvaran cuando en mis principios
me entró miedo a los vientos del mañana.
Madrid es suyo, y yo crecí con ellos.
No fui nunca un inocente. Lo fingía,
sospechando, allá al fondo, algo muy sucio.
Y hoy que me lo confieso, no consigo
redimirlo en poesía, y verte sólo,
Madrid, limpio en mi ayer. Te cantaría
tras el agua del tiempo que no vuelve,
pero lo que hoy al verte toma nombre
me pone contra mí. Se me ha partido
la raíz de la voz; no es mía aquella
con que eché a hablar. Un áspero silencio
me come aquel pasado y mi Madrid.
Se acabaron las puras elegías,
el lírico cantar de mi niñez.

Años inciertos, 1970.