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Rancho y luna, de José Cuneo

La poesía de Delmira Agustini (Uruguay, 1886-1914) se inscribe dentro de la línea decadentista del modernismo hispánico y oscila entre polos opuestos: el placer y el dolor, el deseo y la impotencia, el Bien y el Mal, el Amor y la Muerte… El uso de símbolos originales y sugestivos y una lograda musicalidad son algunos de sus valores.

REBELIÓN

La rima es el tirano empurpurado,
Es el estigma del esclavo, el grillo
Que acongoja la marcha de la Idea.
¡No aleguéis que es de oro! ¡El Pensamiento
No se esclaviza a un vil cascabeleo!
Ha de ser libre de escalar las cumbres
Entero como un dios, la crin revuelta,
La frente al sol, al viento. ¿Acaso importa
Que adorne el ala lo que oprime el vuelo?

¡Él es por sí, por su divina esencia,
Música, luz, color, fuerza, belleza!
¿A qué el carmín, los perfumados pomos?…
¿Por qué ceñir sus manos enguantadas
A herir teclados y brindar bombones
Si libres pueden cosechar estrellas,
Desviar montañas, empuñar los rayos?
¡Si la cruz de sus brazos redentores
Abarca el mundo y acaricia el cielo!
Y la Belleza sufre y se subleva…
¡Si es herir a la diosa en pleno pecho
Mermar el torso divinal de Apolo
Para ajustarlo a ínfima librea!

¡Para morir como su ley impone
El mar no quiere diques, quiere playas!
Así la Idea cuando surca el verso
Quiere al final de la ardua galería,
Más que una puerta de cristal o de oro,
La pampa abierta que le grita «¡Libre!».

El libro blanco (Frágil), 1907.

MI MUSA

Mi musa tomó un día la placentera ruta
De los campos fragantes; ornada de alboholes,
Perfumando sus labios en la miel de la fruta
Y dorando su cuerpo al fuego de los soles.

Vivió como una ninfa: desnuda, en fresca gruta,
Engalanando espejos de lagos tornasoles.
La gran garza rosada de su forma impoluta.
Volvió a mí como el oro de luz de los crisoles.

Más pura; los cabellos emperlados de gotas
Lucientes y prendidos de abrojos; trajo notas
De pájaro silvestre y en los labios más fuego.

Yo peinela y vestila sus parisinas galas,
Y ella hoy grave pasea por mis lujosas salas
Un gran aire salvaje y un perfume de espliego.

El libro blanco (Frágil), 1907.

EL HADA COLOR DE ROSA

El hada color de rosa que mira como un diamante,
El hada color de rosa que charla como un bulbul,
A mi palacio una aurora llegó en su carro brillante,
Esparciendo por mis salas un perfume de Stambul.

–Toma –y una esbelta lira de oro me dio– en ella cante
La musa de tus ensueños sus parques, el cisne azul
Que tiende en los lagos de oro su cuello siempre al Levante,
Y Helena que pasa envuelta en la neblina de un tul.

Busca la rima y el ritmo de un humo, de una fragancia,
Y en perlas de luz desgrana las risas de Extravagancia
Que muestra los dientes blancos a Zoilo de adusto ceño.

Canta en la aurora rosada, canta en la tarde de plata,
Y cuando el sol, como un rey, muera en su manto escarlata,
Mientras que la noche llega, ensaya un ritmo y un sueño!

El libro blanco (Frágil), 1907.

LA MUSA

Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;
Con dos ojos de abismo que se vuelvan fanales;
En su boca, una fruta perfumada y bermeja
Que destile más miel que los rubios panales.

A veces nos asalte un aguijón de abeja;
Una raptos feroces a gestos imperiales
Y sorprenda en su risa el dolor de una queja;
¡En sus manos asombren caricias y puñales!

Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,
Y sea águila, tigre, paloma en un instante.
Que el Universo quepa en sus ansias divinas;

Tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,
Y una frente que erguida su corona reclame
De rosas, de diamantes, de estrellas o de espinas.

El libro blanco (Frágil), 1907.