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Poéticas – Literatura española contemporánea

Eduardo García

Eduardo García (1965-2016), poeta español nacido en São Paulo, apuesta por “una poesía fronteriza entre lo realista y lo visionario”: sentimiento, conciencia y sueño se entremezclan en sus versos, deudores de la gran tradición simbolista-surrealista.

LA PALABRA

Escribir un poema es pedirle el teléfono a una desconocida,
arrancarle una hoja a un árbol extraviado en un jardín con vistas al futuro
o jugar con palabras a la ruleta rusa,
una vez iniciada la partida no hay vuelta atrás,
según gira el tambor uno empieza a sospechar que le aguarda un cartucho en la recámara,
ni ángeles ni demonios, lo cierto es que a las palabras las carga el diablo,
aunque nunca se sabe, es difícil aventurar un pronóstico cuando el desierto de la página parece cobrar vida,
no hay reserva que valga, es preciso escribir con las manos tendidas al vacío, como el ciego se interna en la espesura,
convocar a las sirenas y a los equilibristas, desterrar a geómetras, jerarcas y contables,
de poco vale la voz de la experiencia cuando salimos al encuentro de una serpiente de cascabel,
solo cabe esperar el eco de la piedra precipitándose en el pozo,
allí donde se atasca el percutor, donde rechinan los dientes del insomne, donde los gatos sueñan con aves del paraíso,
imposible sortear las inclemencias del lenguaje, escapar al rigor del cirujano,
ensayan los cronistas el arte del disfraz, la grácil pirueta, los juegos malabares,
pero al final las palabras les dejan en cueros como a todos,
palidecen de pronto al descubrir que todos los discursos eruditos no valen la pestaña de una adolescente,
que por el hueco de una cuchilla de afeitar bien puede deslizarse el duende de la infancia,
es mejor acercarse al papel sin planos ni estrategia, aguardar a que él mismo nos revele su secreto,
atender a su llamada, la voz de un viejo amigo, al otro lado del auricular, desde un país remoto,
permanecer a la escucha con la fiebre y la piel y los sentidos, las sigilosas ascuas, los húmeros calientes,
hasta que la mano empiece a derramarse, presenciar
el liviano crujir del bolígrafo como si de la respiración de un moribundo se tratara,
la esperanza en la punta de la lengua, el aliento en vilo como el niño al contemplar la cabeza del domador entre las fauces del tigre,
al fin y al cabo somos a un tiempo el lanzador de cuchillos y la chica que inmóvil ve clavarse certeros los filos a orillas de su piel,
con la palabra no hay trampa ni cartón, ni es prodigio al alcance del simple ilusionista,
todo sucede en el cuadrilátero de la página, pero no hay árbitro, ni campana que dé fin al combate,
el contrincante se aloja en nuestros huesos.

Duermevela, 2014.

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Dionisia García

La escritora albaceteña Dionisia García (1929) concibe la poesía como reflexión sobre su propia trayectoria vital, una constante búsqueda de claridad en el entramado caótico de la existencia. Para alcanzarla, hará uso de un lenguaje poético depurado: «para enaltecer la palabra conviene dejarla lo más sola posible».

MEDITACIÓN Y CANTO

Mientras seas, conmemora los días,
préndelos en varillas titilantes,
amparado abanico entre tus manos.

El transcurrir ligado a sus historias,
y, desde los registros de recuerdo,
podrás rememorar con impaciencia
cualquier atardecer sobre nosotros.
Es el rastro cuanto nos sobrevive
y unge carne de amar en falso sueño.
Las caricias, ay, las manos, y el beso
de aquella madrugada junto al álamo:
todo quedó grabado sobre el lienzo,
armonía con cintas de paisaje
en tímido desdén amanecido
hasta llenar el vaso de los ojos.

Mientras no sucumbimos, cumple al cielo,
prepara los manteles para el ágape,
reza conmigo el canto apasionado
a tanto pormenor que Dios ofrece.

Mnemosine, 1981.

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Chantal Maillard

El niño del trigo, de José Manuel Merello

Chantal Maillard (Bruselas, 1951), poeta y pensadora, intenta comunicar en sus escritura situaciones límites de dolor y desamparo. En sus poemas, la palabra palabra poética se articula como pensamiento en torno a sus propias posibilidades y límites de representación.

ESCRIBIR

Fragmento

Escribir
porque alguien olvidó gritar
y hay un espacio blanco
ahora, que lo habita

escribir
porque es la forma más veloz
que tengo de moverme

escribir

¿y no hacer literatura?

¡y qué más da!:

hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.
Escribo

para que el agua envenenada
pueda beberse.

Matar a Platón, 2004.

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Ana Merino

7 moscas y un vestido, de Amparo Sard

En la poesía de Ana Merino (Madrid, 1971) se funde la memoria y la imaginación, la cotidianidad y el misterio, lo real y lo onírico. La perplejidad ante la vida y el paso del tiempo, las mudanzas de la identidad, la vulnerabilidad del ser humano… son temas nucleares en su poesía.

EL INVENTOR DE LAS METÁFORAS…

El inventor de las metáforas
se parece al duende de los gatos
metiéndose a media noche
por la boca abierta de los niños
para fabricar sus sueños con pesadillas.

El inventor de las metáforas
saborea con su lengua pegajosa
cada llanto infantil
arañando las sábanas.
Y los niños sudorosos
se abrazan a la almohada
e intentan descifrar
la forma de su angustia.

El inventor de las metáforas
siembra una semilla venenosa
que germina en poema
o agoniza en locura después de muchos años.

La voz de los relojes, 2000.

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Juan Bonilla

Rooms, de Dionisio González

La poesía de Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) transmite, con aparente desenfado, meditaciones profundas sobre la vida cotidiana y su falta de sentido, sobre la pérdida del amor, sobre la muerte… La ironía, el ingenio, los guiños a otros autores están muy presentes en sus versos.

LA AMBICIÓN DE GOTTFRIED BENN

Con un poema devolver a las tabernas al alcohólico
que hubiera prometido no probar nunca jamás el vino.
Con un poema hacer sentir el síndrome
de abstinencia a quien se hubiera jurado
no volver a inyectarse ni una gota de heroína.
Con un poema erguir en las entrañas de un amante
la certidumbre de que se destruye
cada vez que el amor le roba un gesto.
Con un poema hacer abandonar toda esperanza
a quienes sueñan con un mundo mejor.

Buscaba ese poema Gottfried Benn al final de su vida
y por fortuna para todos no consiguió encontrarlo.
Pero latiendo en su fracaso aún podemos oír ese rumor:
la poesía se propone pronunciar una verdad intolerable,
si sus palabras no te alcanzan de una manera física
–puñetazo en el hígado, en los labios mordisco, un vértigo en los ojos–
entonces no es más que onanismo.

El belvedere, 2002,

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