Archivo de la etiqueta: generación del 50

José Corredor-Matheos

Agua, de Albert Ràfols Casamada

Los poemas, breves, desnudos y precisos, del ciudadrealeño José Corredor-Matheos (1929) incorporan a la tradición europea de la poesía pura o esencial, la expresión justa y la tonalidad serena de la poesía oriental.

SI FUERA ESTE POEMA…

Si fuera este poema
el último que hicieses
¿tendría más valor
que otro cualquiera?
Todo poema es único
y tu muerte lo escucha
con el mismo deleite,
con igual impaciencia.

Y tu poema empieza, 1976-1987

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Francisco Brines

La Odisea, de Pedro Sobrado

El valenciano Francisco Brines (1932), miembro destacado de la generación de medio siglo, cultiva una poesía de preocupaciones metafísicas y tono meditativo y elegíaco.

EL PORQUÉ DE LAS PALABRAS

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?
En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y
[el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todos son gestos, muertes, son residuos.

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

Insistencias en Luzbel, 1977.

Alfonso Costafreda

Bodegón de paloma, de Álvaro Delgado

Los poemas del leridano Alfonso Costafreda (1923-1974), hermosos y dolientes, tratan de la insuficiencia de la palabra para vencer la insuficiencia de la vida.

DESDE PEQUEÑO SOÑÉ…

Desde pequeño soñé
ser el poeta
que explicase a los niños la historia de los pájaros;
cómo en ellos se apasiona la vida,
se adelgaza, se cumple,
y en los cielos, ella misma se canta.

Nuestra elegía, 1949.

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Vicente Nuñez

El Lagar de la Cruz, de Rafael Álvarez Ortega

El cordobés Vicente Núñez (1926-2002) puede ser considerado como el poeta que continúa el espíritu del grupo Cántico en la generación del cincuenta. Características de su obra son el cuidado léxico, la ambientación rural, la contención y la serenidad que represa la manifestación emotiva, la maestría y variedad métrica…

UN POEMA

¿Un poema es un beso y por eso es tan hondo?
Un poema –¿me quieres?– se aposenta –no hables–
en mis labios que abdican del canto si me besas.
¿Un poema se escribe, se malversa, se abraza?
Oh dulce laberinto de luz, oh tenebrosa,
oh altísima y secreta confusión, amor mío.

Ocaso en Poley, 1982.

Pilar Paz Pasamar

Bodegón, de Alfonso Fraile

La poesía de la gaditana Pilar Paz Pasamar (1933), miembro de la generación del 50, indaga en las preocupaciones del ser humano, deteniéndose en las pequeñas cosas que dan sentido a la existencia.

LA POESÍA

Por ti, te lo confieso, busqué en el Diccionario
nuevas palabras para nombrarte enriquecida,
extraños nombres de aves, de flores y de pájaros,
nombres que al escribir tu nombre se me olvidan.

Nada aprendí. Lo siento. Los libros no me aportan
otra cosa que dulces golpes de agua escondida,
como si una marea subiere por mi pecho
y un bajamar total me dejase rendida.

Mis palabras de ahora son las mismas palabras
como siempre que espero, mi esperanza es la misma
de encerrarte en un canto total en donde quepan
todas aquellas cosas que no son para escritas.

Para decir tu nombre mejor, yo convocara
todas las primaveras del mundo y las que existan
cuando mi boca quede hundida para siempre
en la tierra, y yo pueda cantarte desde arriba.

Pero es así, y te cumplo de esta inútil manera,
de este modo deforme con que tejo sin prisa
el tapiz amoroso donde he de echar mi cuerpo
cuando esté la tarea rebosada y cumplida.

Acato el mutilado sonido que me tañes,
las imprevistas flores, tus fugas y visitas.
Déjame que te nombre como puedo nombrarte:
la Nunca Poseída.

Abreviado mar, 1957.