Archivo de la etiqueta: neoclasicismo

Tomás de Iriarte

Escena de una comedia, de Asensio Julià

El ideal ilustrado de “enseñar deleitando” preside la labor literaria del escritor canario Tomás de Iriarte (1750-1791): en teatro, se decantó por la comedia moralizante; y en poesía, por la fábula, género al que da nueva vida gracias al uso de variadas formas métricas que se ajustan a los más diversos temas.

LA RANA Y EL RENACUAJO

¡Qué despreciable es la poesía de mucha hojarasca!

En la orilla del Tajo
hablaba con la Rana el Renacuajo,
alabando las hojas, la espesura
de un gran cañaveral y su verdura.

Mas luego que del viento
el ímpetu violento
una caña abatió, que cayó al río,
en tono de lección dijo la Rana:
«Ven a verla, hijo mío;
por de fuera muy tersa, muy lozana;
por dentro toda fofa, toda vana».

Si la Rana entendiera poesía,
también de muchos versos lo diría.

Fábulas literarias, 1782.

EL MONO Y EL TITIRITERO

Sin claridad no hay buena obra.

El fidedigno padre Valdecebro,
que en discurrir historias de animales
se calentó el cerebro,
pintándolos con pelos y señales;
que en estilo encumbrado y elocuente
del unicornio cuenta maravillas,
y el ave-fénix cree a pie-juntillas
(no tengo bien presente
si es en el libro octavo o en el nono),
refiere el caso de un famoso Mono.

Éste, pues, que era diestro
en mil habilidades, y servía
a un gran titiritero, quiso un día,
mientras estaba ausente su maestro,
convidar diferentes animales
de aquellos más amigos,
a que fuesen testigos
de todas sus monadas principales.
Empezó por hacer la mortecina;
después bailó en la cuerda a la arlequina,
con el salto mortal y la campana:
luego el despeñadero,
la espatarrada, vueltas de carnero,
y al fin, el ejercicio a la prusiana.
De estas y de otras gracias hizo alarde,
mas lo mejor faltaba todavía,
pues imitando lo que su amo hacía,
ofrecerles pensó, porque la tarde
completa fuese, y la función amena,
de la linterna mágica una escena.
Luego que la atención del auditorio
con un preparatorio
exordio concilió, según es uso,
detrás de aquella máquina se puso;
y durante el manejo
de los vidrios pintados,
fáciles de mover a todos lados,
las diversas figuras
iba explicando con locuaz despejo.
Estaba el cuarto a oscuras,
cual se requiere en casos semejantes;
y aunque los circunstantes
observaban atentos,
ninguno ver podía los portentos
que con tanta parola y grave tono
les anunciaba el ingenioso Mono.

Todos se confundían, sospechando
que aquello era burlarse de la gente.
Estaba el Mono ya corrido, cuando
entró maese Pedro de repente,
e informado del lance, entre severo
y risueño, le dijo: «Majadero,
¿de qué sirve tu charla sempiterna,
si tienes apagada la linterna?»

Perdonadme, sutiles y altas musas,
las que hacéis vanidad de ser confusas:
¿Os puedo yo decir con mejor modo
que sin la claridad os falta todo?

Fábulas literarias, 1782.

A TI ME QUEJO, APOLO JUSTICIERO…

A ti me quejo, Apolo justiciero,
de que nunca en mis versos fui dichoso:
si sátiras escribo, me hago odioso;
y si elogios, me llaman lisonjero.

Soy, si escribo de burlas, chocarrero;
si por lo serio canto, soy un soso;
si al lauro teatral aspiro ansioso,
es mi Censor cualquiera Majadero.

Llevando yo al Parnaso esta querella,
respondió Apolo: «Al que profesa mi arte
persigue siempre esa infeliz estrella;

pero el mejor remedio quiero darte:
canta las gracias de tu Orminta bella,
tendrás a todo el mundo de tu parte».

Soneto VII, en «Poesías varias», Obras en verso y prosa de Tomás de Iriarte, 1787.

SITUACIÓN CRÍTICA DE UN POETA

Ofréceme, tal vez, la fantasía
un concepto feliz para un soneto;
entre escribir o no, discurro inquieto;
siento en mí, ya valor, ya cobardía.

Resuélvome a empezar; mas no querría
que me engañase un ímpetu indiscreto;
y teniendo a los críticos respeto,
ya se acalora el numen, ya se enfría.

Batallo en mi interior, dudo y vacilo;
me hace cosquillas, súfrolas un rato;
escribo un poco; párome y cavilo.

¡Qué tentación! En vano la combato.
Y al fin, ¿qué haré? –Para quedar tranquilo,
componer el soneto es más barato.

Soneto X, en «Poesías varias», Obras en verso y prosa de Tomás de Iriarte, 1787.

Gaspar Melchor de Jovellanos

Alegoría de las Bellas Artes, de Manuel Bayeu

El gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) es la figura más importante de la Ilustración española. En su epístola A sus amigos de Salamanca invita a éstos al cultivo de una poesía comprometida con la ideología ilustrada.

JOVINO A SUS AMIGOS DE SALAMANCA

Est quodam prodire tenus, si non datur ultra.

(Horacio, Epis. I, lib. I, v. 32).

A vosotros, oh ingenios peregrinos,
que allá, del Tormes en la verde orilla,
destinados de Apolo, honráis la cuna
de las hispáneas musas renacientes;
a ti, oh dulce Batilo, y a vosotros,
sabio Delio y Liseno, digna gloria
y ornamento del pueblo salmantino;
desde la playa del ecuóreo Betis
Jovino el gijonense os apetece
muy colmada salud; aquel Jovino
cuyo nombre, hasta ahora retirado
de la común noticia, ya resuena
por las altas esferas, difundido
en himnos de alabanza bien sonantes,
merced de vuestros cánticos divinos
y vuestra lira al sonoroso acento;
salud os apetece en esta carta,
que la tierna amistad y la más pura
gratitud desde el fondo de su pecho
con íntima expresión le van dictando;
que pues le niega el hado el dulce gozo
de estrechar con sus brazos vuestros pechos,
de urbanidad y suave amor henchidos,
podrá al menos grabar en estas letras
la dulce sensación que en su alma imprime
del vuestro amor la tierna remembranza.
Seguir leyendo Gaspar Melchor de Jovellanos