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María Rosa Gálvez de Cabrera

Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez, de Antonio Carnicero

La escritora malagueña María Rosa Gálvez de Cabrera (1768-1806) compuso tragedias y comedias neoclásicas acerca de los deseos y frustraciones de las mujeres en un mundo dominado por el hombre. Su poesía, en opinión de Quintana, es de estilo claro y puro y de versificación fácil y fluida.

LA POESÍA

ODA A UN AMANTE DE LAS ARTES DE IMITACIÓN

Oh tú, que protector del genio hispano
elevas la abatida lira mía,
desde el obscuro seno,
do el velo del olvido la cubría,
hasta el supremo asiento, que previene
la fama a la divina poesía;
a ti consagraré tan dulce empleo;
a ti que amas el arte imitadora,
de la música hermana,
y del alma sensible encantadora.

Seguid mi canto, de placer henchidas,
cítaras de la Iberia;
Amira, alzando el humillado acento,
preconiza la ciencia de Helicona;
y esparce por el viento
los resonantes metros de la Hesperia.

Si de la antigüedad el heroísmo
de los tiempo alcanza el raudo vuelo,
y las puras virtudes celestiales
fueron a par del mundo eternizadas,
por vosotros, Poetas inmortales,
nuestra edad llegaron; de los siglos
las inmensas tinieblas arrostrando,
de anonadar al hombre con su fama
a la huesa arrancáis el triste fuero.
Tal es el arte del divino Homero.

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Diego de Torres Villarroel

Bodegón con frutos del bosque, de Luis Egidio Meléndez

Entre los poetas que prolongan el gusto barroco en el siglo XVIII, destaca Diego de Torres Villarroel (Salamanca, 1694-1770), discípulo ferviente de Quevedo. De él toma el estilo conceptista y la burla mordaz.

AL IR A ESCRIBIR, CONFIESA SU DESCONFIANZA

Sobre la mesa el codo y acostada,
en la siniestra mano la cabeza,
la pluma en ristre y a tenderse empieza
sobre plana no escrita y ya borrada.

Así estaba el ingenio en la estacada,
cuando asalto de presto a mi rudeza,
de Calderón la gracia y la agudeza
y de Solís la musa celebrada.

Cogióme su memoria tan de susto,
que ni con prosa ni con verso salgo;
consulto el miedo a sus ideas justo.

Y viendo que con estos nada valgo,
dejé la pluma, desmayóse el gusto,
y eché las Musas a espulgar un Galgo.

Obras, 1752.

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André Chénier

La vendedora de amorcillos, de Joseph-Marie Vien

El poeta neoclásico francés André Chénier (1762-1794), una de las víctimas del Reinado del Terror en la Revolución Francesa, tomó como modelos a los poetas griegos. Su poesía es bucólica y sentimental.

INVOCACIÓN A LA POESÍA

¡Ninfa tierna y bermeja, oh joven Poesía!
¿Qué bosque en este día elige tu retiro?
¿Qué flores, tras la onda en que se van tus pasos,
bajo pies delicados, se inclinan suavemente?
¿Dónde te buscaremos? Mira la estación nueva:
sobre su blanco rostro, ¡qué purpúreo destello!
Cantó la golondrina; Céfiro está de vuelta:
regresa con sus bailes; amor renacer hace.
Sombra, praderas, flores son sus gratos parientes,
y Júpiter se goza contemplando a su hija,
esta tierra en que dulces versos, apresurados,
brotan, por todas partes, de tus dedos graciosos.
En el río que baja por los húmedos valles
para ti ruedan versos dulces, sonoros, líquidos.
Versos, que en masa se abren por el sol descubiertos,
son las fecundas flores de cáliz encarnado.
Y montes, en torrentes que blanquean sus cimas,
lanzan versos brillantes al fondo del abismo.

Bucólicas, 1785-1787. Traducción de Paco García.

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Conde de Noroña

Alegoría del Teatro con Apolo, Talía y Melpómene, de Zacarías González Velázquez

El castellonense Gaspar María de Nava Álvarez, Conde de Noroña (1760-1815), anticipó el gusto romántico por lo oriental en sus Poesías asiáticas (traducciones). En su primera recopilación de poemas (1799), predomina, sin embargo, el estilo rococó.

DE MÍ MISMO

¡Cuántas veces he roto
aquellos mamotretos
en donde conservaba
mis mal forjados versos,
porque me figuraba
que en boca de un guerrero
disuenan las ternezas
fastidian los requiebros!
Pero entonces la Musa,
juntando con empeño
los trozos esparcidos
acá y allá en el suelo,
me decía enojada:
¿Quién te ha dicho que el pecho,
en donde yo resido,
es débil, sin aliento?
Díganlo por mí Ercilla,
Mendoza, Rebolledo,
Garcilaso y Cadalso,
honor de los modernos.
Los unos sus laureles
con mirto entretejieron
y los otros con sangre
sellaron sus trofeos.
Las almas apagadas,
los cuerpos como hielo
no sirven para Marte,
no son gratos a Venus,
ni en el Parnaso encuentran
el más humilde asiento
pues el Dios que allí manda
es todo luz y fuego.
Así toma la pluma,
continúa escribiendo,
que la trompa y la lira
saben sonar de acuerdo.
A su voz no resisto,
su mandato obedezco,
tomo la pluma y sólo
me inspira el pecho versos.

José María Blanco White

Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, de Juan Antonio Ribera

José María Blanco White (Sevilla, 1775 – Liverpool, 1841)  es uno de los pilares fundamentales del romanticismo español. Emigrado a Londres, sirvió de puente entre los liberales españoles exiliados y el romanticismo inglés. Escribió en español y en inglés.

ODA A LAS MUSAS

¿Cuál deidad o cuál héroe, lira mía,
Resonará en tus cuerdas? ¿Qué sagrados
Himnos o cúyos nombres entonados
Gloriosa harán tu suave melodía?
¿Cuál hecho las riberas
Del Permeso florido,
Entre el rüido
De su corriente
Escucharán, bañando las praderas
Más dulce y blandamente?

A ti solo, glorioso, eterno coro,
A quien del Pindo la mansión sagrada
El cielo dio, mi voz, por ti inspirada,
Cantará y de tus dones el tesoro.
Tus glorias, si el aliento,
Soberano me enciende,
Por cuanto extiende
Sus resplandores,
Delio, se escucharán, y el ancho viento
Llevará tus loores.
Por vos, oh claras ninfas de Helicona,

Por vos su pecho arrebatado mira
El dichoso mortal a quien la lira
Disteis y en ella celestial corona.
Por vos Naturaleza
No le esconde su seno,
Mas ya sereno
Su rostro puro
Pródiga muestra y la inmortal belleza
No oculta en velo oscuro.

Mira entonces la faz resplandeciente
De la madre común enardecido,
Y con sonora voz canta atrevido
El seno oculto a la profana gente.
Canta cómo la Aurora,
Con sonrosada mano
Al soberano
Febo el camino
Prepara, y con la bella luz colora
Del semblante divino.

Cuál bordando las nubes de rubíes
Y el viento dulcemente humedeciendo,
El campo dilatado va cubriendo
Con encarnadas rosas y alelíes;
Cuál, si bramó alterado
El austro o noto fiero
En placentero
Aliento leve,
Ante su hermoso rostro ya mudado,
Las tiernas flores mueve.

Canta cuál la carrera en su seguida
Emprende Febo, cómo la ancha esfera,
De sus rayos bañada, reverbera
La eterna luz que al mundo le da vida;
Cómo, precipitado
Ante el carro umbroso,
Con paso odioso
El tiempo anhela
Y de fugaces horas rodeado
Con prestas alas vuela.

Canta cómo al Océano sonoro
Llegando, de su luz en la onda fría
Despoja el carro que ilumina el día
Y tiempla en ella el eje ardiente de oro,
Canta la noche oscura
Siguiendo sus pisadas,
Y las calladas
Horas, que al mundo
Descanso dan de la fatiga dura
En silencio profundo.

¡Ah, sí! Pródigo el cielo en ti derrama,
Sagrado coro, en abundante vena
Sus dones y de honor se mira llena
La tierra por tu aliento e ilustre llama.
Salve, pues, y amoroso
Tu fuego da a mi pecho,
Que en él deshecho
Diré tu gloria,
Del tiempo haré mi nombre victorioso
Y eterna mi memoria.

1796.