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Juan Lamillar

Jardines de Sevilla, de Jorge Pedraza López

Juan Lamillar (Sevilla, 1957) es una de las voces con mayor propensión metafísica y carga sensorial de su generación, la de los poetas de la experiencia.

POÉTICA

¿Para alcanzar qué voz,
qué cuerpo presentido,
qué noche de amistad,
qué playa embelleciendo la memoria,
escribo este poema?

Alguien decía unos versos,
y una música oscura perduraba
más que el mar esa noche.

¿Cómo trazar tu risa en el recuerdo,
y aquel fulgor vencido de la hoguera?
¿Qué rescoldo brillante me quema ahora las manos?

Frente a otro mar más misterioso escribo.
Frente a otra playa aún más intangible.

Música oscura, 1989.

Carlos Marzal

Alegoría, de Javier Banegas

Carlos Marzal (Valencia, 1961) cultiva una poesía meditativa y de intención moral, que se debate entre la lucidez del escepticismo y la obstinación del entusiasmo por la vida. Su lenguaje se caracteriza por el equilibrio entre emoción y densidad conceptual.

LAS BUENAS INTENCIONES

Como, mal que le pese, uno en el fondo es serio,
debe dejar escrita su opinión del oficio
(los muertos aplicados dejan su testamento

aunque a los vivos, luego, no les complazca oírlo).
Hablo con la certeza de que mis impresiones
serán para los tristes una fuente de alivio.

¿Me estará agradecida la juventud del orbe,
siempre desorientada y falta de modelos,
y me idolatrarán los investigadores?

Escribo, simplemente, por tratarse de un método
que me libra sin daño (sin demasiado daño)
de cuestiones que a veces entorpecen mi sueño.

Por tanto, los poemas han de ser necesarios
para quien los escribe, y que así lo parezcan
al paciente lector que acaba de comprarlos.

Se me ocurre, además, que trato de dar cuenta
de una vida moral, es decir, reflexiva,
mediante un personaje que vive en los poemas.

Esas ciertas cuestiones que he mencionado arriba
son las viejas verdades que a la vida dan forma,
y la forma en que urdimos nuestras viejas mentiras.

Ahora bien, reconozco que no sólo me importan
estas pocas razones. Escribo por capricho,
y por juego también, para matar las horas.

Porque puede que sea un destino escogido,
pero también, sin duda, para obtener favores
de algunas señoritas amigas de los libros.

Me es grata la figura del artista de Corte,
riguroso y mundano, descreído y profundo,
que trata por igual la muerte y los escotes.

Sobre qué es poesía nunca he estado seguro;
tal vez conocimiento, o comunicación,
o todo juntamente. Lo cierto es que el asunto

carece de importancia, no afecta al creador.
Doctores tiene ya nuestra Sagrada Iglesia
y en futuros Concilios harán salir el sol

para todos nosotros. Sin embargo, quisiera
que se tuviese en cuenta el hecho de que existe
poesía por vicio, porque es una manera

que tienen unos pocos de vivir su declive,
pero ignoro si hacerlo los convierte en más sabios
y si esa obstinación los vuelve más felices.

Aspiro a escribir bien y trato de ser claro.
Cuido el metro y la rima, pero no me esclavizan;
es fácil que la forma se convierta en obstáculo

para que nos entiendan. La mejor poesía
acierta con deslices, convierte lo imperfecto
en un arte y se olvida de los juicios puristas.

Aunque he escrito bebido, cuando escribo no bebo.
Trabajo siempre a mano, y no me enorgullece
no tener disciplina ni ser dueño de un método.

No suelo, me figuro, romper lo suficiente,
tal vez porque tampoco escribo demasiado,
al pasar media vida ocupado en perderme.

Del lector solicito como único regalo
que esboce alguna vez una media sonrisa:
tan sólo busco cómplices que sepan de qué hablo.

No reclamo, por tanto, privilegios de artista:
me limito a ordenar, quizá sin merecerlo,
asuntos que una voz ignorada me dicta.

De entre los infinitos poetas, yo prefiero
a aquéllos que construyen con la emoción su obra
y hacen del arte vida. De los demás descreo.

Y para terminar, confieso que esta moda
de componer poéticas resulta edificante.
Con ella se demuestra que son distintas cosas
lo que se quiere hacer y lo que al fin se hace.

El último de la fiesta, 1987.

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Luis García Montero

El desafío, de Eduardo Úrculo

Luis García Montero (Granada, 1958) es el representante más destacado de la poesía de la experiencia, tendencia poética que explora las vivencias cotidianas del hombre contemporáneo. Su escritura apuesta por “las posibilidades estéticas del realismo, los tonos coloquiales y la naturalidad”.

POÉTICA

A Felipe Benítez Reyes

Las cuatro de la tarde. Familiar devaneo.
Todavía la mesa está sin recoger.
Se acostumbran las cosas a su oficio de ser
compañías lejanas bajo un dulce mareo.

En el sofá tendidas duermen las dos. Yo leo
los últimos poemas de Pere Gimferrer.
Cierro los ojos, sueño con mi propia mujer,
comprendiendo el origen clerical del deseo.

Miro el televisor, hojeo las revistas.
Sus anuncios predican el placer de una fiesta,
esa niña dormida, el mar, los deportistas.

Y pienso en la poesía: es quizás como esta
seducción fabricada por los oficinistas
para soñar el sueño tranquilo de su siesta.
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Vicente Gallego

Presencias, de Goyo Domínguez

La poesía del valenciano Vicente Gallego (1963) destaca por la palabra rigurosa y exacta y el equilibrio entre vivencia y reflexión. A la conciencia de la precariedad de la condición humana, Gallego opone su rotunda voluntad de afirmación de la vida aun con su precio inevitable de muerte.

MI IDEA DEL AUTOR

(A man of no fortune and with a name to come)
Wim Mertens

Entrego muchas horas a mi cuarto,
comparo algunas tardes, por ejemplo,
a un animal prehistórico y herido,
o a la dama que arroja, lentamente,
su lencería oscura a mi ventana.
Pero sé que la tarde es sólo eso:
una costumbre antigua de mis ojos.
Me reprocho a menudo muchas cosas
a las que no me atrevo, y los errores
que a veces cometió mi atrevimiento.
Procuro parecer un poeta mundano,
como John Donne, profundo y algo frívolo,
que se cuente conmigo en cualquier fiesta,
aunque suelen mis versos, y mi vida,
traicionar esa imagen.
No sabría explicaros, con rigor,
por qué razón escribo, abandono
esa fatiga a mis colegas doctos,
mas no quiero curarme el vicio absurdo
de las letras. Me gustan las mujeres,
pero ellas, por más que yo lo intento,
no me ayudan a ser un mujeriego.
Por su causa he sufrido de verdad
–jamás finjo el dolor que hay en mis versos,
aunque finja tal vez otros motivos–.
Se podría decir que soy feliz
en general, sin sorna ni entusiasmo,
y me veo corriente –aunque me gusto–,
creedme que lo siento, pues habría
querido para mí más altas metas,
otros tiempos proclives a la gloria.
Intento sin embargo acomodarme
a este papel que a veces me incomoda
por discreto, por triste o por amargo.
Hago inventario de los nombres idos
–procuro hacerlo con palabras bellas–,
y pierdo el tiempo censurando al tiempo
su actitud descortés para con todos.

Los ojos del extraño, 1986-90.

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Felipe Benítez Reyes

La mañana del sábado, de Diego Gadir

El gaditano Felipe Benítez Reyes (1960), uno de los más destacados representantes de la poesía de la experiencia, ha tratado en versos clásicos y elegantes, moderadamente coloquiales, temas como la bohemia juvenil nocturna y el paso del tiempo. Sus últimos libros destacan por la riqueza de los símbolos y la gravedad reflexiva.

EL JOVEN ARTISTA

El día te sorprende corrigiendo unos versos.
Y en aquella metáfora en la que cifraste
toda una larga historia de amor adolescente
el lector desganado no verá
sino un alarde técnico, una desangelada brillantez
propia del que comienza y necesita
demostrar su pericia y sus lecturas.

Has pasado la noche corrigiendo poemas
y la imaginación a ratos se dejaba llevar
por el ensueño grato de tus libros futuros,
páginas que constituirán más que nada tu vida
porque su perfección habrá de ser más rara que la misma
rareza de vivir (y de los hombres queda
apenas la leyenda que ellos mismos
asumen como propia).

Toda la noche a solas con tus versos,
fumando demasiado, buscando apoyo a veces
en los viejos maestros –ese tono de voz, inconfundible,
de la gran poesía, que habla siempre en voz baja…

Ahora estás ya cansado y la luz inconsciente
del amanecer filtra sus láminas de plata
por las cortinas de tu biblioteca.
El esfuerzo ¿fue en vano? Eso nunca se sabe.
Tú no buscas
sino la aprobación cortés de los pocos amigos
que verán en tus versos algo de tu carácter:
un indicio de miedo, una brasa de amor
aún del todo no extinta.
Tú no buscas
sino la ambigua sensación –tan irreal a veces–
de encontrarte a ti mismo a través de unos versos
que corriges y afinas con afán enfermizo,
buscando perfección y la verdad a medias
de tu existencia propia, destinada a afirmarse
en las noches a solas con tu arte
en las noches a solas
con los cuerpos que amaste y que tal vez te amaron.

Los vanos mundos, 1984.

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