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Emilio Ferrari

Ángel Caído, de Ricardo Bellver

Emilio Ferrari (Valladolid, 1850-1907), discípulo de Núñez de Arce, busca en la poesía la realidad sencilla, común, dentro de la cual hay que saber encontrar los destellos ideales. Dedicó algunas poesías burlescas a la naciente estética modernista, a la que caracterizó como gongorismo a la francesa.

LA NUEVA ESTÉTICA

Un día, sobre asuntos de la clase,
firmaron las gallinas un uckase,
y desde el Sinaí del gallinero
promulgaron su ley al mundo entero.

Disponíase allí, por de contado,
que el vuelo de las águilas robusto
debe ser condenado
como un cursi lirismo de mal gusto;
que, en vez de labrar nidos en la altura,
se escarbe, sin cesar, en la basura;
que, para dilatar los horizontes,
ras con ras decapítense los montes,
y dejando al nivel todo Himalaya,
del muladar que su corral domina,
en adelante, no haya
más vuelos que los vuelos de gallina.

Esto el volátil bando
decretó, la invención cacareando.
Mas, a pesar del alboroto, infiero
que la gente después, según costumbre,
siguió admirando al águila en la cumbre
y echando las gallinas al puchero.

Por mi camino, 1908.

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Manuel del Palacio

La confesión, de Vicente Palmaroli González

El poeta ilerdense Manuel del Palacio (1831-1906) cultivó muy diversas formas poéticas: leyendas, cantares, «chispas» (próximas a las «humoradas» campoamorianas), poemas sentimentales y filosóficos, sátiras políticas… Fue uno de los grandes sonetistas de la segunda mitad del siglo XIX.

MI LIRA

En cada corazón hay una lira
cuya voz nos aflige o nos encanta;
cuando la pulsa el entusiasmo, canta;
cuando la hiere la maldad, suspira.

Ruge al contacto de la vil mentira;
el choque de la duda la quebranta,
y al soplo del amor y la fe santa,
himnos entona, con que al mundo admira.

Yo la mía probé, y estoy contento:
¡bendito tú, Señor, que me la diste
templada en la bondad y el sentimiento,

y las cuerdas en ella no pusiste
del necio orgullo, del afán violento,
del odio ruin y de la envidia triste!

Melodías íntimas, 1884.

 

Adelardo López de Ayala

El testamento de Isabel la Católica, de Eduardo Rosales

El sevillano Adelardo López de Ayala (1828-1879) alcanzó gran éxito como autor de comedias burguesas, dramas históricos y zarzuelas. Su poesía, escrita durante el auge del Realismo, resuelve la amargura y el desengaño romántico en irónica y filosófica sonrisa.

LA PLUMA

¡Pluma: cuando considero
los agravios y mercedes,
el mal y bien que tú puedes
causar en el mundo entero;
que un rasgo tuyo severo
puede matar a un tirano,
y que otro, torpe o liviano,
manchar puede un alma pura,
me estremezco de pavura
al alargarte la mano!

Sus mejores versos, 1828 (póstumo).

Gaspar Núñez de Arce

Los gladiadores, de José Moreno Carbonero

Para Gaspar Núñez de Arce (Valladolid 1834-1903), la poesía, para ser estimada, “debe pensar y sentir, reflejar las ideas y pasiones, dolores y alegrías de la sociedad en que vive”. Con un estilo retórico y grandilocuente, trató temas cívicos y filosóficos en sus versos.

LAS ARPAS MUDAS

La virgen poesía,
Huyendo de los hombres,
Se pierde en las profundas
Tinieblas de la noche.
Las arpas enmudecen,
Y el eco no responde
Sino a los broncos gritos
De cien revoluciones.

¡Ay! Cuando la tormenta
Cierne sus negras alas,
¡La tímida avecilla
Se oculta y tiembla y calla!
¿Qué valen sus gorjeos
Ante la voz airada
Del trueno, que retumba
En valles y montañas?

¡Qué cambio y qué contraste!
Ayer llenaba el mundo
La inspiración sublime
De Schiller, Byron y Hugo.
Hoy sobre nuestras almas,
Que envileció el tumulto,
Parece que gravita
La losa de un sepulcro.

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Blanca de los Ríos

Luna de miel, de Cecilio Pla

La sevillana Blanca de los Rios (1862-1956) destacó como estudiosa de los grandes escritores del siglo de oro y como narradora. Como poeta, tiene versos estimables, llenos de refinamiento y precisión.

LA HOJA BLANCA

¡Cuántas veces, la frente en la mano
y en el blanco papel la mirada,
entre el blanco papel y la mente
sorda lucha en secreto se entabla!

Como el mar solicita las velas,
como el aire estimula las alas,
el papel, con su casta blancura,
solicita a la idea y la llama.

Ven -le dice-; sumido en la mente,
pobre germen, te anulas, te matas;
tenue ser de la nada engendrado,
¿no te asusta el volver a la nada?

Ven, amiga; yo soy tu destino,
soy el aire que al águila aguarda,
soy silencio que aguarda armonías,
soy el mármol que quiere ser estatua.

Soy espera y misterio de cita;
tú la ignota belleza esperada;
soy lo incierto, lo vago, lo amorfo;
tú la línea, el color, la palabra.

Yo, mezquino papel, soy el lienzo
donde el Verbo su imagen estampa…
¡Cuántas veces impresa con sangre
en mi nieve su faz deja el alma!

«Las hablas mudas», Esperanzas y recuerdos, 1912.