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José de Diego y Martínez

Mi hijo Jaime, de Miguel Pou Becerra

El gran poeta de la transición del Romanticismo al Modernismo en Puerto Rico es José de Diego y Martínez (1866-1918). Concibió la poesía como medio de expresión de su vida afectiva, al mismo tiempo que como arma para combatir la opresión de su patria. Es uno de los padres del independentismo puertorriqueño.

ÚLTIMA CUERDA

Yo traje del fondo del mundo una lira curvada,
una lira curvada en un arco de flecha,
brillante, flexible, como hecha
de una hoja acerada
que puso en la lira su atávico instinto,
porque es del acero de la misma espada
que mi padre llevaba en el cinto.

Tuvo en su vario registro la nota apolínea
del himno sonoro,
que elevó a la belleza femínea
el cántico trémulo y fúlgido de una cuerda de oro;

el rígido timbre del duro diamante,
la cuerda fulmínea
del súbito apóstrofe potente y tonante;

el trino de un ave saltando en la línea
de una cuerda de plata radiosa,
que cantó la inocencia virgínea
de una fuente, un lucero, una rosa.

El son de campana,
el zumbo profundo del rum-rum de una cuerda broncínea,
que lloró con el viejo Profeta
la maldad humana,
¡anteviendo al Arcángel doliente de la honda corneta
en el último trágico día sin luz ni mañana!

Una cuerda de oscuro zafiro
en que azules memorias dormían su noche secreta,
y una cuerda de claro rubí, que el suspiro
daba al cielo en el lánguido giro
de las esperanzas y las ilusiones que perdió el poeta…

Y en el largo clamor penetrante de túrgida octava,
en el grito que rompe los vientos, como una saeta,
la cuerda más brava…

¡La cuerda que tiene alaridos de clarín guerrero,
hecha de una tripa del santo Cordero
que gime en la roca de mi Patria esclava!

Siete cuerdas que, a los golpes de mi mano,
percutían a la vez en el acero,
con murmullos de Océano:
en cadencias multiformes
exhalaban el sollozo del abismo,
los estrépitos enormes
de un oculto cataclismo
y el misterio de unas alas, de una onda, de un poema,
porque a veces, en el fondo de su música polífona,
el rugir de un anatema
terminaba en el susurro de una antífona.

Así fue… Mas hoy contemplo, como en brusca epifonema,
que los ecos de mi lira, como pájaros sin nido,
se extinguieron en el aire enrarecido
del ambiente de tormento que nos quema…
¡Cada cuerda emitió ya su última nota
seca y rota
de estallido!…
Y una solo vibra y trema,
y su nota es un balido…
¡¡Un balido del Cordero de mi Patria, en la suprema
rebeldía de su pecho desgarrado y dolorido!!

Esa cuerda está en mi mano,
y la pulso y la conservo,
y estará en mi ronca lira hasta la muerte,
como el bien más soberano,
que pudiera la fortuna dar al siervo…
¡Una cuerda larga y fuerte!
¡¡Una cuerda larga y fuerte para el cuello del tirano!!

Cantos de rebeldía, 1916.

Julio Herrera y Reissig

Las glicinas, de Pedro Blanes

«Eufocordias», «nocteritmias», «eglogánimas» o «estrolúminas» son algunos de los neologismos creados por Julio Herrera y Reissig (Uruguay, 1875-1910) para designar la variedad de registros de su poesía, que destaca por su audacia verbal y el gusto por lo espectral, lo anormal, lo onírico… 

ERES TODO!…

Oh, tú, de incienso místico la más delgada espira,
Lámpara taciturna y Ánfora de soñar!
Eres toda la Esfinge y eres toda la Lira
Y eres el abismático pentágrama del mar.

Oh, Sirena melódica en que el Amor conspira,
Encarnación sonámbula de una aurora lunar!
Toma de mis corderos blancos para tu pira,
Y haz de mis trigos blancas hostias para tu altar.

Oh, Catedral hermética de carne visigoda!
A ti van las heráldicas cigüeñas de mi Oda.
En ti beben mis labios, vaso de toda Ciencia.

Lírica sensitiva que la Muerte restringe!
Salve, noche estrellada y urna de quintaesencia:
Eres toda la Lira y eres toda la Esfinge!

1908. «Eufocordia» de la colección Los parques abandonados.

Manuel José Othón

Después de la orgía, de Fidencio Lucano Nava

La poesía del mexicano Manuel José Othón (1858-1906) expresa un sentimiento profundo, de fervor religioso, ante la grandiosidad de la naturaleza, en especial de las montañas de la altiplanicie mexicana. Su obra pertenece a la transición entre el romanticismo y el modernismo hispanoamericano.

INVOCACIÓN

No apartes, adorada Musa mía,
tu divino consuelo y tus favores
del alma que, nutrida en los dolores,
abrasa el sol y el desaliento enfría.

Aparece ante mí como aquel día
primero de mis jóvenes amores
y tu falda blanquísima con flores
modestas u olorosas atavía.

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente
en horas de entusiasmo o de tristeza,
que resuene en tu canto inmensamente

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,
alma del Arte, y tu pasión ardiente
a la madre inmortal Naturaleza!

Poemas rústicos, 1890-1902.

Pío Baroja

Pío Baroja, dibujo de Ricardo Baroja

El único libro de poemas del gran novelista donostiarra Pío Baroja (1872-1956) recoge, bajo el título de Canciones del suburbio, versos decididamente prosaicos y humorísticos. Están escritos con desaliño retórico, ternura e ironía.

PRÓLOGO UN POCO FANTÁSTICO

Locura, humor, fantasía,
ideas crepusculares,
versos tristes y vulgares,
eterna melancolía,
angustias de hipocondría,
soledad de la vejez,
alardes de insensatez,
arlequinada, zozobra,
rapsodias en donde sobra
y falta mucho a la vez.

Viviendo en tiempo brutal,
sin gracia y sin esplendor,
no supe darles mejor
contextura espiritual.
Es un pobre Carnaval
de traza un tanto harapienta,
que se alegra y se impacienta
con murmurar y gruñir,
con el llorar y reír
de su musa turbulenta.

Y como no hay más recurso
que escuchar a esta barroca
furia, que siga su curso
y que lance en su discurso
la amargura de su boca.

Cancionero del suburbio, 1944.

Medardo Ángel Silva

Composiciones figurativas, de Luis Crespo Ordóñez

Medardo Ángel Silva (Ecuador, 1898-1919) escribió, bajo la influencia de su maestro Baudelaire, versos intensos y refinados, expresión de su espíritu melancólico e insatisfecho. 

EL PRECEPTO

Deja la plaza pública al fariseo, deja
la calle al necio y tú enciérrate, alma mía,
y que sólo la lira interprete tu queja
y conozca el secreto de tu melancolía.

En los brazos del Tiempo la juventud se aleja,
pero su aroma nos embriaga todavía
y la empañada luna del Recuerdo refleja
las arrugas del rostro que adoramos un día.

Y todo por vivir la vida tan de prisa,
por el fugaz encanto de aquella loca risa,
alegre como un son de campanas pascuales,

por el beso enigmático de la boca florida,
por el árbol maligno cuyas pomas fatales
de empozoñadas mieles envenenan la Vida.

«Poesías sueltas», en Poesías escogidas, 1926.