Autor: editor

Mark Strand

Restauración, de George Deem

La poesía de Mark Strand (1934-2014), poeta estadounidense nacido en Canadá, arroja una mirada exploratoria y lúcida sobre las cosas, capaz de subvertir las coordenadas lógicas y transfigurar las apariencias.

COMIENDO POESÍA
Tinta por las comisuras de mis labios.
No hay felicidad como la mía.
He estado comiendo poesía.

La bibliotecaria no lo puede creer.
Sus ojos están tristes
y camina con las manos pegadas a su vestido.

Los poemas se fueron.
La luz es débil.
Los perros subiendo por las escaleras del sótano.

Sus ojos dan vueltas,
sus patas rubias arden como rastrojos.
La pobre bibliotecaria comienza a patear y solloza.

No entiende.
Cuando me arrodillo y lamo su mano,
grita.

Soy un hombre nuevo.
Le gruño y le ladro.
Retozo con alegría en la oscuridad libresca.

Poesía selecta, 1980. Traducción de Juan Carlos Galeano.


Julio Flórez

Retrato de joven, de Andrés de Santamaría

De acuerdo con Gabriela Mistral, “no ha habido en la América un poeta de mayor inspiración, ni un romántico más aristocrático que Julio Flórez” (Colombia, 1867-1923). Su poesía, pasional y truculenta, en torno al amor y la muerte, gozó de una gran popularidad en su tiempo.

¡OH POETAS!

Nosotros los cansados de la vida,
los pálidos, los tristes,
los que vamos sin rumbo en el mar hondo
de la duda, entre escollos y entre sirtes;

nosotros los ceñudos
náufragos, soñadores de imposibles;
los que damos en cláusulas candentes
el corazón, aunque sangriento, virgen;

nosotros los cobardes
de esta contienda mundanal y horrible,
porque sentimos el dolor ajeno,
porque gemimos, ¡ay! por los que gimen;

nosotros los que vamos
sin saber nuestro fin ni nuestro origen,
con los ojos clavados en la eterna
sombra, en busca de un astro que nos guíe;

ya que no nos es dable
ver la virtud preponderante y libre;
pero sí el llanto y la miseria abajo,
y en la eminencia el deshonor y el crimen;

ya que el siglo expirante
rueda a la noche lóbrega y sin límites
de la insondable eternidad cual monstruo
mudo y brutal como la esfinge;

llevando en su carrera
la fe del corazón y las terribles
garras ensangrentadas,
como las garras con que apresa el buitre;

ya que el talento es sombra
y luz el oro, con el cual consiguen
los perversos las honras, las conciencias
y hasta el azul donde el Señor sonríe;

ya que la humanidad,
doliente, enferma, aunque solloce y vibre
como el mar en su lecho tenebroso,
del cielo ni una lágrima recibe;

ya que la fuerza bruta
no pone ciega a sus desmanes dique,
y con fiereza y saña
echa el dogal y la garganta oprime,

dejemos las endechas
empalagosas, vana y sutiles:
No más flores, ni pájaros, ni estrellas…
es necesario que la estrofa grite.


Vicente Tortajada

Meninas, de José Barreiro Gómez

La poesía de Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003), austera, meditativa e irónica, muestra un gran dominio del oficio. La ciudad, la noche, la literatura ajena y las obras de arte son el punto de partida para la reflexión sobre la soledad, la muerte, la locura.

EL RARO CONSUELO QUE DA LA PROFESIÓN

Puedo leer en Roma, junto a Piazza de Spagna:
«Il poeta inglese Giovanni Keats
mente maravigliosa
cuanto precoce mori
in questa casa il 24
febraio de 1821
nel’anno ventiscesimo della sua etá».
Puedo oír a Gogol y sentir sus palabras,
en su extrema –«pero ¿qué les he hecho?
¿por qué me han torturado?»– y última delgadez.
En la casa de Poe, recortes de diarios:
«muchedumbres que rinden el tributo a sus obras»
–y fuera, en la pared, el cuidado graffiti
«El sucio el asqueroso degenerado Bob
estuvo aquí de Boston, de North End, Mass.
Podrido hijo de puta»–, en la casa de Poe.
Puedo ver a Lelian llorando por un vaso.
O a mi querido Bécquer…
Puedo evitar los ojos de Mishima,
su sangre ante millones de latas de cerveza…
Perdida para siempre la gracia de su mar.
Puedo pensar en Lowry viviendo en Eridanus,
rezando a Dios para encontrar su rostro
en la tierra profunda o en las cumbres del aire,
en el nocturno viento o en las barrancas donde
telarañas de otoño flotan en el crepúsculo?
Bebiendo su after shave.
Pero todo se aclara: Tal vez esos recortes
de prensa, o las selected letters,
y gritos, sobre todo, restos de hambre, vicios
recogidos en las casas-museos
o el dinero oficial para las biografías,
sean un raro consuelo…
(Y fuera, en la fachada,
«el sucio el asqueroso degenerado Bob
estuvo aquí de Boston, de North End, Mass.
podrido hijo de puta.)
Quizá el raro consuelo que da la profesión.

Pabellones, 1990.


Xavier Echarri

Perú lindo, de Miguel Lescano

Xavier Echarri (1966) irrumpe en el escenario de la poesía peruana a principios de los noventa con un lenguaje neobarroco, expresión de “quebradas experiencias”. El cuidado formal y las continuas referencias librescas son otras de las señas de identidad de su obra poética.

EPÍSTOLA A LOS PEZONES

(ARTE POÉTICA)

Cuando la poesía deja de partir de la experiencia
y se ciega de libros
se hace retórica, Anapesto,
pero la experiencia se resiste en poema a los indoctos.

Por eso lee, Anapesto, pero
no demasiado;
has de escuchar también a los rapsodas,
los melómanos ciegos, las comadres:
Todos los mensajeros han traído noticias, y disputan
entre sí por anunciarlas

Las quebradas experiencias y otros poemas, 1993.


Rolf Jacobsen

Mujer sentada, de Jakob Weidemann

Rolf Jacobsen (1907-1994) es el iniciador de la poesía moderna en Noruega. Ya en su primer libro (1933) utiliza el verso libre y desarrolla temas tradicionalmente antipoéticos, como la nueva sociedad industrial. En sus libros de madurez, expresará su amor a la naturaleza y su solidaridad con el sufrimiento humano.

EN VOZ BAJA–

Palabras
solo pequeñas
palabras pequeñas
y en voz baja
casi sin aliento
para nosotros

como pajitas rotas
palabras sin luz
y casi sin forma,
palabras como en árboles,
pequeñas medias-palabras
como en el sueño
para nosotros

Entre todo lo grande
pequeñas, pequeñas palabras
que esconden
en el dorso de una mano
y junto a tu lóbulo
pequeñas palabras
completamente sin luz
como animales
y hierba.

El silencio de después, 1965. Traducción de Francisco J. Uriz.