
Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942-2009) concibe la poesía como una investigación en el misterio, que, sin embargo, “al intentar penetrarlo se difumina”: el poema nace de la emoción y, por lo tanto, es de origen irracional e inconsciente; la poesía, como en Mallarmé, es un arte de la sugerencia, la sugestión.
CONCEPCIÓN DEL POEMA
I
Las palabras, como los más bellos cuerpos desnudos
rodeados de flores y de muerte, huyen despavoridas de sus santuarios, de sus
[inciertos
mausoleos de agua,
como si el sueño hubiera descubierto
que no son sino objetivaciones disfrazadas
de un dios efímero y radiante a cuya sombra
yace olvidada su propia falsedad.
El pasado es un sueño y las palabras
a las que invoco ahora, noches de incertidumbre y llanto, días
desposeídos del placer de su más alta música. Llenas de heroísmo y vileza
buscan en las tinieblas luz, la suficiente claridad
en su reino sombrío donde, no obstante, la ceremonia de la confusión
deberá resultar imprevisible. Trátase, pues, ante todo, de un paraíso
lleno de una agradable imaginería y, a veces, hasta de la más bella precisión.
He ahí que la vileza misma de la palabra
como medio convencional de dar nombre y destino –nunca origen–,
sea su propia salvación; su única gloria.
Un dios falso en su altar es la palabra
de la que, sin embargo, el creador no puede –debido a la emoción que en su
[reino respira–
desvelar el misterio de su mundo. Tan sólo, le ha sido concedida la dura y bella
[posibilidad de captarlo y mostrarlo: la difícil belleza
de aprehender el disfraz con el que las palabras viven.
A éstas, aparentemente lógicas limitaciones, añádanse las serenas
palabras de Wölffin: «No todo es posible en cualquier época».
Así la libertad se hallará limitada por la Historia.
Giotto es la imagen del capitalismo florentino:
«el estudio del hombre se convierte en el máximo centro de interés»: Masaccio.
¿No formó el mármol el pensamiento de los griegos?
Bajo el cuerpo desnudo de
[la noche
una mano piadosa, una lejana voz desposeída
de su brillante y prestigioso trono
enciende las figuras inmóviles del séquito, ensilla los caballos, ordena a sus
[esclavos y a sus siervos
que recorran el bosque en el que las palabras arden. El halcón en el hombro
y en jauría los ciervos. Bajo la nieve de las escalinatas, rodeadas de rosas y
[jazmines, se desvanecen
las palabras ardiendo.
Veo en el bajorrelieve, junto a la entrada de palacio,
unas imágenes que suceden a otras, cuerpos de piedra consumiéndose, viejas
[palabras
como flores o gestos que hoy son dichas, buscadas,
llenas de realidad y sumisión. Los vocablos galopan como potros el bosque;
su destino es misterio; su resplandor o su silencio
el sueño de un dios falso herido por las sombras.
Mi vida, una palabra, una
[palabra sólo
verdadera y tenaz, enredada a la muerte.



