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El desafío, de Eduardo Úrculo

Luis García Montero (Granada, 1958) es el representante más destacado de la poesía de la experiencia, tendencia poética que explora las vivencias cotidianas del hombre contemporáneo. Su escritura apuesta por “las posibilidades estéticas del realismo, los tonos coloquiales y la naturalidad”.

POÉTICA

A Felipe Benítez Reyes

Las cuatro de la tarde. Familiar devaneo.
Todavía la mesa está sin recoger.
Se acostumbran las cosas a su oficio de ser
compañías lejanas bajo un dulce mareo.

En el sofá tendidas duermen las dos. Yo leo
los últimos poemas de Pere Gimferrer.
Cierro los ojos, sueño con mi propia mujer,
comprendiendo el origen clerical del deseo.

Miro el televisor, hojeo las revistas.
Sus anuncios predican el placer de una fiesta,
esa niña dormida, el mar, los deportistas.

Y pienso en la poesía: es quizás como esta
seducción fabricada por los oficinistas
para soñar el sueño tranquilo de su siesta.

II

Con Antonio Machado

La poesía no debe preguntarse
el porqué de la luz y de la sombra.
Su palabra está viva, nunca nombra
la soledad sin nadie. Quiere atarse

a los ojos de un ser, la luz que miente
y la sombra pisada en una puerta.
Con la certeza de la vida incierta,
el corazón pregunta lo que siente.

Recuerdo aquella cita, mi batalla
de últimas razones, tu muralla
de que a las nueve y media sale el talgo.

Palabras en el tiempo todavía
la luz cruel de la cafetería,
las sombras de la calle cuando salgo.

Rimado de ciudad, 1983.

RECUERDA QUE TÚ EXISTES TAN SOLO EN ESTE LIBRO…

Recuerda que tú existes tan solo en este libro,
agradece tu vida a mis fantasmas
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gente que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores,
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabernos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo, porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página.

Diario cómplice, 1987.

NUESTRA NOCHE

Quisiera perseguir algún poema
que hablase de mis noches, nuestra noche,
la misma noche cálida de rostros conocidos,
en el mismo rincón, ya no hace falta
preguntar lo que bebe cada uno.

Escribir, por ejemplo, puedo cerrar los ojos
y todo sigue igual, abro despacio
la puerta fría de color madera,
intimidad con humo de luz almacenada,
y risas en el fondo,
y una voz que denuncia mi costumbre
de llegar siempre tarde.

Escribir, por ejemplo, son ahora
mucho menos frecuentes estas noches,
y recuerdan inviernos negociados
con renta de amistad,
y tienen algo
de temblor fugitivo.
Las caras han cambiado, saben cosas
y se parecen más a nuestras vidas.

Escribir, por ejemplo, que los ojos,
cuando pasa la noche y en la calle
duele la luz del alba,
tienen otra manera de mirarse,
un modo más avaro de pensar
en los años, en los meses, las semanas,
los días y las horas.

Noche eterna, tal vez
Será mejor llamarte reincidente.

Habitaciones separadas, 1994.

GARCILASO 1991

Mi alma os ha cortado a su medida,
dice ahora el poema,
con palabras que fueron escritas en un tiempo
de amores cortesanos.
Y en esta habitación del siglo XX,
muy a finales ya,
preparando la clase de mañana,
regresan las palabras sin rumor de caballos,
sin vestidos de corte,
sin palacios.
Junto a Bagdad herido por el fuego,
mi alma te ha cortado a su medida.

Todo cesa de pronto y te imagino
en la ciudad, tu coche, tus vaqueros,
la ley de tus edades,
y tengo miedo de quererte en falso,
porque no sé vivir sino en la apuesta,
abrasado por llamas que arden sin quemarnos
y que son realidad,
aunque los ojos miren la distancia
en los televisores.

A través de los siglos,
saltando por encima de todas las catástrofes,
por encima de títulos y fechas,
las palabras retornan al mundo de los seres vivos,
preguntan por su casa.

Ya sé que no es eterna la poesía,
pero sabe cambiar junto a nosotros,
aparecer vestida con vaqueros,
apoyarse en el hombre que se inventa un amor
y que sufre de amor
cuando está solo.

Habitaciones separadas, 1994.

NO CONOCÍ EL AMOR PARA PONERLO EN VERSO

He sabido del mundo y muchas veces
he sabido de ti.

He sabido por horas la distancia
que cabe en un amor
y lo cerca que están
dos plantas de un hotel cuando amanece
o dos habitaciones de números lejanos
antes de que se escriba ningún verso.

He sabido por tanto que la noche
no buscó este poema,
porque nunca se olvida
de los ojos del gato y de sus campanadas,
de los ruidos que hace la luz de las estrellas,
del tiempo que murmura
sus olas de familia numerosa.

He sabido también que la esperada y triste
novela de la lluvia
no tenía dos sílabas y un rayo
sino todos los huertos, y todos los cristales,
y todo el mes de marzo entre las hojas secas.

He sabido leer las instrucciones
de las tardes de invierno, del perdón telefónico,
de los días después y el mañana nos vemos,
del avión que aterriza, de la luna
redonda como el sí de los veranos,
mucho más mío que cualquier metáfora.

No se inventó Madrid para que yo te viese.
No conocí el amor para ponerlo en verso.

Lo he sabido y aplaudo
como un público dócil
que cada cosa siga
el cauce libre de sus ríos.
Pero ocurre que el tiempo
desemboca en el mundo que hemos sido tú y yo
como se desemboca en un poema.

Un invierno propio, 2011.