Manuel Altolaguirre

Ceres, de Óscar Domínguez

Para Manuel Altolaguirre (1906-1959), miembro de la generación del 27 y uno de sus principales promotores a través de la revista Litoral, la poesía “sirve para rescatar el tiempo, para levantar el ánimo, para tener alma completa, y no fugaces momentos de vida”. En versos claros, diáfanos, el poeta malagueño canta el amor, la soledad y la muerte.

LA POESÍA

Tan clara que, invisible,
en sí misma se esconde,
como el aire o el agua,
transparente y oculta;
desierta no, surcada
por pájaros y peces,
herida por los árboles.

«Vida poética, 20», Poesía, 1930-1931.

LA POESÍA

No hay ningún paso,
ni atraviesa nadie
los dinteles de luz y de colores,
cuando la rosa se abre,
porque invisibles son los paraísos
donde invisibles aves
los cantos melodiosos del silencio
a oscuras dan al aire,
más allá de la flor, adonde nunca
alma vestida puede presentarse,
donde se rinde el cuerpo a la belleza
en un vacío entrañable.

«Luz y amor, 3», La lenta libertad, 1936.

SECRETO

Recorre el amor mi verso,
baja y sube por sus hilos;
el corazón que lo impulsa
nunca lo deja tranquilo,
que quiere vivir y late,
corazón propio, escondido
entre palabras que corren
por venas que son suspiros.
Mujer desnuda, el poema
guarda su secreto ritmo.
Quiero matarte, quisiera
que tu amor se hiciese río,
que tu voz se desangrara,
que perdiera ese continuo
ir y venir por un rostro
de rubores indecisos.
Nadie sabe lo que dice
el pensamiento escondido;
quiero que te desemboques,
que seas madre de ti mismo.

Las islas invitadas, 1936.

MI VOZ PRIMERA

A Pablo Neruda

Entre alaridos se sostiene
su débil rama,
entre escombros de guerra,
viva en mi corazón endurecido,
como una flor sencilla
entre las piedras del pasado,
está mi voz primera,
la inocente palabra de mis versos,
esperando que se retiren los fantasmas,
se ordenen los quebrados edificios,
se cierren las trincheras.

Hoy la flor del almendro
conoce las abejas de la muerte,
el insecto que anida en los fusiles,
y el agua del remanso, que se daba
a la caricia de algún pie desnudo,
sufre durante todo el largo día
un desfile de botas militares.

No buscan los tesoros de las minas
los insistentes golpes de los picos,
ni los profundos cráteres, abiertos
por los disparos de la artillería,
son para repoblar de selva el monte.

Es la guerra, mi voz acostumbrada
a cantar el amor y el pensamiento,
llora esta vez el odio y la locura.
Fuera de sí mi voz llora el ardiente
delirio de un incendio apasionado,
llora su rojo fuego vengativo.

1937. Nube temporal, 1939.

ESCRIBIR ES NACER

Hijo de la oración,
cada mañana
dejo el seno del cántico,
me desnudo del himno que se eleva
a la gloria de Dios
y desde el polvo
me atrevo a murmurar
tristes palabras.

Escribir es nacer,
dejar la cristalina
morada de inocencia
donde ya no estoy.
Mi verso tiene formas maternales,
es nube sobre el mar
y una gota de lluvia,
es niño que en la arena se entretiene
con las espumas y las caracolas.

Mi padre está en los cielos
y yo me siento alegre,
nacido de su Verbo,
de donde salgo cada día.

Poemas en América, 1955.

POESÍA

a H. K.

¡Oh la voz de cristal, serena amiga,
que de tus rojos labios se dilata!
¡Quién pudiera sobre ese fresco río,
que a mis oídos dulcemente llega,
navegar! y ¡quién pudiera, amor,
cerca de su corriente rumorosa
reposar a tu lado, siempre juntos!
¡No ser yo el mar! ¡No quiero serlo!
¡Que en mí no muera nunca tu palabra
entre tantas palabras por mí oídas!
¡Que ese río lento sea interminable,
que yo lo vea pasar, que pueda verme
en su espejo fugaz, porque haya sido
mi persona motivo de tu canto!

1928. Otros poemas, 1927-1959.