Miguel d’Ors

Parque de Rosalía, Santiago, de Modesto Trigo

La poesía de Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) destaca por su claridad y cuidado compositivo, los asuntos cotidianos y el tono íntimo y sentimental.

ES DOLOROSO ESTAR TRAS EL POEMA…

Es doloroso estar tras el poema,
viendo el verso por dentro,
estar en el reverso del prodigio
igual que el tejedor al otro lado
de su tapiz o como el farero en su torre
o el hombre del guiñol entre sus hilos.

Es doloroso sostener la magia
justo por lo que tiene
de mecanismo y de monotonía
y no poder estar entre esas gentes
cuyo rumor me llega como a través de un muro.

7-II-74

Ciego en Granada, 1975.

TAL ES LA INSPIRACIÓN

Los antiguos hablaron de la Musa.
Del Numen Don Manuel Josef Quintana
(naturalmente, entre signos de admiración).
Otros de ángel, de duende, de un dedo celestial
y otros mil artilugios
que en un pérez –afirman– levantan un Poeta.

La experiencia prefiere dejarse de cumplidos:
obstinada, nos habla
más bien de madres locas, de padres coroneles,
de palizas borrachas
o largas tardes grises meditando la lluvia
en la ventana de la soledad

como si cada verso tuviera en su pasado
un niño con las alas malheridas.

La música extremada, 1991.

ELLA

Es misteriosa como el tiempo y el mercurio,
delirante y exacta, álgebra y fuego.
Cuando nadie la espera, coronada de escarcha
baja tarareando con pies maravillosos
por entre los helechos. Muchos enamorados
consagraron su vida a llamarla, elevaron
laboriosos palacios para ella
y no condescendió ni a una mirada.
No sirve para nada y son millones
los que viven por ella. Cuando piensas
que prefiere los locos y vagabundos, pasa
del brazo de un ministro o Mr. Eliot.
Es papeles manchados de tinta y es el mundo
con hogueras y robles, despedidas, los Andes,
la luna azul y Concha Valladares. Su rostro
constantemente cambia, inconstante. Y no cambia.
Bécquer la confundió con el Amor
y es una forma de no ser feliz.

La música extremada, 1991.

FINGIDOR (O LA VIOLINISTA DE CHEYENNE)

Muchacha de sonrisa enrojecida
que esta tarde nevada de Cheyenne
iluminas la acera presurosa tocando
tu violín montañés:
eternamente
tocarás tu silvestre canción en estos versos
-eternamente joven y radiante
con tu bufanda loca-
como si el tiempo no existiera, como
si alguna vez tú hubieras existido,
como si hubiera estado yo en Cheyenne
y esto no fuera solamente una
tramoya de palabras
que aquí dispuso mi melancolía.

La música extremada, 1991.