Autor: editor

Ángel Crespo

Sumida en el sueño, de Félix Revello del Toro

La poesía primera de Ángel Crespo (1926-1995) muestra una decidida voluntad de renovación que lo aproxima al postismo. Luego, evoluciona hacia una poesía de raigambre simbolista, que enfrenta las limitaciones del lenguaje para expresar una realidad que trasciende lo inmediato. 

ASÍ YO NO QUERRÍA

Como se cortan
las rosas, y se ponen
a morir en el claro
cristal; y dos da el sol,
da tras vueltas al mundo
–así yo no querría
saber de las palabras
que llevo hasta el cristal
del poema, pensando
que luego nos podremos
mirar en él. Y en ellas.

El bosque transparente, 1971-1981.


Akiko Yosano

Gion no Nakako, de Natori Shunsen

Akiko Yosano (1878-1942) escribió más de 15 libros de tankas, variedad de la poesía tradicional japonesa a la que aportó un tono sensual y apasionado. Escribió a favor de los derechos de la mujer japonesa y en contra de la guerra: su composición «No te mueras» es uno de los poemas antibélicos más conocidos en Japón.

MIS CANCIONES

Porque mis canciones son breves
la gente cree que atesoré palabras.
Nada he ahorrado en mis canciones.
No hay nada que pueda agregar.
Distinta de un pez, mi alma se desliza sin agallas.
Yo canto sobre un suspiro.

Poemas largos completos, 1929. Traducción de Alberto Girri.


Henri Cazalis

Teócrito, de Jean Charles Cazin

El poeta simbolista francés Henri Cazalis (1840-1909), también conocido por los seudónimos de Jean Caselli y Jean Lahor, concibe la poesía como medio de perfección ética: el poeta, asumiendo el dolor de los que sufren, contribuye a reestablecer la armonía universal.

VERSOS ÁUREOS

¿Vale la externa música del verso resonante
el silencio del alma que colma su deber,
acudiendo al ajeno, sencilla y vigilante,
y que al amar alcanza su premio y su placer?

En su decoro espléndido la forma es corruptora;
la embriaguez de belleza nos llega a hacer impuros:
para tu alma dorada busca otra inspiradora
que no sea la Venus de ojos dulces o duros.

Cumple con tu deber, deja la forma fatua;
la suprema belleza no es la del cuerpo inerte,
y dentro de ti mismo duerme la blanca estatua:
la obra de arte más alta es la virtud del fuerte.

Es el santo el más noble y más sublime artista
porque del fango saca el divino ser puro,
formando un ser de amor de una fiera egoísta,
como se esculpe un dios en un metal oscuro.

Y en el héroe humilde la lucha y sacrificio,
marchando hacia la muerte con blandura infinita,
de los augustos fines verás el ejercicio,
y dentro de tu alma su santo ejemplo imita.

A los que lloran, tristes, las penas que les hieren
llégate con amor, venlos a levantar:
luchando como luchan, muriendo como mueren,
¡te permiten vivir, te permiten soñar!

En esta extraña vida que es con ellos terrible
contempla cómo abren sus ojos agostados.
Sea tu religión la piedad indecible.
Aligera la carga de los desventurados.

De tu alma el mortal tedio su negra presa hacía
para así castigar tu incesante querer;
del gran renunciamiento de tu alma a la alegría
gusta el sabor austero y el sombrío placer.

Será labor primera ahogar tu hondo egoísmo:
imitarás al santo e imitarás al fuerte;
para vivir sin límites muere antes en ti mismo:
que para crecer tienes que atravesar la muerte.

Tendrás del héroe cierto el reposar profundo,
y libre de pasiones bajas, en este trance,
tu corazón unido al corazón del mundo
habitará un lugar que la muerte no alcance.

Cuando al alma de todos tu alma esté reunida
tanto que en su dolor sientas tu hondo dolor,
entonces vivirás tu eterna y santa vida:
al mezclarlo al de todos se aumentará tu amor.

Será entonces sublime, lleno del alto sino
de esta hora en que tu ser por siempre va a juntar
su destino liviano al humano destino
y, gota a gota, vuelve hacia el profundo mar.

La Ilusión, 1875. Traducción de Fernando Fortún.


Carlos Augusto Salaverry

La lavandera, de Francisco Laso de los Ríos

Carlos Augusto Salaverry (1830-1891) es el poeta más destacado del romanticismo peruano. En sus versos, musicales e intensos, el amor es la búsqueda de una felicidad o imposible o apenas entrevista y perdida de inmediato.

MI MUSA

Cuando aspiro en el ámbar trasparente
la narcótica escencia de la Habana,
y saboreo en rica porcelana
amargo el néctar de la Arabia ardiente;

un dios se agita en mi abrasada frente
que crea un universo y lo engalana:
sonora rima de mis labios mana,
cual de copiosa desbordada fuente.

Taño el laúd; pero al instante mismo
su antorcha celestial mi musa apaga,
y huye esquiva la faz, bañada en lloro:

el hombre no es ya un hombre, es un guarismo,
y el cántico de amor que más le halaga
¡es la nota metálica del oro!

Albores y destellos, 1871.


Elvio Romero

Los embolsados, de Carlos Colombino

Elvio Romero (Paraguay, 1926-2004) escribió, en palabras de Miguel Ángel Asturias, una «poesía invadida por la vida, por el juego, y el fuego de la vida». Sus versos, la mayoría de temática social, son claros y musicales, y transmiten gran intensidad emocional.

ESCRIBIR PARA LOS DE ABAJO

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es hacer que la lluvia caiga
en calcinadas sementeras,
como aromar una vasija
resquebrajada por la seca,
prender a un árbol antiguo
nuevos ramajes con que crezca,
a las corolas que se mustian
olor que las tornen enhiestas;
abrir el cauce a una surgente
en un lugar lleno de piedras.

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es corno dar vuelta una lágrima
y hallarle una sonrisa plena,
apartar los velos nocturnos
y adivinarles día de fiesta,
ir asustando a las perdices
esperando que nos sorprendan,
rasgar una roja guitarra
y verle el corazón que lleva,
arrebatarle la blancura
al jazmín mientras no florezca.

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es como conversar con pájaros
a los que damos miga tierna,
es dar agua de coco a un niño
con sed de sorber su esencia,
como descubrirle el reverso
de las estrellas que contempla,
colgar potes de mieles claras
a la vista de su apetencia,
y amontonarle azul rocío
alrededor cuando despierta.

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es ir a regar en rozados,
y a florecer sobre la arena,
es extender al aire libre
las manos y tomar la fuerza
de dos vientos que se fecundan
como dos semillas inmensas,
recibir los soplos que traen,
recoger las magias que llevan,
acercarse a la piel del alba
y recordarle que amanezca.

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es entregarles un mensaje,
decirles que no se doblega
el hombre entre cosas oscuras
heredadas de su pobreza,
que desde su fondo resurgen
las sembraduras de la tierra,
modelarles una fe firme,
cuanto se sabe y se confiesa,
¡es afilar la línea dura
con que se rompe las cadenas!

Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra.

Los innombrables, 1970.