Categoría: Otras literaturas

Marina Tsvietáieva

La obra poética de Marina Tsvietáieva (Rusia, 1892-1941), una de las más importantes de la conocida como edad de plata de la literatura rusa, se caracteriza por la experimentación con el lenguaje, los referentes culturales, la exploración en las vivencias personales y la condena a las normas sociales que ahogan la libertad del individuo.

MIS VERSOS, ESCRITOS TAN TEMPRANO…

Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.

Koktebel, mayo 1913

Traducción de Severo Sarduy.


Mark Strand

Restauración, de George Deem

La poesía de Mark Strand (1934-2014), poeta estadounidense nacido en Canadá, arroja una mirada exploratoria y lúcida sobre las cosas, capaz de subvertir las coordenadas lógicas y transfigurar las apariencias.

COMIENDO POESÍA
Tinta por las comisuras de mis labios.
No hay felicidad como la mía.
He estado comiendo poesía.

La bibliotecaria no lo puede creer.
Sus ojos están tristes
y camina con las manos pegadas a su vestido.

Los poemas se fueron.
La luz es débil.
Los perros subiendo por las escaleras del sótano.

Sus ojos dan vueltas,
sus patas rubias arden como rastrojos.
La pobre bibliotecaria comienza a patear y solloza.

No entiende.
Cuando me arrodillo y lamo su mano,
grita.

Soy un hombre nuevo.
Le gruño y le ladro.
Retozo con alegría en la oscuridad libresca.

Poesía selecta, 1980. Traducción de Juan Carlos Galeano.


Rolf Jacobsen

Mujer sentada, de Jakob Weidemann

Rolf Jacobsen (1907-1994) es el iniciador de la poesía moderna en Noruega. Ya en su primer libro (1933) utiliza el verso libre y desarrolla temas tradicionalmente antipoéticos, como la nueva sociedad industrial. En sus libros de madurez, expresará su amor a la naturaleza y su solidaridad con el sufrimiento humano.

EN VOZ BAJA–

Palabras
solo pequeñas
palabras pequeñas
y en voz baja
casi sin aliento
para nosotros

como pajitas rotas
palabras sin luz
y casi sin forma,
palabras como en árboles,
pequeñas medias-palabras
como en el sueño
para nosotros

Entre todo lo grande
pequeñas, pequeñas palabras
que esconden
en el dorso de una mano
y junto a tu lóbulo
pequeñas palabras
completamente sin luz
como animales
y hierba.

El silencio de después, 1965. Traducción de Francisco J. Uriz.


Tong-gyu Hwang

Sin título, de Woo-Seung Yun

La poesía de Tong-gyu Hwang (Corea del Sur, 1938) se nutre de sus viajes, sueños, temores y esperanzas, pero fundamentalmente de la naturaleza. El equilibrio entre tradición y modernidad se alcanza en su obra mediante la combinación de imágenes coreanas tradicionales y otras contemporáneas y cosmopolitas.

EL POETA DEBE SUFRIR MUCHO 1

El poeta Songbok Lee preguntó:
«El poeta para ser poeta debe sufrir mucho, ¿verdad?
Recuerda a Baudelaire, Rimbaud y Du Fu».
¡Vida dura!
Homero, poeta ciego,
llenó todo el Mediterráneo de vino rojo;
Qu Yuan, poeta neurótico,
pintó el nacimiento del río Yangzi en blanco y negro.
¡Difíciles colores!

El poeta debe sufrir mucho…»
Por un momento, corto el hilo del pensamiento y miro el paisaje exterior.
La ventisca cierra y abre mis ojos;
en esa apertura vuela lejos un pájaro descalzo.

Posada de nubes y otros poemas, 1998. Traducción de Francisco Carranza Romero y Óscar Mavila Marquina.


Mohammad Sabbag

Pueblo de adobe, de Brahim Bouhammadi

En la poesía de Mohammad Sabbag (Marruecos, 1927), encontramos, en palabras de Vicente Aleixandre, “cantos inconfundibles, donde hay tanto de pasión propia, coloreada y patética, como de alcanzados acentos de iluminada solidaridad”.

EL LOCO

Durante los diez primeros años de mi vida,
escribí sobre mi traje escolar:
Mi pueblo es mi canción.
Y seguí cantando…
Pasó el tiempo. Sopló el aire. Y se llevó mi canto.

Durante los segundos diez años de mi vida,
tracé sobre mi libro, con mi pluma:
Mi pueblo es mi juventud.
Pasó el tiempo. Sopló el aire. Y borró mi escritura.

Durante los últimos diez años de mi vida,
escribí con mi propio sudor, sobre mi frente:
Mi pueblo –y vuestro pueblo– se ha dormido en vuestros brazos.
Y pasa junto a mí mi propia gente, espantada, diciendo:
¡Ese es el loco! ¡Alejaos de él!

El árbol de fuego, 1954. Versión de Pedro Martínez Montávez.