
La poesía de María Mercedes Carranza (1945-2003) explora temas como la soledad, el amor y el desencanto; también reflexiona sobre el valor de la palabra poética y sobre la realidad convulsa de su Colombia natal. Su obra está en continuo diálogo con otros textos, mitos, personajes históricos, obras literarias y tradiciones culturales, que reinterpreta desde una mirada crítica o irónica.
MÉTALE CABEZA
Cuando me paro a contemplar
su estado y miro su cara
sucia, pegochenta,
pienso, Palabra, que
ya es tiempo de que no pierda
más la que tanto ha perdido. Si
es cierto que alguien
dijo hágase
la Palabra y usted se hizo
mentirosa, puta, terca, es hora
de que se quite su maquillaje y
empiece a nombrar, no lo que es
de Dios ni lo que es
del César, sino lo que es nuestro
cada día. Hágase mortal
a cada paso, deje las rimas
y solfeos, gorgoritos y
gorjeos, melindres, embadurnes y
barnices y oiga atenta
esta canción: los pollitos dicen
píopíopío cuando tienen
hambre, cuando tienen frío.
Vainas y otros poemas, 1972.
BABEL Y USTED
Si las palabras no se arrugaran, si
fuera posible ponérselas cada mañana,
como una blusa o una falda, previo
uso del quitamanchas, el cepillo y la plancha.
Si no se pudieran pronunciar ya más
por lo brilladas y rodillonas.
Si, después de un largo viaje, se
botaran como la maleta, tan descosida,
tan llena de letreros y de mugre. Si no se
cansaran, si fuera normal y corriente
someterlas a chequeo médico cada año,
con diagnósticos y exámenes de laboratorio,
vitaminas y reconstituyentes y hasta
menjurjes para la anemia. Si las
palabras hicieran sindicato en defensa
de sus fueros más legítimos y reclamaran
indemnizaciones por abuso de confianza
a aquellos que las tratan como a violín
prestado. Si algún día hicieran huelga,
¿qué opina usted, García?
Vainas y otros poemas, 1972.
SE LO VOY A DECIR
Es necesario decirlo
porque si no para qué esta palabra.
Que las plantas nacen, crecen,
se reproducen y mueren, lo sabe todo el mundo.
Pasa igual con el día
que se muere por la tarde
y también se mueren los cangrejos
y hasta las estrellas de la Vía Láctea.
Cada rato hay nuevas maneras
para decir las mismas cosas.
Pero lo que yo tengo que decir nadie lo sabe.
es obvio como una ola,
bello como una araña,
es posible como el verde
y largo como el croché.
¿Ya comprendió?
Vainas y otros poemas, 1972.
SOBRAN PALABRAS
Por traidoras decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene
a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirá
lentamente y con dolor:
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horca
por ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
Fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.
Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta
el final.
Tengo miedo, 1983.
NUNCA ES TARDE
No le tengo confianza
a mis palabras.
Flotan muertas ahora
ante sus ojos,
simulan decir
quieren hablar
intentan parecer.
Acceden a los sueños
de cada uno, los míos,
los suyos: diez mil
espejos a la vez,
putas generosas
sirven a dios y al diablo.
Me he cansado
de mis palabras.
Se las presto.
Para el caso, es lo mismo.
Tengo miedo, 1983.
CUANDO ESCRIBO, SENTADA EN EL SOFÁ
A la memoria de mi padre, quien
me enseñó las primeras palabras
y también las últimas.
(Arte poética)
Igual que la imagen de mi cara en el espejo,
en la lisa y lustrada puerta de un armario
me recuerda cómo me ve la luz,
en mis palabras busco oír el sonido
de las aguas estancadas, turbias
de raíces y fango, que llevo dentro.
No eso, sino quizás un recuerdo:
¿volver a estar en uno de aquellos días
en los que todo brillaba, las frutas en el frutero,
las tardes de domingo y todavía el sol?
El golpe en la escalera de los pasos
que llegaban hasta mi cama en la pieza oscura
como disco rayado quiero oír en mis palabras.
O tal vez no sea eso tampoco:
solo el ruido de nuestros dos cuerpos
girando a tientas para sobrevivir apenas el instante.
Yo escribo sentada en el sofá
de una casa que ya no existe, veo
por la ventana un paisaje destruido también;
converso con voces
que tienen ahora su boca bajo tierra
y lo hago en compañía
de alguien que se fue para siempre.
Escribo en la oscuridad,
entre cosas sin forma, como el humo que no vuelve,
como el deseo que comienza apenas,
como un objeto que cae: visiones de vacío.
Palabras que no tienen destino
y que es muy probable que nadie lea
igual que una carta devuelta. Así escribo.
Hola, soledad, 1987.
«MON SEMBLABLE»
Lector de estos versos:
sé que vas a leerlos
porque esperas que te digan
aquello que quieres oír y nada más.
Tal vez esa palabra próxima
que te roce lo mismo
que otra caricia ya imposible.
Tal vez esa palabra destruida
que te regrese
al olor perdido de un jabón o un río.
Tal vez esa palabra irrevocable
que te ponga ante los ojos
una cara que ahora es ceniza.
Tal vez esa palabra ajena
que te diga igual que aquellas
con las que ardiste en otro tiempo.
Pero no las hallarás aquí:
también las he perdido para siempre.
Yacen ya entre la tumba que me espera.
Maneras del desamor, 1993.