
El irlandés Oscar Wilde (1854-1900) es uno de los principales representantes de la corriente esteticista y decadente de la literatura de finales del XIX. Sus primeros poemas, a pesar de su calidad técnica, no alcanzan la grandeza de la Balada de la cárcel de Reading, que canta con emoción la miseria del ser humano.
EL ARTISTA
Una noche llegó a su alma el deseo de crear una imagen del Placer que resiste un momento. Y se adentró en el mundo en búsqueda del bronce. Porque sólo podía pensar en el bronce.
Pero todo el bronce del mundo había desaparecido, y en parte alguna de todo el mundo había bronce que se pudiera encontrar, salvo el bronce solo de la imagen del Dolor que perdura por Siempre.
Ahora, esta imagen, él mismo, y con sus propias manos, la había creado, y la había colocado en la tumba de lo único que había amado en toda su vida. En la tumba de lo muerto que más había amado había colocado esta imagen de su creación, que bien podría servir como señal del amor de un hombre que no muere, y como símbolo del dolor del hombre que perdura por siempre. Y en todo el mundo no había otro bronce salvo el bronce de esta imagen.
Y tomó la imagen que había creado, y la colocó en un gran horno, y la dio al fuego.
Y del bronce de la imagen del Dolor que perdura por Siempre creó una imagen del Placer que resiste un momento.
Poemas en prosa, 1894. Traducción de Juan Vázquez.



