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Manuel Altolaguirre

Ceres, de Óscar Domínguez

Para Manuel Altolaguirre (1906-1959), miembro de la generación del 27 y uno de sus principales promotores a través de la revista Litoral, la poesía “sirve para rescatar el tiempo, para levantar el ánimo, para tener alma completa, y no fugaces momentos de vida”. En versos claros, diáfanos, el poeta malagueño canta el amor, la soledad y la muerte.

LA POESÍA

Tan clara que, invisible,
en sí misma se esconde,
como el aire o el agua,
transparente y oculta;
desierta no, surcada
por pájaros y peces,
herida por los árboles.

«Vida poética, 20», Poesía, 1930-1931.


Juan Larrea

En el café, de Rafael Benet

El bilbaíno Juan Larrea (1895-1980) publicó sus primeros versos en las revistas ultraístas Grecia y Cervantes. Luego, militó en el creacionismo, animado por Huidobro. En París, entraría en contacto con el surrealismo y adoptaría el francés como lengua poética para, una vez rotos los vínculos con la lengua materna, alcanzar la máxima libertad creativa.

RAZÓN

Sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor, poema
es esto
y esto
y esto
Y esto que llega a mí en calidad de inocencia hoy,
que existe
porque existo
y porque el mundo existe
y porque los tres podemos dejar correctamente de existir

Publicado en Favorables París Poema, nº 1, julio 1926.


Gerardo Diego

Retrato de Josette, de Juan Gris

Gerardo Diego (Santander, 1896 – Madrid, 1987) cultivó la poesía vanguardista y la tradicional. Dentro de la línea vanguardista, es el máximo representante español del creacionismo. Algunas de las características de su obra lírica son el dominio del lenguaje y de los recursos técnicos y expresivos, la revitalización de formas estróficas tradicionales con contenidos vanguardistas y un consciente desapego por el tono trascendentalista.

CREACIONISMO

¿No os parece, hermanos,
que hemos vivido muchos años en el sábado?
Descansábamos
porque Dios nos lo daba todo hecho.
Y no hacíamos nada, porque el mundo
mejor que Dios lo hizo…
Hermanos, superemos la pereza.
Modelemos, creemos nuestro lunes,
nuestro martes y miércoles,
nuestro jueves y viernes…
Hagamos nuestro Génesis.
Con los tablones rotos,
con los mismos ladrillos,
con las derruidas piedras,
levantemos de nuevo nuestros mundos.
La página está en blanco:
«En el principio era…»

Imagen, 1922.


Luis Cernuda

La poesía del sevillano Luis Cernuda (1902-1963) tiene como centro temático el divorcio entre su anhelo de realización personal (el deseo) y los límites impuestos por el mundo que le rodea (la realidad). Mediante una lúcida elaboración del lenguaje coloquial, consiguió dar al verso una inflexión meditativa.

LA POESÍA

En ocasiones, raramente, solía encenderse el salón al atardecer, y el sonido del piano llenaba la casa, acogiéndome cuando yo llegaba al pie de la escalera de mármol hueca y resonante, mientras el resplandor vago de la luz que se deslizaba allá arriba en la galería, me aparecía como un cuerpo impalpable, cálido y dorado, cuya alma fuese la música.

¿Era la música? ¿Era lo inusitado? Ambas sensaciones, la de la música y la de lo inusitado, se unían dejando en mí una huella que el tiempo no ha podido borrar. Entreví entonces la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario, y ya oscuramente sentía cómo no bastaba a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso.

Así, en el sueño inconsciente del alma infantil, apareció ya el poder mágico que consuela de la vida, y desde entonces así lo veo flotar ante mis ojos: tal aquel resplandor vago que yo veía dibujarse en la oscuridad, sacudiendo con su ala palpitante las notas cristalinas y puras de la melodía.

Ocnos, 1942; 1949; 1963.


Vicente Aleixandre

Desnudo femenino, de Salvador Dalí

El surrealismo marca gran parte de la producción del sevillano Vicente Aleixandre (1898-1984), que, más tarde, se acercará a la poesía social y a la poesía filosófica y elegíaca.

EL POETA

Para ti, que conoces cómo la piedra canta,
y cuya delicada pupila sabe ya del peso de una montaña sobre un ojo dulce,
y cómo el resonante clamor de los bosques se aduerme suave un día en
[nuestras venas;

para ti, poeta, que sentiste en tu aliento
la embestida brutal de las aves celestes,
y en cuyas palabras tan pronto vuelan las poderosas alas de las águilas
como se ve brillar el lomo de los calientes peces sin sonido:
oye este libro que a tus manos envío
con ademán de selva,
pero donde de repente una gota fresquísima de rocío brilla sobre una rosa,
o se ve batir el deseo del mundo,
la tristeza que como párpado doloroso
cierra el poniente y oculta el sol como una lágrima oscurecida,
mientras la inmensa frente fatigada
siente un beso sin luz, un beso largo,
una palabras mudas que habla el mundo finando.

Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino.
Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el espíritu,
arde en la noche o se eleva en el mediodía poderoso,
inmensa lengua profética que lamiendo los cielos
ilumina palabras que dan muerte a los hombres.

La juventud de tu corazón no es una playa
donde la mar embiste con sus espumas rotas,
dientes de amor que mordiendo los bordes de la tierra,
braman dulce a los seres.

No es ese rayo velador que súbitamente te amenaza,
iluminando un instante tu frente desnuda,
para hundirse en tus ojos e incendiarte, abrasando
los espacios con tu vida que de amor se consume.

No. Esa luz que en el mundo
no es ceniza última,
luz que nunca se abate como polvo en los labios,
eres tú, poeta, cuya mano y no luna
yo vi en los cielos una noche brillando.

Un pecho robusto que reposa atravesado por el mar
respira como la inmensa marea celeste,
y abre sus brazos yacentes y toca, acaricia
los extremos límites de la tierra.

¿Entonces?
Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar en sus páginas un
[destello del sol,
y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza en la roca,
mientras tus pies remotísimos sienten el beso postrero del poniente
y tus manos alzadas tocan dulce la luna,
y tu cabellera colgante deja estela en los astros.

Sombra del Paraíso, 1944.