Categoría: VIII) Contemporáneos

Ada Salas

Una flor de opio sobre el lago, de Tono Carbajo

Para Ada Salas (Cáceres, 1965), la poesía es descubrimiento y revelación. Al poema “perfecto”, que se consigue con “oficio”, prefiere aquél que contiene un aliento inesperado que acrecienta el conocimiento del hombre, del mundo y de la vida.

HAY LIBROS QUE SE ESCRIBEN SOBRE LA CARNE MISMA…

Hay libros que se escriben sobre la carne misma.
Son esas cicatrices que nos hablan
y sangran
cuando el tiempo se rinde a su derrota
un puñado de signos que apenas
comprendemos

y eran el beso intacto de la vida.

La sed, 1997.


Vicente Valero

Plato vacío, de Jorge Bayo

El poema es para Vicente Valero (Ibiza, 1963) arte de la palabra y emoción compartida. En sus versos, serenos, se produce un sostenido equilibrio entre realismo y simbolismo, percepción y meditación.

OFICIO

Y penetrando así, en lo más hondo
nuestro, como llamados,
en ese espacio único no dicho todavía,
repleto de fantasmas:
¿sabemos algo más, sabemos algo?

Hemos dado por fin con aquel sueño:
las fábulas gastadas,
esta memoria nuestra a punto de romperse
en un golpe de mar,
la verdadera edad de los que huyeron,
corriendo, hacia lo otro,
con los bolsillos llenos de preguntas
y la boca reseca…

¿Cuándo empezamos de verdad, o dónde
termina todo, en qué?

Iluminados por la paradoja:
sólo sé que hemos ido abriendo el apetito
a fuerza de saciarnos con promesas…
Este mar, el mar: ¿quién podrá agotarlo?
Los restos de la noche:
remos rotos y conchas amarillas,
este dolor que da la luz, que impone
la claridad ahora.

En este espacio único, tan nuestro,
repleto de fantasmas:
llegan de aquí y de allá, todas las noches.
No dejan de asomarse.
Ponemos voz y letra a su memoria.
No dejan de querernos: es su única manera
de estar entre nosotros todavía.

Y así nos acercamos, lentamente,
sin saber muy bien cómo,
pero pisando la ceniza última,
al punto más distante y cercano a la vez
de lo desconocido:
el cuerpo intacto, puro, soñado, del poema.

¿Qué queda, entonces, nuestro,
de nosotros,
o para quién dejamos de ser lo que hemos sido?

Teoría solar, 1992.


Martín López-Vega

Naturaleza viva, de Concha Lagoa

El asturiano Martín López-Vega (1975) concibe la poesía como una forma de construcción de la dicha. Con el apoyo de la memoria, el poeta sustituye “lo que la vida es por lo que la vida fue”.

EL POEMA

Esa red en la que quedan las briznas del día:

Las mujeres que con la bandera roja enrollada en la mano
dan paso a los trenes
sin ver llegar el tren de la vida

Un perro muerto a la orilla de la vía

Los hombres que pescaban de noche
en la Nova Praia dos Ingleses
ignorando estar dirigidos
por el negro motor del mundo

La sombra de Gina
en cada rincón de una ciudad que fue con ella
y cuando fue sin ella no fue nada
y ya nunca será nada

Nathalie conduciendo camino de Foz
con un sueño en los ojos
de esperas y sueños pasados
que tal vez un día lleguen a cumplirse

Árbol desconocido, 2002.


Guillermo Carnero

Arielle sobre fondo azul, de Manolo Valdés

Guillermo Carnero (Valencia, 1947) es uno de los más importantes poetas culturalistas de la generación de los novísimos. En sus poemas pretende “alimentar la imaginación, interesar a las pasiones y los movimientos del corazón y dejar siempre un aire de sugerencia”.

EL SUEÑO DE ESCIPIÓN

I

Preguntado Laforgue por el ser del poema:
«Ni moi ni mon art, Monsieur».
Lo que supone,
igual que sus sarcasmos sobre el claro de luna
hace superflua la charla de Polonio
exacto sobre el Príncipe (Though this be madness
there is method in it).
No erraba el cadencista
aun incurriendo en etopeyas fáciles
de Pierrot, y el recurso
es más preciso que Bison Ravi1
apuntando al azar: «A mort le pléonasme»2.
La poesía cuesta lo mismo que el amor
un breve repertorio, y el arma del intérprete
es el oficio de aventajar la glosa.
Así pues, contemplando
algo convencional y en apariencia plano,
horizontal, yacente y en nada apelatorio
como una singular vinculación erótica
resultan por el arte las múltiples lecturas
y no una, previsible, con sus habituales
requerimientos: la común terneza,
la satiriasis, abstracción del tiempo,
antecedentes y consecuentes, como el anfiteatro,
sino una vasta gama por lo vario del signo
siendo vivir un modo de escritura
secuencia del problema literario
de inescribir lo escrito.
A mort le pléonasme.

II

El poema procede de la realidad
por vía de violencia; realidad viene a ser
visualizar un caos desde una perspectiva
que el poeta preside desde el punto de fuga.
Grandeza del poema, la del héroe trágico;
un modo de atentar contra el método empírico
desde su misma entraña, como aquel poseído
ofendía la ley desde el sometimiento.
Poema es una hipótesis sobre el amor escrito
por el mismo poema, y si la vida
es fuente del poema, como sabemos todos,
entre ambos modos de escritura
no hay corrección posible: como puede observarse
no nos movemos en un círculo
para gloria del arte
y sin embargo evítese
tal conclusión en práctica:
la palabra en perjuicio de la tragedia íntima
lo mismo que su opuesto;
¿qu’adviendrait-il alors
de cette absence de mystère? 3

III

Indignaban a Pico
los pulcros paradigmas de Careggi,
que la inteligencia, la vista y el oído
son los únicos medios de gozar la belleza
y existe por lo tanto una triple beldad
o que la belleza de un cuerpo es su simetría
de donde amor no exige más cosa que templanza
y buen gusto4.
De ahí
su bien lograda máxima: No hay belleza en un dios.
Y procediendo por analogía,
que es el modo de ser de este parágrafo,
resulta (véase el resto del poema):
Et vous et votre art, Monsieur. No hay belleza en un dios.

1 Anagrama usual de Boris Vian.
2 En avant la zizique et par ici les gros sous, Cap. III.
3 Mallarmé: L’art pour tous.
4 Traduzco libremente parte del discurso de Giovanni Cavalcanti en el Comentario al banquete de Platón, de Marsilio Ficino.

El sueño de Escipión, 1971.


Enrique Baltanás

Amantes, de Manuel Quejido

En la poesía de Enrique Baltanás (Sevilla, 1952), se dan a la vez emoción y humor, cuidado del verso y aire coloquial, intimismo y casi costumbrismo.

POÉTICA

No buscas que tu nombre venga en antologías
ni que de ti se ocupen en su letra menuda
minuciosos manuales.

Tan sólo que algún día,
dentro de mucho tiempo, un lector solitario
—pues siempre solitario es el ser que llamamos
lector— vaya, y en una biblioteca,
casi al azar, descubra unas palabras
cubiertas por el polvo de los años.

Y tras soplar el polvo y repasar las páginas
encuentre que esas páginas le entonan
como un poco de whisky en una tarde fría del invierno.

Las señales del fuego, 1997.