Categoría: VII) Posguerra

Gabriel Celaya

El ahogado, de Emilio Sánchez Cayuela

A pesar de sus incursiones en el surrealismo o la poesía experimental, el guipuzcoano Gabriel Celaya (1911-1991) es sobre todo el primer adalid de la poesía social de posguerra. Su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” se convirtió en el más conocido manifiesto de esta corriente.

DERIVA

Son poemas, poemas;
son los entusiasmos que para bien nos mienten,
los hundimientos siempre superables,
los errores que quizá no sean errores.

Es el motor de explosión «hombre»,
los fácil-felizmente caprichos sucesivos,
la melancolía con demoras sensuales,
unos versos, restos de cierta hermosa anchura.

Son los grandes gritos por pequeñas causas,
una amada, el deseo que al fin dice su nombre,
y una fecha, un lugar, un sobresalto:
Dios fotografiado al magnesio.

El brillante delirio de una rosa impalpable,
el yo que ahora resulta que realmente existe,
los mil fuegos cambiantes de un anhelo sin meta:
un ala retenida, pero que palpita.

Son las cabezudas evidencias de un niño
hidrocéfalo y tierno que, triste, sonríe;
las muchachas que mueren porque son impalpables,
las balanzas nocturnas, casi musicales.

Aquí peticiones de principio cantan.
Días suman días: yo derivo versos,
versos engañosos que no acaban nunca,
versos que quisieran morderse la cola.

Resbalo en mí mismo cambiando de nombre,
cambiando de forma, cambiando el futuro.
Es el amor –se entiende– o bien –no se entiende–
la libertad abierta: vivir de entregarse.

La música y la sangre, 1936.


Agustín Millares

Campesinos, de Manolo Millares

Para el poeta grancanario Agustín Millares Sall (1917-1989), la palabra poética es un instrumento mágico con el que se contribuye a construir un mundo mejor. Orgulloso de su condición de «poeta social», desprecia aquella literatura que vive de espaldas a las preocupaciones de las gentes humildes.

SALUDO

I

Yo te saludo amigo te saludo y te canto
igual que si te hubiera de siempre conocido.
No puedo equivocarme después de haberte oído.
Tú eres parte del sol que yo he esperado tanto.

Yo te saludo amigo te abrazo emocionado
a través de la niebla por donde pasa el día.
Con tu enorme caudal de luz y poesía
el rincón más oscuro se hubiera iluminado.

La senda que me enseñas no me es desconocida.
He marchado por ella sin conocer la calma.
Antes que tus palabras me llegaran al alma
ya habían tus ideas incendiado mi vida.

Es verdad que estos años no los hemos vivido
sino sólo pasado que el tiempo nos supera
que hay estrellas más altas sin sospechar siquiera
que forjando el gran siglo muchos han transcurrido.

Diste tu libertad que es como darlo todo
para que la alegría repique en la campana.
Un trozo de tu vida brindas cada mañana
para que el mundo entero pueda salir del lodo.

Yo te aseguro amigo que nunca había estado
tan cerca de la vida como en este momento.
No es posible la duda donde llega tu aliento.
Tú vas por la llanura de un cielo despejado.

Yo poeta declaro que tu acento es profundo
que llevas en las venas los ríos de un planeta.
Yo poeta declaro que tú eres poeta
porque anuncias y cantas el mañana del mundo.


Manuel Álvarez Ortega

La memoria y la música, de Antoni Pitxot

Para el cordobés Manuel Álvarez Ortega (1923-2014), la poesía “conjuga la pasividad de los sentidos con la objetividad del sentimiento, es la sintaxis del alma de quien la escribe”. Sus versos se caracterizan por la brillantez de las imágenes surrealistas, la cuidada musicalidad y las preocupaciones metafísicas.

ESCRIBO COSAS DEL HUÉSPED QUE ME HABITA

¿Qué dirás? Hallas la vida como un mar oscuro,
oyes de sus desnudos escollos elevarse
los puñales, ves el remordimiento de su agua
negar la paz, mojar de luto tus orillas,
ceder su tinta negra por el desierto de ortigas
que unos ciegos relojes, con habilidad, abren
en tu memoria.

Hoy es un día cualquiera,
tres de junio, un día innecesario, te mueves
como un fantasma que se hiere en las cosas,
ardes bajo el continuo fuego de este páramo
del sur, esta prolongación de la muerte,
este infierno diario.

Gota a gota se deslíe
la noche, vives, las redes del desaliento
te tienden su ceniza, suena una música de piedra,
están golpeándote contra números ciegos,
pájaros infernales, monarcas de un paraíso
que escriben su maldición sobre las tablas
de este hogar vacío, estos mudos espejos
que arañan tu prisión terrestre.

Cae la lluvia
del verano, un olor a pobreza te atenaza,
no sabes qué luz te inventa, vas por las calles
como dormido, gastas la miel de tu tristeza
por un puerto mortal, no hay barcos, no hay
velas, el faro está apagado, arriba solo
el cadáver de la luna que despliega los hilos
de su azufre maldito sobre el mar.

Por un arco
de maderos, ría abajo, conchas y cieno, te alejas
de la maldad, el llanto de los mendigos
cuya letra asesina, el duelo de una boca letal
que se ofrece junto al malecón, entre dos luces,
alba malcosida, perros que babean su pereza
alrededor de las lonjas de pescado,

muchachas
cuyas sórdidas dávidas enmohecen en el fondo
de los tugurios, bajo sábanas salpicadas de orín,
descompuesto el cabello por el humo del tabaco,
la siniestra marea de un ejército que se pudre
entre sudor, vino y discordia, vanas castidades
de una edad que gira descompuesta en la lana
despintada por la saliva de cien generaciones
de borrachos.

Te alejas hacia otros meridianos,
tiene que existir otro mundo, algún lugar, otro
aire, una tapia, un hoyo, un túnel, no sabes,
un amarillo espacio donde el crimen se olvide,
donde una espada de fuego, arcángel o demonio,
defienda y crucifique los puntos cardinales
del hombre, abra las trampas de la virginidad
y sus ceremonias,

alguna tierra, algún astro,
nube o subsuelo, en donde la justicia sea,
un puño vengador se levante, libere del tirano
que se embriaga en su copa de lujuria, no halle
el dolor su domicilio en el lecho del verdugo
que desata su mal diario, clausure la asfixia
sus llamas expiatorias y salve con los signos
de su turbulenta liturgia el insomnio que anida
bajo el humo de las cárceles.

Oh, existe, sombra
o planeta, y hacia allá quieres tender tu cabeza,
la costumbre del muerto que sube por tu tronco,
oír cantar aún el mar de huesos que por tus ojos
se mueve, interroga, escupe, te niega al aluvión
de pena que te arrastra a otro golfo, sótano
cada vez más oscuro, cuerda acusadora, papel
culpable, reguero de destilaciones que unifica
silencio y hambre, rezo y cadena.

Y hacia allá
vas, tentáculo creciente, salamandra, liana
última, mientras la noche en ti se precipita,
abre hondos agujeros del olvido por tu carne,
y tú, credo solo, en su tinta germinal viertes
la sal de tus horas, el luto y la aventura
de este huésped, fénix ciego, que te habita.

Desierto Sur, 1956.


Guillermo Díaz-Plaja

La mujer del gato, de Pablo Coronado

Cuatro líneas temáticas se dan en la poesía del barcelonés Guillermo Díaz-Plaja (1909-1984): la afectiva, en torno al amor conyugal y a los hijos; la religiosa, marcada por el anhelo de eternidad; la viajera; y la lúdica o culturalista, donde predominan los juegos retóricos.

ANTES

¡Oh! ¡No haber leído ningún libro!

Que mi poema fuera sólo
el roce del alma virgen con las cosas.

Como un inmenso párpado que se abre
para que el ojo sepa
que hay rosas de azul y de oro
bañadas en el aire transparente;

como un guante de seda
que hace más sensible al tacto
la frutada dulzura de una mano,
la tibia seguridad de una frente,
la fragilidad de una rosa;

como un sutil micrófono
capaz de dar una armonía de élitros,
un diapasón difícil,
el sonido del sueño,
la voz de Dios;

como una ávida papila
que capte los perfumes más recónditos:
el olor del recuerdo,
el perfume de las cosas perdidas,
el aroma del goce;

como una boca nueva
que paladee lo recién nacido,
los jugos de la vida y de la muerte,
el sabor de lo extraño,
la dulzura del alba.

Y nada más. Sólo
mi presencia en las cosas.

Sólo las cosas límpidas
en mis sentidos claros.

Vacación de estío, 1948.


Blas de Otero

El peine del viento, de Eduardo Chillida

La poesía del bilbaíno Blas de Otero (1916-1979) muestra un particular interés por el tema de España y por el compromiso cívico del hombre individual con sus contemporáneos. Tras la aparente sencillez de muchos de sus versos, se esconde un riguroso trabajo del lenguaje.

ESTOS SONETOS

Estos sonetos son los que yo entrego,
plumas de luz al aire en desvarío;
cárceles de mi sueño; ardiente río
donde la angustia de ser hombre anego.

Lenguas de Dios, preguntas son de fuego
que nadie supo responder. Vacío
silencio. Yerto mar. Soneto mío,
que así acompañas mi palpar de ciego.

Manos de Dios hundidas en mi muerte.
Carne son donde el alma se hace llanto.
Verte un momento, oh Dios; después, no verte.

Llambria y cantil de soledad. Quebranto
del ansia, ciega luz. Quiero tenerte,
y no sé dónde estás. Por eso canto.

Ángel fieramente humano, 1950.