Categoría: VII) Posguerra

Rafael Pérez Estrada

Eurídice en el tártaro de los infiernos, de Pedro Guajardo

La poesía del malagueño Rafael Pérez Estrada (1934-2000) se caracteriza por la pasión por destruir el estereotipo, lo repetido, y la aspiración a acceder a mundos desconocidos del sueño y el deseo y sumergirnos en lo sorprendente y maravilloso.

POÉTICA

Escribir o levitar.
El poema es sólo el espejismo del poema que soñamos.
Hondo, al final de la llaga está el poema.

El levitador y su vértigo, 1999.


Pablo García Baena

Las tres gracias del flamenco, de Antonio Povedano

Pablo García Baena (1923-2018) es la principal figura del grupo Cántico de Córdoba, caracterizado por el intimismo y el rigor estético, rasgo éste último que lo vincula al 27. Su poesía se define por la alternancia entre lo pagano y lo cristiano, entre sensualidad y espiritualidad, así como por el canto apasionado al amor y sus límites, o los acentos elegíacos ante la fugacidad y la muerte.

RUMOR OCULTO

Quiero que sea mi verso
como luna de abril,
como las rosas blancas,
como las hojas nuevas.
Que mi cítara suene
como el agua en la yedra,
que mi canto sea nada
para que lo sea todo
y que a mis versos caigan
heridas las estrellas.

Rumor oculto, 1946.


Pilar Paz Pasamar

Bodegón, de Alfonso Fraile

La poesía de la gaditana Pilar Paz Pasamar (1933), miembro de la generación del 50, indaga en las preocupaciones del ser humano, deteniéndose en las pequeñas cosas que dan sentido a la existencia.

LA POESÍA

Por ti, te lo confieso, busqué en el Diccionario
nuevas palabras para nombrarte enriquecida,
extraños nombres de aves, de flores y de pájaros,
nombres que al escribir tu nombre se me olvidan.

Nada aprendí. Lo siento. Los libros no me aportan
otra cosa que dulces golpes de agua escondida,
como si una marea subiere por mi pecho
y un bajamar total me dejase rendida.

Mis palabras de ahora son las mismas palabras
como siempre que espero, mi esperanza es la misma
de encerrarte en un canto total en donde quepan
todas aquellas cosas que no son para escritas.

Para decir tu nombre mejor, yo convocara
todas las primaveras del mundo y las que existan
cuando mi boca quede hundida para siempre
en la tierra, y yo pueda cantarte desde arriba.

Pero es así, y te cumplo de esta inútil manera,
de este modo deforme con que tejo sin prisa
el tapiz amoroso donde he de echar mi cuerpo
cuando esté la tarea rebosada y cumplida.

Acato el mutilado sonido que me tañes,
las imprevistas flores, tus fugas y visitas.
Déjame que te nombre como puedo nombrarte:
la Nunca Poseída.

Abreviado mar, 1957.


Juan Eduardo Cirlot

Collage de la serie El mundo roto, de Romà Vallés

Para Juan-Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), poeta visionario, cercano al surrealismo, que mantuvo el espíritu de las primeras vanguardias en la España de posguerra, la poesía es “un esfuerzo por encontrar el umbral de la ultrarrealidad”.

EL POETA

Ese hombre de cabellera dispersa, no es otra cosa que el exhumador de un mundo antes irredento. Ha aprendido, sufriendo, fórmulas mágicas que los otros desconocen: conjuros para evocar y recrear las danzas interiores.
Razas sordomudas, perdidas en sus parajes profundos, cobran voz bruscamente y, desde el valle dormido bajo la niebla, ese coral suena iluminando regiones desoladas o magníficas.
Así hasta que toda la tierra se convierte en eco.

Árbol agónico, 1945.


Luis Rosales

Arlequín, de Celso Lagar

El granadino Luis Rosales (1910-1992), destacado miembro de la generación del 36, reivindica la intimidad como núcleo de irradiación del poema. El versículo largo y fluido, de poderosa inventiva verbal, le sirve para encauzar una densa materia lírica: recuerdos personales, episodios narrativos, digresiones vitales, consideraciones históricas…

SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR

Estoy en mi despacho
y al mirar la ventana el cristal disciplina mis ojos;
un cristal es igual que un amor,
cuando miras tras él todo se hace misterio.
Detrás de la ventana está la sierra,
es el marco del cuadro,
y en su jurisdicción
las distancias establecen sus límites, pero el límite está en ti mismo,
pues lo interior y lo exterior son solamente aspectos de una misma frontera.
Aunque este pensamiento no es muy original quisiera registrarlo:
el paisaje lo han hecho las distancias.
Al través del cristal contemplo La Peñota
–sus pinos pusilánimes y salteados,
su desamparo vegetal–
y aquí,
junto a la linde de la casa,
las hojas de los robles son pestañas en torno a un ojo que no ves,
su vaivén me distrae y hace imposible el pueblo
con sus tejados gateando durante todo el día para quedarse en paz cuando
[llega la noche.
Hay una ordenación en la cual las distancias más que alejar, sitúan,
pero en fin lo que importa es llegar,
llegar a no sé dónde,
pero las hojas son tan frágiles que no se sabe cómo llegaron hasta el árbol;
viven en su alumnado y el viento que las mueve las alegra,
me recuerdan mi infancia,
aquellos ojos claros que tenían alumbrado de gas y me miraban arropándome.
El tiempo es como un foso;
detrás del tiempo están;
me gustaría saber en dónde alumbran.
Sobre el pretil de la ventana hay siempre un muerto bueno;
salta a la comba con el aire,
pero tú no te puedes morir,
amiga mía,
no te puedes morir porque ya estamos siendo un mismo luto,
y estoy en mi despacho aprendiendo a escribir,
es lo de siempre,
para que no se desvanezca todo necesito escribirlo,
y aprender a vivir en la nueva frontera.