Etiqueta: generación del 50

Fernando Quiñones

Pequeña escena pasional, de Matias Quetglas

La poesía del gaditano Fernando Quiñones (1931-1998) se caracteriza por un cuidado prosaísmo narrativo, continuas referencias culturales, un erotismo desenfadado, a veces crudísimo, y una síntesis de bronco andalucismo y refinamiento léxico.

LOS POETAS

También tú, curtidor,
y tú, hermoso patán, arrancándole
al invierno terrones, empujando
en agosto el plostellum. Y tú,
herrero entre sombríos fulgores,
o tú, inocente
borracho sin oficio.
También vosotros sin saberlo
conocisteis alguna vez
no la mayor: la única gloria del poeta:
cuando en el prado, la curtiduría,
la taberna, la fragua, se os llegaron
casualmente a la boca aquellas tres, cuatro palabras
que no se habían juntado antes
o nunca habían sonado de aquel modo,
y que dejaban dicho algo,
sencillo acaso como ellas,
pero tan verdadero, tan nuevo y tan antiguo
que os suspendió y enmudeció un instante,
como a algunos de los que os escuchaban.

Las crónicas de Hispania, 1985.


Cristina Lacasa

Perfil femenino, de Montserrat Gudiol

En la poesía de la barcelonesa Cristina Lacasa (1929-2011), la palabra escrita es un reflejo de una forma de ser y de vivir, especialmente sensible al dolor de los más débiles e indefensos.

SOY VUESTRA VOZ

Ahora canto por vosotros.
Tengo la boca para todos dispuesta.
Decid vosotros a través de mi saliva
qué hambre de frutos os desborda.
Tomad mi lengua múltiple y palpad
la varia sed en que os sufro
y os denuncio y os amo.

Cantad conmigo.
Las bermejas canciones del que arranca
tantas mordazas a las cosas:
las lívidas canciones
del prisionero; las clavadas
notas de su albedrío.
Cantad, que mi instrumento es tanto río
como piedra de lápida. Cantad,
que irá muy lejos la tonada vuestra
y grabará su olivo o su bandera
de guerra
por esta tinta en sangre.
Habrá después quien diga: Alguien
me precedió, alguien me supo.
Alguien estuvo aquí vadeando estas piedras
o segando sonrisas a la aurora…

Cuadernos de Ágora, 1961.


Claudio Rodríguez

Concierto de amanecer, de Alvar Suñol

El zamorano Claudio Rodríguez (1934-1999), poeta visionario y órfico, cantor de la revelación y de la fusión con el universo, consagró sus versos al ciclo de la vida, a lo que ésta tiene de muerte y renacimiento. Es uno de los más destacados miembros de la generación del 50.

COMO SI NUNCA HUBIERA SIDO MÍA…

Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podría decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.
Sobre el abierto páramo, el relente
es pinar en el pino, aire en el aire,
relente sólo para mi sequía.
Sobre la voz que va excavando un cauce
qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no poder ser hostia para darse.

Don de la ebriedad, 1953.


Antonio Gamoneda

Composición, de Manuel Rivera

El ovetense Antonio Gamoneda (1931) define la poesía como “arte de la memoria”, y la memoria como “conciencia de la pérdida”, “conciencia de ir hacia la muerte”.

PROPONGO MI CABEZA ATORMENTADA…

Propongo mi cabeza atormentada
por la sed y la tumba. Yo quería
despedir un sonido de alegría;
quizá sueno a materia desollada.

Me justifico en el dolor. No hay nada;
yo no encuentro en mis huesos cobardía.
En mi canto se invierte la agonía;
es un caso de luz incorporada.

Propongo mi cabeza por si hubiera
necesidad de soportar un rayo.
No hablo por mí solo. Digo, juro

que la belleza es necesaria. Muera
lo que deba morir; lo que me callo.
No toques, Dios, mi corazón impuro.

Sublevación inmóvil, 1953-59.


Félix Grande

Febrero, de Lucio Muñoz

La poesía de Félix Grande (Mérida, 1937-2014), ideológicamente afín a la de los poetas de la generación del 50, se halla más próxima, en el lenguaje, a las nuevas formas expresivas de finales de los 60.

EL ABOGADO DEL POEMA

A veces un poema es un chorro de pus, un cuenco de infección, el termómetro de una peste, la cosa que el buitre picotea, la geología de una claudicación descomponiéndose; el túmulo corroído bajo el que una derrota yace, sin manos ya, en un silencio tumefacto.

Cómo entregar el caldo de la vergüenza o de la cobardía, cómo entregar la materia más humillante, qué inútil corazón celebraría las lavacias que quedan en el baño, qué monstruo o loco o enfermo nos agradecería esa mugre que escurre el trapo de las lamentaciones.

Hay una vieja trampa en el arte, que atrapa la parte más horrenda del artista y la parte más hedionda de su público, y las agita entre la equívoca sonata del lenguaje, y forma así, desde hace siglos, un simulacro de comunicación. No hay perversión mayor que ese disfraz. Bello parece el acto de ayudar al condenado a cavar su agujero: y sin embargo es monstruoso. Desde hace siglos viene sucediendo. Es una de las formas del arte.

También desde hace siglos se vienen sucediendo los artistas feroces que dicen sí con su ronquera, empujando con su cabeza por entre las ruinas que la época y la nada desencadenan sobre ellos. Albañiles inusitados que usan sus propias grietas como cenefas de la casa, que toman sus propios cascotes y los añaden a los muros del edificio, tiritando de esfuerzo. Al miedo, a la desgracia, a la desilusión, les ponen de nombre Calumnia. Y buscan los culpables, como busca aire puro el tísico.

Hay también un lejano vendaval de artistas amamantados en la pesadumbre, pero que muerden su pezón y escupen de vez en vez la leche de que se sustentan. Son agónicos espirales que a nadie quieren persuadir con su espanto. Perdieron acaso la furia, conservaron la integridad. Levantan su mirada sombría y dicen a su gente entrañable: soy más un síntoma que un ser, si me veneras me traicionas y te traicionas, escupe al menos como yo, no cedas. Y vuelven a morder su leche, a necesitarla, a escupirla.

Gangrena, pesadumbre insolente o pedazo del edificio. Ciudad, barrio ululante o sótano de la conciencia. Yo sé de un hombre que muerde furioso al pezón enigmático. Que reintegra hacia el muro común los cascotes de su ruina. Que abre también la boca para ensuciar al tiempo con todas sus digestiones imposibles. Una parte de él interroga. Contraataca otra parte. Pero otra parte aumenta el equívoco repugnante de la infelicidad. Ignora quién de él vencerá en él. Juzgad ese combate.

Como yo juzgo el vuestro.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, 1969.