Categoría: VIII) Contemporáneos

Emilio Quintana

Rareza del siglo, de Ángel Mateo Charris

Para el granadino Emilio Quintana (1964), la poesía consiste en “hacer anotaciones al margen de ese álbum de fotos que es la vida”. Imaginativo y provocador, destaca entre los poetas de su generación por su insólita lectura de la tradición y el rescate de ciertos “poetas menores”, categoría a la que aspira.

EL MAL POETA

Tantas tardes leyendo a Baudelaire.
Tanto esfuerzo para ir de maldito.
Las peleas con mi padre,
que nunca comprendió
por qué yo le llamaba
Aupick y no Quintana.
Aquella temporada en que me puse
a buscar una mulata
por amante.
Y en Loja.
Fue cuando me di cuenta
de que la castidad no era lo mío.
Aquella novia belga que perdí.

Pero soy un Quintana,
un poeta burgués y provinciano.
Un tipo que se aburre
–como todos ustedes–
y en vez de hacer turismo
escribe versos. Alguien
que poco a poco va aceptando
que a nadie le hace falta,
afortunadamente:
y menos
a la historia de la literatura.

En fin, ya lo están viendo,
una vergüenza.

Las leyes de la herencia, 1992.


José Luis Jover

Sin título, del Equipo Crónica

Para José Luis Jover (Cuenca, 1946), escribir un poema es “ensayar una magia menor”. Es la suya una poesía indirecta, voluntariamente instalada en el umbral de donde suceden las cosas y en la que algunas veces se cuelan golpes surrealistas y fisuras del sentido.

UN AGUJERO NEGRO

Retroceder
hasta el borde
del poema
antes de escribir
la primera palabra.

El viento soplando
hacia sí,
hacia mí.

A esta baraja le faltan corazones, 1993.


Laura Campmany

Fotografías de un diario, de Óscar Molina

En la poesía de Laura Campmany (Madrid, 1962) hay una lograda simbiosis entre literatura y vida, además de un notable dominio de la forma.

SONETO

En un soneto cabe cualquier cosa:
la tarde del revés, la golondrina
que asoló con sus alas mi oficina,
y el humo, convertido en mariposa.

Le cabe la certeza luminosa
del rayo que ni cesa ni fulmina.
Le cabe la soberbia gongorina
que urdió en la noche el nombre de la rosa.

Si abarcará universos literales,
campos, espigas, lunas, mares, montes,
que, por caber, le caben catedrales
y lirios que resumen horizontes.

¿Y dices que no cabe el amor nuestro?
Si me das un papel, te lo demuestro.

Del amor o del agua, 1993.


Manuel Rico

Sin título, de José Sanleón

Manuel Rico (Madrid, 1952) combina en sus versos memoria, melancolía, apelación a la historia e indagación en el lenguaje. Concibe el poema como un espacio donde amalgamar “palabra reveladora y conciencia crítica”.

PAPELES INCIERTOS

Jamás la certidumbre. Nunca
la posesión de lo absoluto.
Sí lo que abraza y reconstruye
tu frágil corazón con la materia
que forman las palabras, los apuntes,
las piezas de la vida
o de la muerte.

La tentación perenne que no evitas.
El tacto de la ropa acostumbrada
a tus vicios secretos.

La pasión de las horas entregadas
en bares derrotados y en bocas clandestinas.

La secreta función bajo la tinta
de esta pluma que adoras
por no ser sólo tuya, quién diría,
sino medio y cedazo
que recoge y que criba, selecciona
los datos, los temblores, las derrotas,
la luz difuminada de la tarde,
los aloja en el páramo
de esos folios vacíos, a la espera
de la letra y su luz,
del poder que los unge de un tizne diferente:
ser papeles inciertos, llanuras asequibles
a emociones difusas, a recuerdos y nubes,
a octubres memorables.

Papeles inciertos, 1990.


Julia Otxoa

Azar, de Julia Otxoa

La obra poética de Julia Otxoa (San Sebastián, 1953) manifiesta una preocupación por la dura condición humana, a la vez que un marcado compromiso estético, que la lleva a incursionar en la poesía visual. Son ingredientes fieles en su obra el juego con el lenguaje, el misterio y la ironía.

SÓLO SE PUEDE ESCRIBIR CON FIEBRE…

Pero aquél que es poeta ni en mitad del tumulto
ni emboscado en la orilla logrará su descanso.
Porque el ojo sin párpado no consigue la noche
y en acecho infinito se le enciende y afila…
ÁNGELA FIGUERA AYMERICH

Sólo se puede escribir con fiebre,
Ángela,
desde el ojo del huracán y el fuego,

acaso tal vez desde el delirio
y el vuelo a tumba abierta,

todo lo demás son párpados y párpados
sobre un disparo de piedra
que la niebla enmudece,

porque sólo una temeraria lucidez,
desde el más extremo de los límites,
puede,

sólo unas córneas heridas,
en las que cabe el mundo,
pueden.

Centauro, 1985.