Categoría: VIII) Contemporáneos

Olvido García Valdés

Sonidos para flauta, de Justo San Felices

Para la asturiana Olvido García Valdés (1950) un poema es “el lugar donde las palabras alcanzan a las cosas”. Su poesía, rigurosamente elaborada, da cuenta del lento deterioro de las cosas y la extrañeza que produce.

ESCRIBIR EL MIEDO ES ESCRIBIR…

escribir el miedo es escribir
despacio, con letra
pequeña y líneas separadas,
describir lo próximo, los humores,
la próxima inocencia
de lo vivo, las familiares
dependencias carnosas, la piel
sonrosada, sanguínea, las venas,
venillas, capilares

Caza nocturna, 1997.


Felipe Benítez Reyes

El gaditano Felipe Benítez Reyes (1960), uno de los más destacados representantes de la poesía de la experiencia, ha tratado en versos clásicos y elegantes, moderadamente coloquiales, temas como la bohemia juvenil nocturna y el paso del tiempo. Sus últimos libros destacan por la riqueza de los símbolos y la gravedad reflexiva.

EL JOVEN ARTISTA

El día te sorprende corrigiendo unos versos.
Y en aquella metáfora en la que cifraste
toda una larga historia de amor adolescente
el lector desganado no verá
sino un alarde técnico, una desangelada brillantez
propia del que comienza y necesita
demostrar su pericia y sus lecturas.

Has pasado la noche corrigiendo poemas
y la imaginación a ratos se dejaba llevar
por el ensueño grato de tus libros futuros,
páginas que constituirán más que nada tu vida
porque su perfección habrá de ser más rara que la misma
rareza de vivir (y de los hombres queda
apenas la leyenda que ellos mismos
asumen como propia).

Toda la noche a solas con tus versos,
fumando demasiado, buscando apoyo a veces
en los viejos maestros –ese tono de voz, inconfundible,
de la gran poesía, que habla siempre en voz baja…

Ahora estás ya cansado y la luz inconsciente
del amanecer filtra sus láminas de plata
por las cortinas de tu biblioteca.
El esfuerzo ¿fue en vano? Eso nunca se sabe.
Tú no buscas
sino la aprobación cortés de los pocos amigos
que verán en tus versos algo de tu carácter:
un indicio de miedo, una brasa de amor
aún del todo no extinta.
Tú no buscas
sino la ambigua sensación –tan irreal a veces–
de encontrarte a ti mismo a través de unos versos
que corriges y afinas con afán enfermizo,
buscando perfección y la verdad a medias
de tu existencia propia, destinada a afirmarse
en las noches a solas con tu arte
en las noches a solas
con los cuerpos que amaste y que tal vez te amaron.

Los vanos mundos, 1984.


Francisco Gálvez

El otro lado, de Eduardo Gruber

La poesía de Francisco Gálvez (Córdoba, 1945) profundiza en la naturaleza transitoria de la realidad: pretende revelar aquello que se oculta tras la apariencia de uniformidad con que esa realidad se viste.

SOBRE LA PROPIA OBRA

Como hoja deshojada en el olvido,
como agua que escapa y humedece,
nada más allá del silencio ya escrito
en las páginas en blanco de la poesía.
Cada obra tiene su signo y a veces
su pasión insustituible.

Santuario, 1986.


Luis Alberto de Cuenca

La dama del minino, de Jesús Lapuente

En la poesía de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), desde la ironía o la gravedad, una lengua poética limpia y precisa saca de la anécdota y la reflexión cotidianas registros y fulgores imaginativos en los que alientan el mito, el misterio, la realidad oscura de los sueños y los referentes culturales más diversos.

ADVERTENCIA AL LECTOR

Oyendo a Dinah Washington –son las diez de la noche
de un veintitrés de octubre–, se me ocurre decirle
al presunto lector de mi «literatura»
que procure evitarla como se evita a un huésped
molesto –un erudito, una rata en el baño–,
y que si, por alguna razón que se me escapa,
quiere seguir leyendo, que entienda lo que lee
como lo que es: un grito (o un susurro) de angustia
y soledad.

Por fuertes y fronteras, 1996.


José Miguel Ullán

Agrafismo 168, de José-Miguel Ullán

La trayectoria poética del salmantino José Miguel Ullán (1944-2009) está marcada por una permanente voluntad de experimentación formal y lingüística, por el afán de sorpresa, la ironía y la plasticidad del verso.

POÉTICA

(LA POESÍA NO TIENE SENTIDO)

I

En la noche risueña del destierro, libre ya de la ley y del instinto, un charco de agua clara me detuvo. Mojo el dedo cordial trazando un círculo y su humedad al paladar le encasca.
Boca del lobo: donde renace el sinsabor, la palabra acecha. Acre es la música cibal del signo.
Yo le sacó la lengua, alargo el paso.

II

Llora, porque toda mirada entraña error.
Mas los andrajos, horca, palio y cruz no morirán por este llanto. Mejor, fulgir a solas y rezar en balde. ¿Como el topo? Así; dueño de la penumbra y de su asfixia.
Hablando por hablar. A ciegas. Ojo del corazón, quema el paisaje.

III

Persistente, la rosa. Esclavos somos de raíz. Rosa hedionda, zozobra y estupor de la mordaz melancolía.
A la fosa nasal llama la Historia con sus inciensos categóricos. Corre el verso al runrún del sacrificio, de mar a mar y seductor.
¡Musa servil! Sobre tu altar, un huracán de esperma.

IV

El sordo dios: la carcajada inmóvil.
Murmullo de otra luz será tu fe. Aléjate de la expresión forzada o del silencio amilanado. Oye tan sólo la armonía neutra de lo indeciso e indomable. Deja abierta la puerta más sumisa.
Esa ignorancia zumbará en tu oreja. Fraternalmente.

V

Si la mano va y pierde la cabeza y, en un doble ademán de supresión, rompe la flecha y borra el blanco, ciérrase luego sobre el gran reloj, sangra y se ofrece al vilipendio abyecto, nada esperes que iguale esta pasión, Teoría.
A todo lo demás diles que bueno.

1979. En la antología Joven poesía española, de Concepción G. Moral y Rosa Mª Pereda.