Categoría: VII) Posguerra

José Corredor-Matheos

Agua, de Albert Ràfols Casamada

Los poemas, breves, desnudos y precisos, del ciudadrealeño José Corredor-Matheos (1929) incorporan a la tradición europea de la poesía pura o esencial, la expresión justa y la tonalidad serena de la poesía oriental.

SI FUERA ESTE POEMA…

Si fuera este poema
el último que hicieses
¿tendría más valor
que otro cualquiera?
Todo poema es único
y tu muerte lo escucha
con el mismo deleite,
con igual impaciencia.

Y tu poema empieza, 1976-1987


Maria Beneyto

Belleza española, de Jesús Carlos Villalonga

La poesía de la valenciana Maria Beneyto (1925-2011) se inscribe dentro de la corriente de poesía testimonial de la inmediata posguerra. Su vocación es hablar por los que sufren: “Alguien que me ha pedido la voz mía / para seguir gritando”.

CARACOL

En mí parece vibrar
todo el ajeno penar.
¿Seré como el caracol
que recoge bajo el sol
el gran sollozo del mar?

Canción olvidada, 1947.


Francisco Giner de los Ríos

La siesta / La soledad, de Miguel Prieto

El madrileño Francisco Giner de los Ríos (1917-1995) realizó una gran labor como difusor de la poesía de los españoles exiliados en América. La suya se caracterizó por la transparencia del lenguaje y la hondura con la que se expresan anhelos y nostalgias.

ROMANCILLO DE LA SOLA RAZÓN

Nada puede callarme
lo que bulle aquí dentro.
No hay flor posible ya
que perfume su anhelo,
que me contenga el ansia
y la doble en silencio.
Sólo quiero esta llaga
que me requema el pecho
y me entrega la luz
constante del recuerdo.
Frente a los ojos limpios
hay mil paisajes nuevos
que no adquieren presencia
tapados por el fuego.
¡Que nadie me pregunte
de dónde ciego vengo,
que la angustia me nace
otra vez en el sueño
y me deshace el grito
que me sostiene entero!
En mi sangre hay cien nombres
con sus ramas revueltos.
¡Nadie me los separe
ni traicione mi acento,
que no hay nada más noble
que dé fuerza a mi pecho!
A la rosa y a la seda
nunca me las encuentro.
Hacia el cielo y la nube
se ha quebrado mi esfuerzo.
Nada puede callarme
lo que bulle aquí dentro.

Jornada hecha, 1953.


José Antonio Muñoz Rojas

Figura femenina sentada, de José Fin

José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909-2009) concibe la poesía como confesión y como comunicación de lo contemplado. Ha cultivado con igual maestría el poema en prosa, el soneto barroco, el endecasílabo blanco y el verso libre. La reflexión metafísica y la celebracíon del amor y del mundo rural son sus grandes temas.

TU OFICIO, POETA…

Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».

Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.

Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

Oscuridad adentro, 1950-80.


Francisco Brines

El valenciano Francisco Brines (1932-2021), miembro destacado de la generación de medio siglo, cultivó una poesía de preocupaciones metafísicas y tono meditativo y elegíaco.

EL PORQUÉ DE LAS PALABRAS

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?
En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y
[el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todos son gestos, muertes, son residuos.

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

Insistencias en Luzbel, 1977.