Categoría: Literatura colombiana

Jaime Jaramillo Escobar

Estudiante muerto, de Alejandro Obregón

La poesía de Jaime Jaramillo Escobar (1932) o X-504, su seudónimo dentro del nadaísmo, movimiento literario subversivo de finales de los 50 en Medellín, se caracteriza por el uso de versículos sentenciosos e irónicos.

PERORATA

¡Señoras y señores, oh, señores!

Mirad esta caja roja. ¿La veis? En ella traigo mi poema, que se irá desenrollando ante vosotros, aquí frente a vuestras miradas, haciendo sonar sus crótalos de colores y estirando la cabeza para veros mejor y de vez en cuando lanzaros un picotazo.

Ya la voy a abrir, la estoy abriendo, ya se mueve, poned atención, el poema empezará a salir pronto de esta hermosa caja roja con música incorporada, esta caja de sorpresas tan liviana y tan bella.

Mientras muevo mi mano en su interior para amansar el poema, os voy diciendo, oh señores: no leáis poemas pesados, ni ásperos. El poema tiene que ser flexible, escurridizo, ondulante, con un cuerpo frío que os estremezca y en la cabeza una boca capaz de haceros cualquier cosa.

Atención, señores, ya empieza a salir el poema. Mientras sale, os voy diciendo, oh señores: no comáis poemas calientes; el buen poema se come frío.


Eduardo Cote Lamus

Monalisa, de Fernando Botero

El colombiano Eduardo Cote Lamus (1928-1964), uno de los representantes más destacados de la generación del Mito, meditó en sus versos sobre sus experiencias personales, con sencillez y triste desgano.

CANTO DE FUTURO

Si ésta, una palabra, de pronto se muriera,
y se le fuesen cayendo las letras
como las hojas de un árbol,
y quedase descarnada,
y solamente la sangre del sonido
produjera un murmullo.

Si éste, un poema en las angustias,
viajero de las sombras y la muerte
encontrara a las voces desangrándose.

Si yo, un hombre delirante,
hallase el fondo de mis manos
y fuese ahondando una mirada
hasta enterrar el tiempo.

Si después del verbo y de la carne
detuviera una fuerza fatigada
la caída del mundo y del sonido
y hallase, de pronto, las aldeas
donde se quejan los poemas.

Y si también viera el mismo
que fui entre los sueños,
cavaría la nostalgia hasta encontrar lo triste
porque después del fin está el silencio,
y el recuerdo, una mano levantada.

Preparación para la muerte, 1950.


Juan Gustavo Cobo Borda

Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948-2022), una de las voces más singulares de la lírica colombiana de la segunda mitad del siglo XX, concibe la poesía como exaltación y crítica. Testigo incómodo de su tiempo, sintetiza en su poesía su desencanto hacia el mundo.

POÉTICA

¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras:
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué herida cura?

Consejos para sobrevivir, 1974.


Raúl Gómez Jattin

El beso del ángel, de Ángel Loochkartt

El colombiano Raúl Gómez Jattin (1945-1997) destaca por su exaltado erotismo, desmesurado y polimorfo, que recubre hombres y animales, mujeres y paisajes. Su poesía habla también de soledad y desesperanza.

DE LO QUE SOY

En este cuerpo
en el cual la vida ya anochece
vivo yo
Vientre blando y cabeza calva
Pocos dientes
Y yo adentro
como un condenado
Estoy adentro y estoy enamorado
y estoy viejo
Descifro mi dolor con la poesía
y el resultado es especialmente doloroso
voces que anuncian: ahí vienen tus angustias
Voces quebradas: ya pasaron tus días

La poesía es la única compañera
acostúmbrate a sus cuchillos
que es la única

Retratos, 1988.


Rafael Pombo

Estancieros de las cercanias de Vélez, de Carmelo Fernández

En la amplia producción poética del colombiano Rafael Pombo (1833-1912), publicada póstumamente entre 1916 y 1917, aparecen los principales temas del romanticismo: el amor y la mujer, la religión y la filosofía, la naturaleza, la patria y el pueblo.

A LA POESÍA

Vicio divino, que a groseros vicios
Me hiciste despreciar,
Y las mil vanidades y artificios
Sacro elixir que al corazón y al alma
Das juventud sin fin,
Y entre abrojos y fango, etérea calma
Y alas de serafín,
Con que volver al aire primitivo,
Al gusto primicial
Y juicio puro, y al entero activo
Ser todo personal.
Libre del yugo de años mil, y de hombres,
Y de hábito y refrán,
Para llamar las cosas por sus nombres
Otra vez, como Adán;
Señalar el cauce del derecho,
Y por sobre el saber
Y modo y ley del hombre, siempre estrecho,
Los del Supremo Ser.
Y así del mar ir a su fuente arcana
Y del acto al motor
Y adelantándose a la marcha humana
Servir de gastador.
O revolar por cuantas cosas bellas
Hizo Dios con querer
Y el alma ufana regalando en ellas
Vivir, sentir, creer.
Genio de amor inagotable, ardiente,
Eterno, universal,
Que a pasado y futuro haces presente,
Y real a lo ideal;
Y a un hombre solo, humanidad entera,
Con cuyo corazón
Toda ella lucha, y cree, ama, y espera,
Y llora su aflicción:
Siempre, ¡oh poesía! te adoré en privado
Como a dios familiar.
Nunca a exponerte me atreví al mercado
Ni profané tu altar.
Tu néctar mismo, la embriaguez del canto
Fue mi rico laurel,
Y el tierno abrazo, la sonrisa, el llanto
Que arrebaté con él.
Y una, y ciento, y mil veces te bendigo
Por más de un dulce sí,
Y más de un noble corazón amigo
Conquistados por ti.
Ese es mi oro, el único, tú sabes,
A que tengo afición,
Yo que no sueño en poseer más llaves
Que las del corazón.