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Giacomo Leopardi

Muchacha melancólica, de Francesco Hayez

La poesía de Giacomo Leopardi (1798-1837), figura mayor del romanticismo italiano, se caracteriza por un profundo pesimismo, unido a una exquisita sensibilidad y a una notable perfección formal.

PASATIEMPO

Cuando muchacho vine
a entrar en disciplina con las Musas,
una de ellas cogiome de la mano
y durante aquel día
en torno me condujo
para ver su oficina.
Me mostró uno por uno
los útiles del arte,
y el distinto servicio
a que cada uno de ellos
se emplea en el trabajo
de la prosa y el verso.
Yo los miraba, y dije:
«Musa, ¿y la lima?» Y contestó la diosa:
«La lima se gastó; ya no la usamos.»
Y yo: «Mas rehacerla
es preciso, ya que es tan necesaria.»
Y contestó: «Así es, mas falta tiempo.»

Cantos, 1835. Traducción de Diego Navarro.


Gérard de Nerval

Las sombras de Francesca de Rimini y de Paolo Malatesta ante Dante y Virgilio, de Ary Scheffer

El poeta romántico francés Gérard de Nerval (1808-1855) se adelanta a la teoría simbolista de las correspondencias, desarrollada por Baudelaire, en este soneto pitagórico y pagano.

VERSOS DORADOS

¡Y qué! Todo es sensible.
PITÁGORAS

¡Libre pensador, hombre! ¿Te crees que tú solo
piensas, cuando la vida brota de cuanto existe?
Tu libertad dispone de la fuerza que exhibes,
mas todos tus consejos los desconoce el cosmos.

En el bruto respeta un aliento hacedor:
cada flor es un alma que se abre a la Natura;
un misterio de amor en el metal se oculta;
«¡todo es sensible!» Y todo te impone su vigor.

Teme, en el muro ciego, el ojo que te espía:
incluso a la materia un verbo le procuran…
¡No la dediques nunca a una práctica impía!

A menudo en el ser oscuro un Dios se oculta,
y cual ojo que bajo los párpados germina,
un ser puro en la costra de las piedras madura.

El Artista, 1845. Traducción de Rosa de Diego


Julián del Casal

Julián del Casal (Cuba, 1863-1893) destaca dentro del modernismo hispánico por su preferencia por los temas esteticistas y exóticos, la visión desencantada de la vida y una gran perfección plástica.

EL ARTE

Cuando la vida, como fardo inmenso,
pesa sobre el espíritu cansado
y ante el último Dios flota quemado
el postrer grano de fragante incienso;

cuando probamos, con afán intenso,
de todo amargo fruto envenenado
y el hastío, con rostro enmascarado,
nos sale al paso en el camino extenso;

el alma grande, solitaria y pura
que la mezquina realidad desdeña,
halla en el Arte dichas ignoradas,

como el alción, en fría noche oscura,
asilo busca en la musgosa peña
que inunda el mar azul de olas plateadas.

Hojas al viento, 1890.


José de Espronceda

El fusilamiento de Torrijos, de Antonio Gisbert

José de Espronceda (1808-1842) representa, en España, el Romanticismo liberal más exaltado. Una caterva de personajes rebeldes y marginales pueblan una obra que oscila entre lo lírico y lo narrativo.

EL ÁNGEL Y EL POETA

ÁNGEL

¿Osas trepar, poeta, a la montaña
de oro del cenit?

POETA

¡Quienquiera seas,
ángel sublime, del empíreo cielo
radiante aparición, o del profundo
príncipe condenado a eterno duelo
y a llanto eterno, dame que del mundo
rompa mi alma la prisión sombría,
mis pies desprende de su lodo inmundo,
y en alas de Aquilón álzame y guía!

ÁNGEL

¡Oh, hijo de Caín! Sobre tu frente
tu orgullo irreverente
grabado está, y tu loco desatino:
do tus negros informes pensamientos,
las nubes que en oscuro remolino
sobre ella apiñan encontrados vientos,
y el raudo surco de amarilla lumbre,
que en pálida vislumbre,
ráfaga incierta de la luz divina,
sus sombras ilumina,
muéstranme en ti al poeta,
¡el alma en guerra con su cuerpo inquieta
muéstranme en ti la descendencia, en fin,
rebelde y generosa de Caín!


Arthur Rimbaud

Jugadores de cartas, de Paul Cézanne

El francés Arthur Rimbaud (1854-1891), poeta maldito y simbolista, fundamentó su poética en la alquimia del verbo, gracias a la cual el poeta se hace vidente, comprende lo ignoto y percibe el Absoluto.

MI BOHEMIA

(Fantasía)

Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…
mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!;
¡cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
–Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas. Y mi posada era la Osa Mayor.
–Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón.

Poesías, 1869-71. Traducción de Javier del Prado.