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Igor Barreto

Bodegón con frutas, de Ernesto León

Igor Barreto (Venezuela, 1952) perteneció al Grupo Tráfico, que propugnó una poesía diurna y de la calle. Más tarde, abandonaría la temática urbana para plasmar una visión cuasi mística del llano venezolano.

ARS UTÓPICA

Para Armando Rojas Guardia

Los carpinteros tienen sus propias palabras
y deberían tener
su propia Academia de la Lengua,
sus poetas y ensayistas.

Los guardabosques
aún conservan el habla de la Ciudad Perdida.
La sintaxis se invierte
y sus verbos
son amables bisagras
pesadas llaves.
De Cervantes, nadie habla con tanta propiedad
como un guardabosques.

En las cárceles
florece
otra flor primitiva:
la Lengua del encierro,
el habla
de los que tienen más de once años
en la espera.
A mí un ladrón me dijo:
Acompáñame
que junto a mí

nadie te ve.

Estas son sus palabras de sigilo.

En mi país
hay poetas que lo envidiarían:
los hay parlanchines,

los hay pobres;
mas el ladrón
dice siempre lo justo.

También pensé en los albañiles
y constructores.
Un poema de Obra Limpia

siempre quise escribir.

Ser el poeta de pequeños grupos
de veinte o treinta personas.

Pesa tanto ese deseo
como el techo de una casa altísima,
este sueño
de escribir un libro
que reúna
como grupos de diversas aves
estos
distintos lenguajes.

Prefiero el andamio,
la vereda y la celda

a la puritana realeza de la Lengua.

Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad, 1987.


Armando Rojas Guardia

Un mecanismo útil, de Alfredo Arcia

Armando Rojas Guardia (Venezuela, 1949) fundó en 1981 el Grupo Tráfico, que reivindicaba una poesía coloquial, urbana, desprejuiciada y desmitificadora. El conflicto entre su condición homosexual y su profunda fe católica imprime tensión existencial a su obra.

YO AGUARDO AL ANIMAL DORMIDO…

Yo aguardo al animal dormido.
Mientras los otros trabajan lo discierno
moviendo sus patas livianísimas
contra mis sienes ahuecadas.
Se alimenta del ocio que me atonta.
Sus ojos son relámpagos lejanos
ardiéndome en la punta de los dedos.
Su piel es mi voz centuplicada.
Y causa sangre su pezuña fría
helándome el esfuerzo. Lo vigilo.
Mientras los otros yacen o copulan
cebo la trampa del papel
bajo la lámpara neutra, distraída.
Estudio la forma de amansarlo
con un golpe de luz sobre mi frente,
una imagen capaz de sostener
la inocencia cabal de su estatura.
Remuevo símbolos sagrados
para atraerlo al centro de esta hoja
blanca de esperarlo. Mitos sonoros
fraseados por el ritmo del lenguaje
intentan acunarlo levemente…
Pero el animal desaparece
justo en el instante de apuntarlo
con la palabra artera y su veneno.
El olor perseguido se anonada
cuando flota ese pálpito que extingue
la escritura en su límite preciso.
La idea es ya una horma para nadie.
Mi voz retrocede en la garganta.
La trampa está rota para siempre.
En la distancia frágil de la página
el animal es rastro, sólo fuga:
cuaja entonces inútil el poema.

La nada vigilante, 1994.