William Shakespeare

Lord Herbert of Cherbury, de Isaac Oliver

Los sonetos amorosos de William Shakespeare (1564-1616), dedicados a un rubio amigo y a una dama negra, muestran el mismo conocimiento profundo del corazón humano que sus dramas.

¿CÓMO PUEDE MI MUSA, TRATAR DE INVENTAR ALGO…?

¿Cómo puede mi Musa, tratar de inventar algo,
mientras que tú me alientas y esparces en mis versos,
tu exquisito argumento, demasiado excelente,
para que algún papel, vulgar, te lo repita?

¡Oh! Date tú las gracias, si algo de lo que es mío,
por digno de tu vista se ofrece a la lectura.
¿Quién sería tan necio, que de ti no escribiera,
cuando eres tú quien da la luz de la invención?

Sé la décima Musa, diez veces más valiosa,
que las antiguas nueve, que invocan los poetas
y al juglar que te llama, déjalo producir
los versos inmortales, que al tiempo sobrevivan.

Mas si mi tenue Musa, agrada en ese tiempo,
sea mía la pena y tuya la alabanza.

Soneto XXXVIII. Traducción de Ramón García González.


José Manuel Benítez Ariza

Menina 26, de Carmen Casanova

Menina 16, de Carmen Casanova

La poesía de José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) se basa en la intensidad de la sugerencia. El sujeto poético de sus versos, desde la lucidez o desde el aturdimiento, analiza los resortes de la conciencia, a la búsqueda de algún tipo de certidumbre.

POÉTICA

Es posible que estemos confundidos;
que acaso por haberles
hecho excesivo caso a los dictados
de una noche confidencial,
o a los razonamientos
precisos del insomnio, muchas cosas
que parecían claras
permanezcan oscuras. Y que hayamos
olvidado otro modo de pensar
anterior, más abstracto, parecido
a ese juego de niños que consiste
en encajar figuras en un hueco
con forma de manzana, de triángulo,
de estrella (más bien pienso
en un niño obstinado, que se empeña
en poner el triángulo en el hueco
de la estrella)… O, tal vez,
en el fondo se trate de otro juego
más simple, consistente en juntar cosas
desiguales, que evocan otras cosas:
un caracol, un ábaco, un sombrero
que son el tiempo, el miedo, la cercana
presencia de la muerte (de la muerte,
que es un niño que encaja una figura
de pájaro en el hueco de una luna);
para acabar sacando del sombrero
–y aquí es inevitable hacer de mago,
son gajes del oficio–
un paraguas que se abre y del que salen
palomas silenciosas que nos dejan
un nudo en la garganta. Y uno, en ese
momento, balbucea como un niño
(otra vez ese niño de antes, ya
cansado y aburrido)
y se escucha a sí mismo y se consuela
buscando en el dibujo de la alfombra
la pieza que le falta, la silueta
cambiante de la nube
que se le escurre siempre entre los dedos.

Los extraños, 1998.


Pedro Gori

Palomas, de Enrique Bustamante

La poesía del peruano Pedro Gori (1934)  une pasión lírica y reflexión social en un intento de conjugar la poesía pura y la civil.

HABLANDO

Si leemos un poema
3 o 4 veces
las palabras se gastan.
Pero si lo dejamos
reposar
junto a un campo
de uvas,
se pone de pie
y nos embriaga
de nuevo:
soltando crepúsculos,
envolviendo mares,
disparando aviones
que dejan
una estela blanca,
otra veloz
y de color amarillo;
aviones que bajan
casi hasta la superficie
del mar
y del viento
los empuja de nuevo
hacia los cielos.
Es como aquel juego
de mi infancia
cuando salía
con mi carrete de hilo
buscando un campo de hierba
para volar mi cometa.
A veces
también la volábamos
en las calles
como si protestáramos.

En la lejanía más honda, 1964.


Efraín Huerta

Hombre contemplando, de Rufino Tamayo

La poesía de Efraín Huerta (México, 1914-1982) destaca por su variedad temática y la riqueza de registros expresivos. En sus versos de protesta civil o de exaltación erótica alcanza una asombrosa energía afirmativa.

LA ROSA PRIMITIVA

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.

Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte…

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.

La rosa primitiva, 1950.


Francisco Bances Candamo

Retrato de Doña Josefa Benavides, Marquesa de Villena, de Alonso Miguel de Tovar

El siguiente soneto, supuestamente de diferente autor, se incluye, sin embargo, en las tres ediciones de las Obras líricas del asturiano Francisco Bances Candamo (1662-1704), y es una sátira más del estilo culterano, al que no obstante se adscribe en gran parte su poesía.

HABIENDO LLEGADO A LA CORTE GRAN CANTIDAD DE POETAS CULTOS, LE ESCRIBIÓ ESTE SONETO UN AMIGO

Candamo, amigo, huyamos que en poetas
hierve Madrid. ¿A qué aguardáis? Huyamos
porque de presumidos de Candamos
fondo han dado en el Rastro cien carretas.

A Silveira y a Góngora varetas
ponen cazando voces sin reclamos
y a Mena y Garcilaso, nuestros amos,
las dulces liras vuelven en trompetas.

Salgamos luego y las penates musas
escondamos devotos en Batuecas
mientras que graznan aves tan confusas.

Salvemos nuestros usos y sus ruecas
porque si no, al tropel de garatusas
nos moriremos de dolor de muecas.

Obras líricas, 1720 (póstumo).